El Clásico que yo (no) vi

El Clásico fue blanco por segunda vez este año y pone la Liga hermosa, hermosísima para bien de los aficionados. Foto: El Comercio.

Las malas jugadas del destino me obligaron a escuchar —y no ver— el Clásico. Debo confesarles, aunque algunos de la “vieja guardia” recordarán con claridad aquellas jornadas maratónicas de antaño, que no hay nada peor en esta vida que oír el fútbol por radio. Mueres de la tensión. Imaginas tanto, pero tanto y con semejante variedad, que terminas casi tan exhausto como los propios jugadores.

Por ello no merece la pena esgrimir criterio alguno sobre el partido y, a fin de cuentas, tampoco tendría este novato cronista mucho para aportar a lo ya consabido ni a la habitual polémica de arbitrajes y ruedas de prensa. Hoy me permito violar algunas de las leyes no escritas (y escritas también) del periodismo y, presto a guarecerme del aguacero de críticas de gurús y otros entendidos, hablaré en primera persona y les contaré entonces una historia: la historia del clásico que no pude ver.

Tengo el televisor roto. Así de simple. Para mí todo este tiempo ha sido una ventaja: esos “tarecos” son un vicio. Tuve tiempo para leer, para escribir, para trabajar, para hacer mil cosas útiles en el lapso que, de otra manera, hubiera perdido delante de la pantalla. Pero el sábado a las tres de la tarde la “roturita” de la pieza fue un cataclismo, una catástrofe de dimensiones funestas para quien no soporta dejar de ver un Clásico.

Me dolió. Saber que la radio sería la opción de turno, lejos de calmar mi ansiedad, actuó como batidor de frustraciones. Ni clordiazepóxico, ni tilo, ni ninguna yerba. ¡Qué va! Yo quería ver el Clásico, deleitarme con las cosas que solo hace Benzema, descubrir el talento naciente del joven Mingueza, admirar una vez más a Messi, analizar a Zidane y a Koeman, sentir el estupor y el desasosiego en iguales volúmenes.

Y al final, observando el fútbol a través de las voces (que se puede, sí se puede), volví a sentir eso que solo se puede sentir en un Madrid–Barcelona, en esa animadversión recíproca que tensa hasta a un corazón esquimal. Me sorprendió la flexibilidad táctica de Zinedine cuando esperaba que mantuviera incólume las propuestas victoriosas de partidos anteriores y al parecer al bueno de Ronald también le movió sus planes iniciales.

El Madrid tiene un mejunje precioso entre jóvenes y experimentados que encuentran la guía perfecta en ZZ. Zidane no es un alineador, como decían hace unos años sus más enconados detractores: un técnico con la capacidad de manejar una plantilla espectacular como la de antes, en definitiva, tenía la opción de ser tildado de suertudo, pero ahora, con las carencias actuales, nadie ya podrá dudar de que solo un trabajo efectivo puede ser causante de victorias en escenarios tan adversos.

El Barcelona puede ufanarse de una generación jovencísima que ya manda mensajes al viento y si con la inexperiencia a cuestas consigue apretar y apretar e incluso degollar a algunos grandes, pronto poseerá un proyecto de presente a temer en toda Europa. Koeman ha tenido la sapiencia para explotar lo mejor de sus jugadores cuando nadie apostaba un duro por el club en ninguna de sus competiciones y si Laporta no da un golpe inesperado, deberá continuar.

El Clásico fue blanco por segunda vez este año y pone la Liga hermosa, hermosísima para bien de los aficionados. Y quienes debimos escuchar el partidazo a través de la onda de transistores y sufrimos incluso (¡ah, caramba!) que el narrador gritara la última jugada del partido como un gol que nunca existió, tendremos que pensar en controlar las presiones arteriales por el bien de nuestra salud. Todo por el fútbol…