Salir de un concierto de Frank Fernández representa uno de esos momentos donde hemos enriquecido el alma libremente expandida. Foto: Prensa Latina.
Haber nacido en esta Isla maravillosa, es motivo de sano orgullo para aquellos que somos cubanos por muchas razones. El hecho de ser compatriotas de legendarias figuras en la política, la ciencia y en el deporte dan fe de las razones de este noble sentimiento que sobrepasa nuestras fronteras geográficas.
Si nos limitáramos a comentar nada más acerca de nombres ilustres en las artes de este país, nos cogería otro amanecer y todavía estaríamos escribiendo. Sin embargo, cuando en un día como el de hoy, nos disponemos a celebrar desde las profundidades del corazón, el cumpleaños de una de estas relevantes personalidades de la música cubana, de repente nos colma una placentera sensación de satisfacción tal, que no resulta imprescindible conocerlo personalmente para querer felicitarlo calurosamente.
Es algo así como que los merecidos aplausos dispensados en el extranjero a la extraordinaria dimensión de su proyección artística, fueran también para nosotros. Justamente de eso se trata cuando se afirma que determinado artista lleva consigo a la Patria, exquisito privilegio al que acceden solo los elegidos por la sabiduría popular.
Precisamente, todo cubano sabe de la singular convocatoria que despierta el anuncio de una presentación del maestro Frank Fernández en nuestro país. He sido testigo de cómo a pocos minutos antes de comenzar uno de sus memorables conciertos en el Teatro Amadeo Roldan, la supuesta ordenada y apacible cola para sacar la entrada, en un instante se convierte en el tumulto incontrolable que temeroso de no alcanzar asientos, ha logrado que se abran las puertas de par en par, para rellenar pasillos y escalones con su presencia.
Tal pareciera como que, por encima de las valoraciones más diversas para tratar de explicar racionalmente este inusitado acercamiento a un concertista, predomina la eminente necesidad espiritual del espectador de sentirse bendecido por el canto de su piano.
Cuando un pianista del rango de Frank Fernández está tocando, resulta inútil tratar de deslindar las excelencias del magistral virtuosismo de su arrolladora capacidad para emocionar intensamente las fibras más intrincadas del organismo. Es la decidida vocación del maestro por asumir el milagro de la música como el camino expedito para convocar el mayor sentir posible a través de la pureza del arte.
Salir de un concierto de Frank Fernández, representa uno de esos momentos donde hemos enriquecido el alma libremente expandida, al preservarla ajena de aquellos traumas deshumanizantes como el odio y la maldad que se empeñan en cercarnos.
Entonces, ante la paulatina acumulación de experiencias similares a lo largo de su extensa trayectoria, lo que una vez fue la sorpresa de contar con semejante acontecimiento cultural ante nuestros propios ojos, esta se ha convertido en la certeza de que nada mas de mencionar su nombre, estemos haciendo referencia a una gloria de Cuba que nos llena de legítimo orgullo.
Desbordemos Facebook por la alegría de esta celebración con mensajes de amor cargados de admiración y de respeto, felices de tener entre nosotros al maestro, al amigo, al hermano Frank Fernández. ¡Muchas Felicidades, Frank!