Foto: Panenka.
Tengo un amigo futbolista profesional que lo define con sorna y precisión a la vez: pachangas de barrio. Y lo son, en efecto, porque lo que jugamos mis amigos y yo los sábados por la tarde en el ¿césped? de la cancha aledaña a la Universidad de Pinar del Río es, cuanto menos, una burla al deporte que amamos, una parodia del fútbol y la oda más macabra al talento balompédico que recuerde la historia de la humanidad.
El caso es que cada fin de semana un grupo de tozudos, pésimos futbolistas, pero grandísimas personas (mejor así que al revés, pienso), volvemos a aquel pedazo de tierra seca a demostrar una vez más que nuestra impericia con la pelota no tiene parangón. Pero nos entretenemos muchísimo y con eso nos basta. Por ello resulta un ejercicio interesante, quizás, confeccionar un once ideal con cada uno de nosotros, con sus nombres reales, que bien pudiéramos ser el reflejo de cada uno de los pequeños “piquetes” que llevan el mal fútbol por bandera en los barrios de este país. El orden está adscrito a nuestra tabla de goleo.
Dicho escalafón (porque organizados sí somos, al menos, para llevar las estadísticas), aparece encabezado por Adrián, flaco y de baja estatura, raudo en la carrera controlada pero terriblemente individualista. Cuando agarra la esférica en banda, avanza como si la línea de meta no existiera y a veces, cuando los defensores desisten de perseguirlo, encuentra el arco desprotegido y remata. Sus 19 dianas son el premio a la perseverancia, aunque este Pichichi o Cappo Cannonieri es el clásico jugador al que, a veces, hasta sus propios coequiperos quisieran quitarle el balón.
Detrás suyo en la clasificación va Ramón, futbolista frustrado, el más talentoso en todas las situaciones de juego, pero dado a la desconcentración. Casi siempre en los sorteos iniciales es el primero en ser pedido. Si ese día “tiene ganas” de jugar, sus compañeros solo tendrán que auxiliarlo con un mínimo de acierto. Pero cuando el hombre entra al terreno con la desidia en el cuerpo, no existe Dios que lo haga reaccionar.
Alberto, estomatólogo y buen portero, cierra el podio de goleadores en una de las sorpresas mayúsculas de esta temporada. Atacar nunca ha sido una de sus fortalezas; sin embargo, tiene el don del trabajo en equipo y la humildad para reconocer sus errores (algo infrecuente pese al escaso talento del grupo). No obstante, sus anotaciones son demasiadas para un jugador de corte defensivo.
A partir de ahí aparece el resto, con el cuarto puesto reservado para el amigo Cañas, el más pregonero de su acierto de cara al arco y relegado, para satisfacción de los demás, a sitios de poca importancia. El clásico “palomero”, siempre aparece al lado del portero rival en espera de la pelota fácil e incluso así puede fallar ocasiones claras. Su mayor mérito es disparar en las peores circunstancias y resistir con ahínco la presión defensiva, aunque su manejo zafio lo lleva a cometer faltas. Esta temporada anda en silencio, sin ufanarse de su capacidad goleadora. Santo remedio a quien presume demasiado, ¿verdad amigo Cañas?
Otras muestras tangibles del bajísimo nivel al que jugamos son los tres ingenieros industriales. Primero, Chang, nuestro colega de apellido y facciones chinas, quien corre como pocos, pero con escaso sentido común. Sorprenden sobremanera sus siete goles y los porteros víctimas de esta estadística deberían estar sonrojados. Le acompañan los hermanos correcalles: Christian, el más rápido de los jugadores, pero terriblemente inefectivo en el disparo pese a acudir, casi siempre, con un pullover del gran Owen; Antonhy, por su parte, es la continuidad mala de su pariente, mucha velocidad, pero cero astucia. La presencia de ambos en la portería, además, es anecdótica: cuando están ellos, los rivales tienen una certeza, el disparo es sinónimo de gol.
En octavo y noveno aparece la dupla del miedo: José Miguel y Jorgito. El primero asegura que hace ejercicios físicos con frecuencia y la primera carrera lo manda de forma indefinida a custodiar el arco, casi sin aire. El segundo cree tener las habilidades de un Balón de Oro y al intentar desplegar sus supuestas virtudes termina siempre quejándose de faltas inexistentes. Un simple soplido del viento podría dejarlo tirado en el suelo. ¡Ah… y pobre del portero al que supere nuestro amigo! Deberá soportar sus mofas por horas.
Cierra la lista José Carlos, quien más ánimos me ofrece en los partidos, y no porque tenga la característica de conversar y ayudarte psicológicamente, sino porque su juego suele ser tan nefasto, que te hace sentir importante. Lento, sin ideas y con pobre disparo, es alguien indispensable para nosotros. ¿Se imaginan el fútbol si todos fuesen buenos? Sería muy aburrido.
Y por último aparece este periodista, quien tiene casi menos habilidades que José Carlos —sin exagerar, por supuesto — y que no debería tener la poca vergüenza de escribir los lunes de un deporte que apenas puede practicar con decencia. Cosas de la vida. No obstante, por este medio expreso mi gratitud eterna a todo el grupo por no reprocharme las tantas y tantas ocasiones que he sido causante de nuestras derrotas. Su paciencia será recordada por los siglos de los siglos.
Ya lo sé: quizás nadie conozca a Adrián, ni a Ramón, ni a José Miguel. Pero sí a muchos que, como ellos, sufren ahora la ausencia insustituible del fútbol en las tardes de sábado, de las risas, de los enfados, de los zapatos rotos y las pelotas desinfladas. Nos falta, en estos tiempos difíciles, ese juego de ida y vuelta, errores, de balones para aquí y para allá sin mucho criterio. Pero nos falta, sobre todo, esa pizca de amistad que solo consigue este gran deporte.
La frase:
En ningún sitio aprendí tanto de mí y de los demás como en una cancha (Jorge Valdano)