Imagen: Consejo de Iglesias de Cuba.
El proceso hacia la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, así como el Acuerdo de Diálogo Político y Cooperación (ADPC) entre la Unión Europea y Cuba son experiencias que a pesar de sus diversas naturalezas, contextos y alcances han validado la pertinencia de un modelo de relacionamiento distinto, basado en campos de interés común o compartidos. Pese a los encuentros y desencuentros que han caracterizado la historia entre estos actores, ha sido posible abrir canales comunicacionales oportunos, que propicien la cooperación y el entendimiento, a partir de lo cual establecer bases de respeto y comprensión necesarias para promover y construir la relación.
Sin embargo, determinadas coyunturas han favorecido el enrarecimiento del clima en que avanzaban las relaciones, sobre todo en lo referente al Acuerdo de Diálogo Político y Cooperación entre la UE y Cuba; entre tanto el retroceso en materia de normalización de las relaciones entre Cuba y EE.UU ha sido evidente, a partir del recrudecimiento del bloqueo económico y comercial y la continuidad en términos prácticos de la proyección de la administración Biden de su antecesor respecto a Cuba.
Los espacios comunicacionales tienen un rol fundamental en la cimentación de imaginarios y relatos, y de ahí su influencia en los procesos de reproducción cultural y social. El aprovechamiento y desarrollo de estos espacios de diálogo es esencial en esferas de interés común, porque estas pueden demandar esfuerzos conjuntos y cierto grado de cooperación y empatía, lo cual muchas veces trasciende, media y condiciona el diálogo político que caracteriza relaciones de conflicto o marcadas por determinadas diferencias, las cuales a veces llegan a puntos verdaderamente álgidos. Sin embargo, por otra parte, estos mismos espacios comunicacionales pueden ser aprovechados como generadores del conflicto para fomentar las diferencias. Al analizar ambas experiencias y los contextos que las condicionan actualmente es posible establecer determinadas consideraciones que develan dichas complejidades.
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Los vínculos familiares, migratorios, económicos, empresariales, culturales, religiosos, académicos, supusieron importantes motores de cambio, que se pusieron en marcha a partir de la luz verde que indicó el 17 de diciembre de 2014 el inicio del proceso complejo hacia la normalización. Este contexto propició determinados factores comunicacionales que matizaron la narrativa y evolución del histórico conflicto entre Cuba y EE.UU desde las representaciones sociales.
Entre estos factores debe destacarse el propio hecho del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países, así como el debate sobre el largo y complejo proceso hacia la normalización de las mismas y qué entender por relaciones “normales”. En este punto fue de trascendental importancia la visita del expresidente Barack Obama a Cuba en marzo de 2016, lo cual propició la trascendencia del hecho político en las representaciones sociales, creó grandes expectativas y puso de manifiesto la importancia del desarrollo de estos debates para cultivar saberes y propiciar la posibilidad de pensar e interpretar diferentes maneras de convivencia, generando espacios de comunicación y diversas prácticas colaborativas de producción de conocimiento, para nuestras realidades tan ligadas y tan diferentes.
En ese sentido deben destacarse los 23 Instrumentos bilaterales adoptados entre Cuba y EE.UU. después del 17 de diciembre de 2014. Los mismos abarcan diversas áreas donde se establecieron acuerdos de cooperación, tales como la conservación y manejo de Áreas Marinas Protegidas; la protección ambiental; la cooperación e intercambio en el área de la conservación de la fauna silvestre y las áreas terrestres nacionales protegidas, entre el Departamento del Interior de los Estados Unidos de América y el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente de Cuba; y la cooperación en la agricultura y otras esferas afines; así mismo, entre el Ministerio de Salud Pública de Cuba y el Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos de América.
Otra esfera es la de intercambio de información sobre registros sísmicos e informaciones geológicas afines, así como de información e investigación en materia de meteorología y clima. Otros acuerdos importantes fueron el referido a la política migratoria, el establecimiento de vuelos regulares, mejoramiento de la seguridad de la navegación marítima; la delimitación de la Plataforma Continental en el Polígono Oriental del Golfo de México más allá de las 200 millas náuticas; el enfrentamiento al tráfico ilícito de estupefacientes y sustancias psicotrópicas, así como la colaboración bilateral en materia de enseñanza del idioma inglés.
Sin dudas, esta gama de intereses compartidos fueron pilares importantes sobre los cuales comenzó a construirse el diálogo. Estos temas introdujeron al proceso una serie de códigos comunicacionales que llegaban desde las diversas esferas que representaban intereses comunes y desafíos compartidos, provenientes sobre todo del terreno de la colaboración, la ciencia, la diplomacia y el derecho.
El impacto del retroceso en la relación entre Cuba y Estados Unidos constituyó un factor importante que cambió el escenario, luego de las elecciones presidenciales de 2016, donde resultara electo Donald Trump. El pronto deterioro de las relaciones ha tenido un efecto catalizador en el ciudadano común a la hora de interpretar, explicarse y entender la política, debido a sus efectos en la vida cotidiana.
Con la administración de Donald Trump quedó limitada la efectividad y actuación de las variables y motores de cambio que sostenían y apoyaban el complejo proceso hacia la normalización de las relaciones. El entorno ha facilitado que los sectores opuestos al mismo (especialmente en Miami) hayan jugado un papel muy activo en una carrera que apuesta por la ruptura.
Las principales narrativas que han propiciado la revitalización del conflicto en ese contexto han estado enfocadas en retomar el tema Cuba como moneda de cambio en función de otros intereses. Así también se retoma la metáfora del conflicto y se utiliza el concepto de que es posible patrocinar la libertad de la Isla aplicando prohibiciones a la libertad en EE.UU., específicamente a los estadounidenses. Regresa el uso del miedo como instrumento político, sobre todo a través de la utilización del “Socialismo” como metáfora ante la posibilidad de que EE.UU. pueda llegar a ser socialista, tomando como referencia a Cuba y Venezuela.
La experiencia estadounidense quedó estancada durante la administración Trump, y el proceso fue revertido con el recrudecimiento del bloqueo, reflejo de lo cual es la puesta en vigor del Artículo III de la Ley Helms-Burton y la vigencia de más de 240 medidas contra Cuba sobre lo cual la nueva administración estadounidense encabezada por Joe Biden no se ha pronunciado y por tanto ha reflejado con ello una continuidad en su administración de la política de su antecesor hacia Cuba, marcada por el recrudecimiento del Bloqueo.
Sin embargo, en este contexto otras experiencias han avanzado. En ese sentido, es especialmente significativo el nuevo capítulo de las Relaciones Cuba-UE a partir de la firma e implementación del ADPC y la marcha del mismo. La eliminación de la Posición Común como parte del Acuerdo de Diálogo Político y Cooperación el 12 de diciembre de 2016, abrió una nueva etapa de relaciones entre Cuba y la UE, basada en el acompañamiento y el compromiso constructivo. Este no es un factor ajeno al tema Cuba-EE.UU, ya que si se analiza la historia de la Posición Común puede coincidirse en que hubo una significativa influencia de la postura de Washington y Bruselas respecto a La Habana, expresión de una etapa de amplio espectro de consenso trasatlántico. En cierto modo ese consenso también se vio expresado en los predios del Acuerdo y el inicio hacia la normalización de las relaciones entre Washington y La Habana, movidos en una misma dirección: La ineficiencia e ineficacia de las políticas de sanciones que ambos habían puesto en práctica hasta entonces contra Cuba, sin que ello significara el abandono de sus objetivos.
La Habana y Bruselas concretaron el 12 de diciembre de 2016 la firma del Acuerdo de Diálogo Político y Cooperación (ADPC) que abrió una nueva etapa de relaciones. Este paso conllevó la abolición de la Posición Común de la UE sobre Cuba de 1996, que durante dos décadas había condicionado el desarrollo de las relaciones. Con ello se consolidó un giro político que reemplazó la estrategia de condicionalidad democrática que la UE había aplicado como instrumento de presión hacia el Gobierno cubano y que impidió concluir intentos anteriores (en 1995 y en 2000) de negociar un acuerdo entre las partes. Es importante destacar que se reconoce como fracaso las políticas de sanción y presión unilaterales.
De ahí que el desarrollo y evaluación de toda una serie de debates transversales a la relación Cuba-UE en el marco del ADCP merece un espacio de reflexión y justa valoración, teniendo en cuenta las representaciones sociales que articulan un importante tejido para la promoción del diálogo, la cooperación y desarrollo en clave constructiva.
La decisión del Consejo de la UE del 10 de febrero de 2014 implicó un reconocimiento por parte de la UE y sus Estados miembros de que la política de sanciones resultaba tan obsoleta como ineficaz. Sin embargo, el camino por el que se proponía avanzar el Acuerdo enfrentaba importantes desafíos. “El gobierno cubano buscaba la normalización de sus relaciones con la organización europea; no a toda costa y a cualquier precio, pero lograrlo tenía un valor político superpuesto a cualquier otra consideración. La UE buscaba –busca- una transformación en Cuba o, dicho de otro modo, reforzar el proceso de cambios que tiene lugar en la Isla con vistas a lograr los fines propuestos en la Posición Común” (Perera, 2017).
A pesar de ello, el diálogo ha avanzado significativamente, desde un enfoque de compromiso constructivo. Desde la perspectiva europea, desafiar el bloqueo de EE.UU., y demostrar que el aislamiento no funciona como estrategia de apertura democrática y económica constituyen dos elementos clave para explicar la política europea hacia Cuba y la decisión de firmar el ADCP, que sustituye una larga fase de compromiso condicionado (…) por una estrategia de inserción de la isla en las relaciones europeo-latinoamericanas, incluyendo sus programas bilaterales y regionales de cooperación (compromiso constructivo)” (Gratius, 2018).
Es difícil, si no imposible, tener influencia sin tener presencia en la isla. Esta consideración pragmática motivó a la UE a aplicar una estrategia de presencia y acompañamiento del proceso de reformas en Cuba, que consideró un mejor camino que la ruptura política. Fue una política sin la carga ideológica-emocional-doméstica que prevalece en la política de EE.UU. hacia Cuba y, en cierta manera, en contraposición a Washington que, salvo entre 2014-2016, había apostado por un cambio de régimen político, a través de un apoyo exclusivo de la llamada oposición, mediante USAID y otras organizaciones de “ayuda” a Cuba. (Gratius, 2018).
Los acontecimientos en la política de la UE hacia Cuba, en lo que se inserta el ADPC, muestran que la única solución a relaciones difíciles y a situaciones de crisis es un proceso de diálogo, la existencia de líneas de comunicación y la necesidad de una mayor comprensión de los intereses de la otra parte. Solo en este caso es posible, incluso en las relaciones más difíciles, encontrar un terreno común. (Perera, 2017).
La institucionalización e implementación del diálogo político en cinco áreas concretas -derechos humanos, medidas coercitivas unilaterales, no proliferación, tráfico ilícito de armas ligeras y desarrollo sostenible- ha sido uno de los resultados más significativos. Estos diálogos, realizados sobre la base del respeto mutuo, la igualdad soberana y la no injerencia en los asuntos internos, contribuyeron a un mejor entendimiento de las respectivas realidades y posiciones.
No obstante, recientemente durante un debate en el pleno del Parlamento Europeo han saltado críticas y ataques de populares y liberales, y Vox, sobre el ADPC. En ese contexto, el representante de la diplomacia europea, Josep Borrell ha defendido la importancia del Acuerdo como marco estable para un dialogo político regular que antes no existía y una mayor cooperación, así como el apoyo al proceso de modernización e inserción internacional de Cuba: Regresar “al sistema de incomunicación adoptado por la Unión Europea en 1996 “a instancias de otro gobierno español –el de José María Aznar-“, con una posición común que estuvo vigente durante dos décadas y que condicionó las relaciones con la isla a los avances democráticos y los derechos humanos, “no ayudará ni a mejorar la situación en Cuba ni nuestra capacidad de influir en ella (Martínez, 2021). El político español reconoció que la isla se ha agravado por la pandemia del Covid-19 y las medidas restrictivas de Estados Unidos. Así también reiteró que los derechos humanos seguirán en el centro de las relaciones lo mismo que la petición de la UE a la Casa Blanca de terminar con el bloqueo económico (Martínez, 2021).
En general, los derroteros de las relaciones Cuba-EE.UU y Cuba-UE han ratificado una vez más la importancia de los espacios comunicacionales, y han generado diversas experiencias de aprendizaje en ese sentido. Se ha puesto de manifiesto la ineficacia de las políticas de sanciones y condicionamientos, a la vez que se han evidenciado las potencialidades de un diálogo desde el respeto y la empatía.
Consideraciones finales
El escenario comunicacional en el que confluyen las relaciones UE-Cuba-EE.UU se ha movido en diversas dinámicas que van desde la convergencia y sintonía entre Washington y Bruselas sobre el tratamiento del tema Cuba, hasta posiciones o matices divergentes en este particular, según los contextos. En cualquier caso, es fundamental tener en cuenta las lecciones en cuanto al fomento de diálogo a partir de dos procesos fundamentales como son el referido a la normalización de las relaciones entre Cuba y EE.UU., y el ADCP entre Cuba y la UE.
Ambas iniciativas demuestran la importancia del fomento del diálogo constructivo a partir de intereses comunes o compartidos, como puede ser la cultura, la academia, la ciencia, el medio ambiente, entre otros, para desmontar determinados códigos comunicacionales que alimentan el conflicto mientras se refuerzan otros que establezcan bases de respeto y comprensión para fomentar un nuevo contexto de relaciones, esenciales para la construcción de confianza y empatía.
Ambas experiencias, a pesar de sus diversas naturalezas, contextos y alcances han validado la pertinencia de un nuevo modelo de relacionamiento, a pesar de las diferencias, a partir de intereses compartidos en determinados temas, especialmente medio ambiente, ciencia, academia, salud y educación. Se trata de espacios y modos de colaboración y cooperación que establecen canales y códigos de comunicación como puntos de partida para explorar nuevos espacios de relacionamiento desde la política y la sociedad civil. Todo ello ha constituido un importante factor para el fortalecimiento de las relaciones entre las partes implicadas.
Referencias Bibliográficas
Gratius, S. (2016). Lecciones del Acuerdo Cuba-UE. CIDOB. Recuperado de https://www.cidob.org/es/publicaciones/serie_de_publicacion/opinion/america_latina/lecciones_del_acuerdo_cuba_ue)
Gratius, S. (2018). El papel de la UE en el triángulo Cuba, EUA y Venezuela. IdeAs. Recuperado de https://journals.openedition.org/ideas/2154
Martínez, Silvia (2021). Borrell defiende el diálogo con Cuba y rechaza la "incomunicación" de la era Aznar.
Perera, E. (2017). La Política de la UE hacia Cuba: Construcción, inmovilismo y cambio (1988-2017). Ruth Casa Editorial.