Waldo Leyva- Foto: Álvaro Solís.
Waldo Leyva es un hombre de muchas suertes. Tiene la del don de la palabra escrita, la que convierte “una voluta de humo ..” en un “corazón agudo y taladrante”… También cuenta con la suerte de poder contar en imágenes, quizá (nunca se lo he preguntado) su memoria de un Período Especial con bicicletas por doquier, lo que hace con un pincel en algún que otro momento en que no le torture la musa de la poesía.
Posee una de las suertes más necesarias: la de estar rodeado de un grupo de amigos, de esos que se sinceran con él sobre lo que más les hiere y les molesta, y que le alegran los minutos de dolor por los que el Poeta atraviesa cuando su salud se resiente. Y es que la amistad se la ha ganado por muchas razones, que solo sus amigos conocen y no develan. Supongo que sea porque cada cual ha tenido sus momentos de silencio, cuando el abrazo de otros se hace más que urgente, y allí ha estado Waldo.
Y tiene la gran suerte de convivir con la primera crítica de sus obras. Es que Margarita sabe cómo decirle a Waldo lo que piensa, como se lo dice a todos. Cuando entorna los ojos al hablar, sabemos que lo que viene es un látigo que no lacera, pero te despierta si es que estás equivocado.
Y el Poeta debe ser feliz de contar con esas suertes. Su obra trasciende en vida y su Margarita no ha hecho tratos con ningún Voland. Al contrario de Bulgakov, Waldo puede caminar erguido entre vanguardias y nuevas olas, sin el temor de tener que echar al fuego sus manuscritos o dejarlos inconclusos.
Tiene un camino recorrido sin curvas ni baches. Porque para el Poeta su rumbo es inalterable, por duro que sea algún que otro momento. Y comparte con los que no somos poetas sus últimos escritos, en minutos de la pérdida irreparable o de decisiones por tomar que cambian destinos.
Yo, por supuesto, no me atrevo a criticarle. No alcanzaría nunca la estatura de su verbo. Además, zapatero a su zapato, o cada cual en lo suyo. Pero sí le llamo cuando un consejo necesito. Y es que su perfil y su cola de cabello canoso me recuerdan a los sabios ancestros. Por lo tanto, su palabra es guía segura en algún tiempo del cólera.
Además, para criticarle tiene a Margarita. Esa que no necesita de un gato Beguemot para tranquilizarse. Supongo se calme con los poemas de su esposo. Y con todas esas suertes compartidas en una casa del Vedado que siempre es visitada por amigos.
A esa eterna compañera del Poeta, éste le ha dicho:
“Para Margarita, desde el sur del mundo.
Sobre la mesa, un grupo de pequeñas piedras; hay una transparente como si fuera de cristal; no existen dos iguales, el agua les ha dado las formas que ahora tienen; para cada piedra fue necesario más de una primavera; de cada piedra puede salir un río. Para ti están sobre mi mesa. Las hay como semillas, como pequeños huevos, como pétalos duros y porosos. Son montes diminutos; en ellas habita el trueno y la lluvia y el viento desesperado de los arenales y los bosques. No se secó el rocío sobre estas pequeñas piedras de mi mesa; el rocío está en ellas como está el canto de los pájaros y el sonido del mar. Del color de la tarde y la mañana, vienen; están hechas de voces y de lágrimas; en estas piedras habita el universo; en cada piedrecita de mi mesa corres descalza y atraviesas los ríos; de cada una se levanta una hoguera y los abuelos cuentan el misterio del fuego, el alma de la lluvia, las voces ocultas de la tierra. En cada piedra hay una herida, un barco, una cadena. Para ti están sobre mi mesa estas pequeñas piedras, hechas también de risa y de canciones.”