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Zidane, Setién y la Liga de las (Var)baridades

Último partido de liga entre el Real Madrid-Betis. Foto: Marca.

Será esta, no lo dude nadie, una Liga recordada. Como evocan algunos todavía aquella famosa del “clavo ardiendo”, con el pragmatismo inexpugnable de Capello, o la que perdiera Pellegrini en el banquillo del Bernabéu ante la (casi) perfección del legendario Barça de Guardiola. Será una Liga perenne. Y no por su brillo, ni por la herencia magnánima de semi dioses, como fueron en su momento Messi y CR7, o Ronaldinho, o Di Stéfano o el flaco Cruyff. No: si algo adornará la página de la 2019-2020 en el libro de la historia será —aparte de Tebas y su tozuda gestión para devolver el fútbol a los terrenos tras la pandemia, y la pandemia per se— el funesto legado del VAR.

El sistema de video arbitraje y su cuestionable funcionamiento ha sido la comidilla de la temporada. Y no por falta de temas, que los hay de sobra. La polémica que inunda las redes durante los últimos resulta consecuencia directa de una tecnología empleada, a priori, con un alto grado de mediocridad. De por sí, el arbitraje español constituye un punto fragilísimo en comparación con el nivel deportivo del certamen, mas el desaprovechamiento de las bondades de la reiteración de jugadas y la cámara lenta deviene flagelo imperdonable que, de no corregirse de manera inmediata, pudiera ofrecer motivos a la ya sólida campaña de desprestigio de la cual es víctima aquella que se vende como la mejor liga del mundo.

En este escenario aparecen los dos de siempre: Real Madrid y Barcelona, gigantes continuamente favorecidos por deslices de los jueces y que, a la mínima oportunidad en que sienten el peso de la injusticia volar sobre sus coronas, arman huracanes en claro propósito de victimizar sus posturas y generar un debate en torno a su presunta inferioridad por favores al rival. Una postura, por demás, que suele albergar un grado considerable de hipocresía; y digo más —con un gran respeto hacia sus hinchas: el día que merengues y culés consigan percatarse de que los colegiados y el VAR les benefician más que les perjudican, y que sus mayores problemas responden a flaquezas puramente futbolísticas, estaremos hablando de un mejor torneo.

Dicho esto, el entrenador del Real Madrid, Zinedine Zidane, explotó en la última rueda de prensa por los continuos ataques hacia su club. Ayer, en San Mamés, el triunfo estuvo otra vez marcado por la sombra de la polémica. A decir verdad, en los últimos partidos el conjunto de Chamartín ha tenido una suerte terrorífica para las jugadas confusas, unas veces con mejor balance que otras. Sus aficionados han visto (casi) siempre lo mismo que los árbitros, reglamento en mano han defendido el acierto y la limpieza de sus triunfos; del otro lado del puente aéreo, media Barcelona eleva su voz, harta de “los favoritismos” hacia el Madrid. Ambos bandos creen poseer toda la razón. El Betis o el Leganés, de fútbol horrendo, pero con perjuicios frecuentes, han intentado ser escuchados sin éxito. Nadie presta atención del lugar dos hacia abajo.

En este contexto, a Zidane habrá que colgarle una medalla: el francés, que volvió el año pasado para cicatrizar la sangría que mutilaba la sed de triunfos en Valdebebas y que vio en duda su continuidad por los menos pacienzudos de los seguidores blancos, ha vuelto a silenciar la garganta de sus detractores. El Madrid no practica el fútbol más vistoso de su historia, ni mucho menos. Lejos de la magia con que manejaba los hilos del juego en el medio campo, desde la banda Zizou parece preferir el pragmatismo y la solidez defensiva para ponderar, a partir de ahí, las cualidades individuales de sus jugadores en ataque. Quien vio el Madrid moribundo del año pasado, no reconoce ahora a un equipo con hambre, impetuoso en las luchas de uno contra uno y con un orden táctico que, si bien en la producción de goles todavía deja dudas, en el resto de los renglones de juego solo reporta beneficios.

En Can Barça la situación arroja matices algo más oscuros. No son pocos quienes lamentan la posibilidad casi segura de que el club sea segundo de la Liga ante uno de los peores Real Madrid de los últimos tiempos. Tras la destitución de Valverde, la estabilidad esperada con Setién ha sido negada por continuos rifirrafes en el vestuario, ora entre los propios jugadores, sobre todo Eurocon un Griezmann afligido y apartado del “clan de Messi” y el núcleo duro de la plantilla, ora por la irreverencia de Eder Sarabia, segundo de Setién, y el propio entrenador cántabro, cuyo ego elevado le ha impedido congeniar del todo bien con sus dirigidos.

Con este panorama, no ha podido Quique siquiera cumplir la primera de sus promesas: algo tan sencillo y a la vez complejo como “jugar bien”. Con excepción del partido de ayer en La Cerámica y el aplastante triunfo sobre el Villarreal (que venía con un paso excelente tras el parón por la COVID- 19), el Barcelona ha sido un equipo ramplón, predecible y con una circulación tan lenta del balón, que parece un plagio desafortunado del típico estilo blaugrana de épocas pasadas. La endeblez defensiva tampoco ayuda; quizás la entidad del club o el peso de algunos jugadores, ha impedido a Setién probar con tres defensores en el fondo, sistema que le garantizó tiempos gloriosos en el Betis y ayudaría a disimular en cierta medida la falta de trabajo en esta parcela del campo.

Parece bastante claro que Setién no continuará en el banquillo del Camp Nou la próxima temporada (salvo sorprendente título en la Champions). A nivel futbolístico, queda disipada la esperanza de quienes creímos en un matrimonio con final feliz: club y entrenador con filosofías similares podrían generar un juego capaz de hacer olvidar los sonados fracasos de Valverde en la Liga de Campeones. Sin embargo, la recuperación del Barça y su regreso como club dominante en el continente, está estrictamente supeditado a una limpieza total de su estructura directiva. El poder de los jugadores sobre el club y la pésima gestión de Bartomeu han sido dos males que no han podido superar en el primer equipo de la entidad catalana. Un club tan grande necesita dirigentes a su altura.

Dicho esto, las cuatro jornadas restantes tendrán la última palabra en el veredicto de la Liga y, muy probablemente, en el futuro de los dos clubes más grandes de España, cuya rivalidad al estilo de Montescos y Capuletos parece no tener fin. Los próximos días pueden provocar incendios en dependencia de los resultados… y la Champions está al doblar de la esquina. ¡Palomitas de maíz, por favor, esta película merece atención!

La frase:

“El árbitro es arbitrario por definición. Éste es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera”. (Eduardo Galeano en su libro Fútbol a sol y sombra)