Rueda de prensa donde Zidane anunció su dimisión. Foto: Marca.
Zidane habla de discurso como si se tratase, en primera instancia, de un argumento pop. El discurso es siempre una apelación al resto donde las metodologías acaban repitiéndose en busca de un “bien común”. Las despedidas son, por tanto, baladas populistas que pretenden resumir cuestiones del ego para que todos intentemos entender, por ejemplo, por qué el cansancio o el cambio son siempre motivos públicos. Las despedidas son tan vulgares que, a veces, parece que existieran rituales de clausura o parámetros hedonistas a utilizar, como medir la vida en fracciones de desgaste.
Después de nueve títulos y tres Champions consecutivas en dos años y medio, el discurso es el de la huida: marcharse antes del desplome. “Quiero terminar cuando todo va bien. Ya lo hice como jugador. No veo tan claro seguir ganando y hay que hacer un cambio”, comentó el francés en la conferencia de prensa donde anunció su dimisión. En el Madrid, como en otros grandes clubes, el miedo al desplome es, en sí mismo, el desgaste. Zidane, el héroe, si alguna vez lo fue realmente, preferirá que lo extrañen antes que lo aborrezcan.
Zizou, diplomático, ha reconocido de cierta manera que podría volver y eso, tal vez, sea lo peor de todo. Cuando uno habla de regreso se refiere a estados pendientes que aparecieron, quizás, por la aversión al cambio. Ahí comienza entonces un idilio maniático donde el regreso puede terminar convirtiéndose en un vicio aplazado; un vicio que, latente dentro del Madrid y el madridismo, servirá para dilatar el mito de la despedida como la única causa posible del retorno: Zidane, si vuelve, llegaría exclusivamente porque alguna vez se fue.