Sobran las justificaciones y falta el trabajo. O será que simplemente hay glorias que el fútbol les niega a los pequeños. Foto: Marca
Si Isco no pesara unos cuantos kilos más de lo que debería (solo basta con verle), si Vinicius no siguiera estancado en su incapacidad goleadora, últimamente acentuada por una timidez preocupante en el desborde, si Asensio no fuera una versión muy desmejorada del jugador al que muchos le auguraron un Balón de Oro, o si Hugo Duro y Arribas jugaran para el Castilla y no aparecieran como opciones serias de cambio en el banquillo del Real Madrid, muchos estarían satanizando la figura de Zinedine Zidane.
Pero siéndoles sincero, pocas veces he quedado más sorprendido con un partido de fútbol que este fin de semana durante la victoria final del club merengue en Zorrilla. A todas las suposiciones antes expuestas me remito, porque si algo queda claro es que al Madrid le falta el brillo de antaño y, peor aún, pocos de sus rivales le plantan cara hoy con el mismo respeto que cuando solían recibir goleadas en el Bernabéu. Los galácticos ya sonríen en otras plazas y Florentino, el viejo Florentino Pérez, sigue concentrado en levantar un estadio nuevo.
Sin embargo, el Atlético de Madrid del Cholo Simeone, cuya irregularidad enerva, les ha depositado en la boca a los dos gigantes la píldora curativa para sus enfermedades, casi les ha suplicado que no se mueran y —¡coño, qué buena gente son! — han invitado a sus enemigos a sumarse a la lucha por la Liga, cuando casi todo el mundo apostaba a un título tranquilo para las vitrinas del Wanda. Este sábado, para confirmar sus “buenas intenciones”, sucumbieron en casa ante el Levante.
A todas estas, hasta el Barcelona de Koeman ha olido la sangre. Mientras relame todavía la úlcera que les abrió Mbappé con su magnificencia balompédica, ve en la Liga una posibilidad para calmar sus penas. Casi apeado de la Champions y de la Copa en tiempo reducido, debe agarrarse al asidero del certamen doméstico como abeja al polen. Carece de seguridad y de fútbol, pero cuenta con la estirpe. Descartar a los culés sería pecado.
Lo más sobresaliente de la jornada debe ser, con perdón, el rostro menguado del Madrid, que por primera vez en mucho tiempo, ora por las lesiones, ora por su nueva “política austera de fichajes”, ha tenido que echar mano a Valdebebas y las nuevas perlas del Castilla. Sin embargo, ahí están, amarrados a un pragmatismo necesario y guiados por el único galáctico que se asoma desde sus filas y para colmo ahora en la banda.
Por fortuna (y una pena también, no tengo dudas), el Atleti le echa leña al fuego, aunque esta vez con una fragilidad impropia de un aspirante a ganar el título. Nadie sugiere que levantar el trofeo sea cosa de coser y cantar y que el calendario pueda caminarse de manera invicta, mas desaprovechar una de las peores temporadas en la historia del Madrid y del Barcelona resultaría imperdonable para la entidad rojiblanca.
Es lo que tiene la Liga. Unas veces más elitista y otras menos. Ha llegado el momento de otros y el único que amenaza es el Sevilla. Demérito también del resto es, a estas alturas, no intentar siquiera acercarse a la cima que tan lejana parecía años atrás. Sobran las justificaciones y falta el trabajo. O será que simplemente hay glorias que el fútbol les niega a los pequeños.
La frase:
“El fútbol es un espejo de la sociedad que representa, por eso no es lo mismo hacer jugar al Real Madrid que al Atlético o al Barcelona, son cosas diferentes” .
Radomir Antic