Bartolo Portuondo, el padre de Omara (I)

Si el amor hace sentir hondos dolores…

Omara Portuondo es dueña de una sólida personalidad, que le ha permitido refugiarse en el cariño que le profesó la familia, y tirar al río (como sugiere la canción interpretada por Alberto Cortez), los momentos de dolor y sombras, las descarnadas inmisericordias de aquellos tiempos, para erguirse en el recuerdo de sus padres. Con la fuerza de la voz y un timbre exclusivo, se ha convertido, y no solo lo afirma quien estas letras suscribe, en una eterna cancionera de la música popular cubana.

La pasión ha sido y es, víctima de los tiempos. Sucedió con aquel matrimonio que supo romper cánones enquistados desde la época de los conquistadores. La niña de bien, blanca y linda, con una víctima de la ancestral tradición discriminatoria, constituirían un hogar donde se daban la mano bates, guantes y pelotas, con las más bellas melodías, la literatura y otras artes. Ambos, desde sus perspectivas, cargaban un envidiable acercamiento al mundo de la cultura, incluido el béisbol. Y tal comunión engendró virtudes de una diva.

Las cosas parecían transcurrir en aparente conformidad, pero cada día, hora y minuto se cernía el cerrojo de los recursos, en una de las etapas más complicadas del país. Mas los pequeños serían capaces de asimilar con dignidad precoz las estrecheces del hogar, en tiempos donde los padres se veían en la necesidad de acostar boca abajo a los hijos para calmarles el apetito, una vez consumidos los escasos alimentos.

Fue así como un cinco de enero, en la década del treinta del siglo XX, los padres no pudieron ocultar una verdad que calaría en los muchachos. Se imponía la sinceridad al sufrimiento ingenuo de un trío de vástagos que nada sabían de venturas y desventuras.

El mulato de piel oscura, una vez reunidos los cinco en la simple y acogedora sala, rompió el silencio con una sentencia incontestable:

Miren mis niños, ustedes no pueden tener regalos de los Reyes Magos, porque ellos somos nosotros, sus padres, y no tenemos dinero.[1]

La despierta Omarita elevó la vista y en comunión con los demás, como quien busca una respuesta celestial que no llegaría, tomó partido por quienes tanto se querían y a ellos los adoraban. Entonces, en un franco arranque de humildad sosegada, sin palabra alguna, se refugió en los brazos de Bartolo y Esperanza, para reconocer lo que el destino les había puesto en el camino.

No obstante, con mucho esfuerzo, aquel día llegarían algunas “cositas” a los muchachos.

Reconocido en Cuba y otros países como Bartolo Portuondo, fue un destacado pelotero en las primeras décadas del siglo XX, virtud que le permitió codearse con algunas celebridades. Hombre serio, de recia personalidad, disfrutaba por igual la buena música y la lectura.

Tú sabes que mi padre era negro, jugador de béisbol y mi madre blanca, con todo el peso del racismo encima (…) Mi padre era amigo de Eliseo Grenet, de José Luciano Franco, de Sindo Garay, de muchos artistas.[2]

Lo que comenzó por una inclinación sentimental, había brotado de huidizas miradas, cruzadas entre seres diferentes mordidos por la sociedad. En el joven prevaleció un rechazo atractivo, si ello es posible, con el desliz galante que siempre le acompañó. Quiso esquivar aquella belleza casi primitiva de elegancia natural: —Ella no podrá ser para mí. —Se dijo a sí mismo, y de inmediato proclamó: — ¡Es preciosa!

La joven fue capaz de sostener los ojos con disimulo y una pizca de picardía. El encuentro cargaba un equivalente delictivo, o al menos, de desobediencia social. Ambos venían de ascendentes españoles relacionados con las armas. Ella con legalidad y cuna de seda. Él, de un desaprobado romance furtivo.

Hay momentos donde el desdén pasa a segundo plano y ciertas decisiones logran realizar los deseos, aunque en ello pueda irles la existencia. Solo el amor, que engendra la maravilla, según el poeta, es capaz de romper fronteras. Sucedió con Esperanza y Bartolomé.

A escondidas fueron relacionándose y la pasión los hizo echar a un lado las barreras de reacciones adversas. Ella fue estigmatizada por la familia, al unirse con un empleado que, además, era negro.

Esperanza Peláez Hernández, con ancestros asturianos, provenía de un abuelo militar de carrera, vinculado a la masonería, que había llegado de la Península a La Habana, posteriormente destinado a la zona oriental del país. Bartolo vino al mundo por la relación de una esclava con otro alto militar de apellido Portuondo, de origen catalán.

Con voluntad de hierro y un sentimiento que le desbordaba, decidió unir su vida de niña buena, estudiosa y soñadora, a la del negro pelotero, en un matrimonio que asombró a buena parte de La Habana; del mismo brotarían tres vástagos, un varón y dos hembras: Iván, Omara y Haidée. Iván, ya fallecido, supo algo de música, con dotes de cantor, pero no se cultivó en ese arte, ni en la pelota, fue un hombre noble que sostuvo buenas amistades, al decir de Omara. Haideé, después de una larga y virtuosa carrera musical, siempre junto a la hermana, decidió radicarse fuera del país.

La intolerancia social se ensañó en dos seres cuyo delito era amarse.

Ellos se veían obligados a caminar por aceras paralelas repartiéndose los muchachos. Ella logró trabajar como enfermera, por ciertos períodos. Hasta llegamos a subsistir gracias a una hermana de mi madre que le daba parte de la comida que sobraba en casa de los padres, sin el consentimiento de nadie, expuesta a severos castigos.[3]

Nos recuerda una de las figuras principales del Buenavista Social Club, que su padre, a pesar del origen humilde en el barrio de Cayo Hueso, había abrazado desde temprano cualidades que le llevarían a cultivarse, además del béisbol, en la literatura, la música y otras artes. Hasta había conocido a la célebre Josephine Baker, con quien compartiría Omara años más tarde. En aquella familia, las combinaciones de melodías, ritmos y armonías, habían llegado por la sangre.

Omara cuenta cómo la pasión por la música la heredó de sus padres: “Eran músicos por naturaleza, tenían armonía y afinación. Eran autodidactas. Las cosas que me aprendí (…) me las enseñaron en mi casa”.[4]

Tan dentro llevaba Bartolo la música, que fue capaz de descubrir cualidades excepcionales en las hijas, especialmente en Omara, quien así se expresó en una extensa entrevista:

Recuerdo que siempre, a la hora del almuerzo o de la comida, ellos se ponían a cantar a dúo. Y un día, aunque mis otros dos hermanos igual podían hacerlo, mi padre, Bartolo Portuondo, me llamó: “Omarita, siéntate aquí. Ven a ver si puedes hacer esta melodía”. Entonces hizo la primera voz y me cantó Veinte años: —Qué te importa que te ame, si tú no me quieres ya (…)— Y yo lo seguí, dice, sin siquiera percatarme de que a nuestro alrededor se hace un silencio sepulcral. Mi padre me miró y me pidió nuevamente: “A ver, haz esta otra melodía”, y acudió a la segunda voz para volver a interpretar la canción inmortal de María Teresa Vera, esa que nunca he podido dejar de cantar. “¡Pero Omarita, —me vaticinó— tú serás una gran cantante! Vas a representar a tu país en muchas partes del mundo”, me aseguró.[5]

Esperanza abandonó la vida con solo cincuenta y un años cumplidos. El cáncer se ensañó en aquella mujer frágil y sostenida, de quien no se separó Bartolo hasta el día final. Por entonces las hermanas cantaban para el cuarteto de Orlando de la Rosa y Omara la llevaba al hospital. Él la sobreviviría algunos años, unido a los hijos.

¡Las cosas que tiene la vida! Aquel recorrido que Bartolo había augurado a su pequeñita, sobrecumplido con creces, él lo había captado con un excelente talento para el arte de la pelota.

Pero… ¿Quién fue Bartolomé Portuondo?

[1] Omara Portuondo: Entrevista telefónica con el autor, 12 de septiembre de 2014.

[2] Félix Julio Alfonso López, en su artículo “Música y béisbol”, (revista Música cubana, No. 1 de 2008, p. 42).

[3] Omara Portuondo: Entrevista telefónica citada, con el autor.

[4] Norberto Codina: Cajón de bateo. Ediciones Matanzas. Matanzas 2012, p. 44.

[5] José Luis Estrada Betancourt:La música nos pertenece”. Entrevista a Omara Portuondo para el periódico Juventud Rebelde, el domingo 31 de marzo de 2013.