A Liz, la más “uruguasha” de todas las cubanas
¿Y si Uruguay no fuera un equipo de fútbol? ¿Lo has pensado? ¿Acaso no has creído, en alguna cavilación entre el minuto 1 y el 90, que todo es mentira, que la garra charrúa es inverosímil, que los jugadores son solo eso, jugadores y no guerreros enfundados en camisetas de futbolistas? ¿Y si todo fuera un hechizo del maestro Oscar Washington Tabares, ese señor mayor con cara de buena persona que anda en muletas por la banda?
La celeste confunde porque su fútbol desprende un misticismo muy peculiar. Y uno, acostumbrado a la frivolidad de muchas estrellas sobre la cancha, a figuras rutilantes que priorizan los escudos de sus clubes a las banderas de sus países, a selecciones armadas a retazos que nunca han jugado un partido decente pese a su enorme talento, queda absorto viendo un bloque tan junto, tan patriótico, tan denodado en una porfía que toman como cuestión de orgullo.
Entonces el terreno de fútbol, cuando cuenta con mitad de charrúas, simula una arena de combate donde solo vale perder si es con honor. Los futbolistas entran con la sangre hirviéndole y reventándoles las venas, dispuestos a perecer si fuese preciso, a luchar por la vergüenza de su tierra, que también se juega con el balón desde el preciso instante en que los chiquillos asumen el deporte como un asunto sumamente serio que les llenará la vida de alegrías y frustraciones.
Porque eso es el fútbol para ellos desde que deciden ser de Nacional o de Peñarol, en los dos bandos antagónicos de Montevideo: un asunto sumamente serio. Movilizarán todo para ir animar a las gradas del Centenario, albos y aurinegros ubicados en zonas contrarias de la cancha y desgañotándose las gargantas porque vale perder un derbi en el césped, pero jamás en la grada. Cuando unen su vehemencia en apoyo a la selección, nace el mito celeste y entonces resulta lógico que el mundo no asimile su pasión.
Me ha sucedido. Parece una locura. Cierro los ojos y veo en la defensa un cuadro de Blanes, un lienzo grabado por tigres mordiendo a sus presas, Godín, Giménez; una batalla entre el cándido y el abyecto, entre el fuerte y el débil, entre la osadía y el espanto. En el centro del campo aparece Galeano, sentado con su pluma, esparciendo balones filtrados, sombreros, fintas, metáforas, historias que nunca nadie escribiría con semejante elegancia, abrazos... Valverde, Betancur, Nández, herederos de la garra… "Y yo me quedo con esa melancolía irremediable que todos sentimos después del amor y al fin de los partidos", dijo el maestro.
Cuando toca meter el gol, pienso en Benedetti, tan resolutivo, tan elocuente, invocando fuerzas internas, haciendo de la perseverancia poesía. Pienso en Suárez y en Cavani, tan resolutivos, tan elocuentes, haciendo del fútbol poesía. Uruguay gana porque sí, en efecto, todo es obra del imaginario y la garra charrúa sí existe. Uruguay gana porque lo dijo Benedetti, hijo ilustre, que cuando el marcador es adverso hay que jugar mejor. "No te rindas, por favor no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se esconda y se calle el viento”.
LA FRASE: “Yo les digo a los jugadores: ustedes en los clubes pueden hacer buenos contratos, ganar prestigio, pero hay cosas que solo pueden obtener jugando por Uruguay”.