Esta carta la escribí, entre muchas otras, en medio del confinamiento por la COVID en 2020 y antes de que nuestros científicos investigadores crearan los 5 candidatos vacunales (y luego vacunas) que protegieron y salvaron a millones de cubanos, incluyéndome. Mis hijos no viven en Cuba y me divertía (aún me divierte) hacerles reír desde lejos con un poco de locura y mucho de ironía epistolar. Es una pena que algunos de los temas adjuntados a la misiva no hayan tenido solución definitiva, pero siempre confío. Soy un señor que necesita la esperanza tanto como del agua.
Como la carta es privada les pedí permiso para compartirla. Me lo dieron gustosos.
Queridos hijos míos:
Hoy desperté eufórico, dispuesto a dar un vuelco positivo a la ordinaria rutina que me he impuesto en los últimos meses de estricto confinamiento.
Lo habitual era incorporarme de la cama, lavar cara y dientes, desayunar frugalmente, sentarme en mi sillón favorito de la terracita, coger un libro para disfrutarlo, todos los libros me parecen magníficos mientras los estoy devorando, y luego, si los encuentro maravillosos van a parar a mi discreta biblioteca y si no cumplen mis expectativas, soy un lector exigente y acucioso, los deshago hoja por hoja, página a página, y limpio con ellas las fétidas orinas de nuestro perro Chanel, por si no recuerdan su nombre... bueno, esto último no es cierto ¡jamás deshojaría un libro, ni utilizaría a Chanel como pretexto para tal atrocidad!
El caso es que hoy, desaforadamente, rompí la rutina.
Me incorporé, no me lavé la cara, ni los dientes, ni desayuné. Agarré un libro, comencé a leerlo de pie y luego me senté en mi sillón favorito de la terracita cuando mis rodillas no dieron para más y gritaron ¡Basta! estoy seguro que para ustedes, jóvenes al fin, solo son cambios imperceptibles, me refiero a eso de que las rodillas no dan para más.
Luego decidí dar una vuelta por las colas cercanas para adquirir pechugas de pollo; como saben, no hago colas, pero sentí curiosidad cuando vi bajarse de un camión oscuro a un grupo de mozalbetes vestidos de negro con boinas rojas, pensé que eran miembros de alguna agrupación musical que amenizaría el evento avícola al que entusiasta asistiría, pero no.
Antes llamé a un par de amigos, un indigenista y un latinista, para averiguar la etimología del término nasobuco. El latinista me comentó que había que separarlo, naso y buco (nariz y boca) pero realmente y a fuerza de ser sincero no me convenció y contribuyó a confundirme más de lo habitual. El indigenista fue más claro: Junto a los Taínos, Siboneyes y Guanajatabeyes habría que sumar a los Nasobuqueños que poblaron el Himalaya criollo, es decir la Sierra Maestra, pero fueron diezmados por las tóxicas recetas gastronómicas que les recomendaron, con pérfidas intenciones, Hatuey y su cónyuge Guarina. Imagino que cuando lean esta misiva pensarán en una marca de cervezas y otra de helados, así que no me extenderé tampoco en estos asuntos.
Al fin llegué a la cola y para mi sorpresa encontré a docenas de personas prodigándose amor e intimidad irresponsablemente; unas encima de las otras, utilizando palabras y frases que demostraban una fraternidad a prueba de tumultos: ¿Quién es el último? ¡Yo estoy marcando desde las cinco de la mañana! ¡Ni se te ocurra colarte, cabrón! y así muchas otras que me conmovieron. Los nasobucos, (mascarillas insiste el diccionario) eran un despliegue de imaginación pues sirven además como cintillos para el cabello o aguanta papadas. Para no darles lata, la solidaridad con los menos favorecidos me hizo lagrimear. Unas señoras compraron todas las pechugas con la intención, aseguraron a los hombres de negra vestimenta y boinas rojas, de "regalarlas" a sus vecinos, los de a pie ¿Qué acto de compasión y desinterés para con sus congéneres se puede igualar? Llegué a casa sobrecogido al acreditar, in situ, "la pasión afectiva", "la generosidad ciudadana" ¡El amor todo lo puede! gran sentencia.
Por cierto el término "los de a pie" me resulta enigmático porque estás en pie o no.
Los adora y extraña.
Su Papá