Manuel Pellegrini. Foto: Estadio deportivo.
Hace unos meses, mientras observaba uno de los programas deportivos más populares de la televisión española, quedé sorprendido por los resultados que arrojó una encuesta efectuada a su audiencia a través de redes sociales. Inquiridos por equipos “simpáticos” entre los aficionados, más allá de los clubes de los cuales eran socios, los televidentes escogieron de manera abrumadora al Real Betis como el conjunto que “mejor cae” entre todos los de La Liga.
Y aunque quedé absorto en ese entonces, a veces basta con observar un partido en el Villamarín para comprender ipso facto los motivos de este escrutinio: entidad de pocos títulos en sus vitrinas y unas cuantas temporadas besando el fango de la Segunda División, mete en su estadio (en tiempos normales) a más de 50 mil personas por partido. Entiéndase esto como un mérito mayúsculo, teniendo en cuenta que el Sevilla, su vecino de ciudad, cuenta con menores asistencias al Sánchez Pizjuán.
A este importantísimo detalle debemos añadirle una política de fichajes ambiciosa durante las últimas campañas, con gastos elevados y otros esfuerzos para llevar a Heliópolis a jugadores capaces de empujar al club a un escalón superior. Solo basta con mirar la plantilla actual y la presencia, nada menos, que de Nabir Fekir, William Carvalho o Borja Iglesias, por quien pagaron la excesiva cifra de 28 millones de euros al Espanyol.
La pregunta cae entonces por su propio peso: ¿cómo un club con semejante afición y presupuesto, termina casi siempre pujando por el descenso o, en todo caso, en zonas demasiado tranquilas de la clasificación? Ante todo, valga apuntar que alrededor de un quinquenio atrás el panorama era distinto y entrenadores como Pepe Mel debieron hacer maravillas para mantener a los verdiblancos en la élite, sin tener siempre éxito en su encomienda.
Pero tras la vuelta de los andaluces a Primera, la administración de Haro y Catalán decidió impulsar su proyecto con el protagonismo de Lorenzo Serra Ferrer como director deportivo, quien puso en las manos de Quique Setién un sólido conjunto de futbolistas que consiguió incluso vencer al poderoso Milan en Europa League y destacó por un estilo de juego reconocible, con la tenencia de la pelota como variante fundamental.
Sin embargo, la parroquia bética quedó inconforme y casi “obligó” a la directiva a echar a Setién y comenzar desde cero. Constantes desacuerdos, por demás, sacaron a Lorenzo de la estructura deportiva y entonces todo quedó prácticamente a la deriva, con desastrosas gestiones en los mercados de fichajes, dejando endebles zonas tan importantes como la portería y la defensa, y la errónea elección de entrenadores.
Esta temporada, de antemano, la llegada del chileno Manuel Pellegrini despertó una vez más las ilusiones verdiblancas. Un entrenador de trayectoria y con proyectos importantes en sus espaldas debería ser el impulso definitivo para el Betis, mas hasta el momento ha sido más de lo mismo: anclados, por ahora, en la parte de arriba de la tabla pero lejos de los clubes que quisieran emular, dígase Real Sociedad o Villarreal, por ejemplo.
La principal apuesta del Betis en este momento debería ser la de prolongar la confianza en Pellegrini, quien ha triunfado en casi todos los sitios en los cuales ha estado, con excepción del West Ham, otro eterno aspirante. Sin embargo, la experiencia del ingeniero debería ser asidero para los mandamases del Villamarín, que de soportar la presión de una hinchada demasiado exigente, deberían poner en él las bases de un plan que los consolide en Europa en un futuro inmediato.
La frase:
“Cuando me convocaron para la selección española me paré en un área de servicio y me puse a llorar” (Joaquín Sánchez, jugador del Betis).