Para Randy García Hernández y Gian Carlo Marzall, hermanos en la distancia
Primero: Paul Breitner y Gerd Muller habían sido los únicos jugadores del Bayern de Munich en marcar gol en una final de la Copa del Mundo, ambos en 1974.
I
El primer gol fue de penal. Un gol de penal que Beckenbauer no cobró. Eso fue lo más notable.
II
Diez años antes, Gerd Müller había llegado al Bayern cuando el equipo estaba en segunda. Su entrenador, con cierta saña, quizás acosado por la falta de resultados convincentes se burló del delantero al preguntarse: "¿Y qué voy a hacer yo con un levantador de pesas?". Müller tenía el cuerpo ancho y las piernas cortas, donde resaltaban unos muslos extremadamente gruesos. Podría decirse que de la cintura hacia abajo, el delantero alemán era físicamente muy parecido a Vasili Alekséyev, un halterista soviético de aquella época que luego rompería ochenta marcas mundiales entre 1970 y 1978. Cábala del destino: fallecería en 2011 en Munich.
Con 17 años marcó 180 goles en un club juvenil. En sus diez primeros partidos como jugador del equipo bávaro, no alineó. En su debut anotó dos goles y ya el DT comenzó a llamarle el “gordo y bajito Müller”.
1974: tardes severamente frías, el verano alemán de las gabardinas, las bufandas. El verano alemán de cine o teatro.
II
Rainer Bonhof se interna por la derecha. Hasta ahora Rainer Bonhof ha sido conocido, en esencia, por sus potentes disparos. Tiene 22 años. Este dato importará luego, pues será, en su momento, el jugador alemán más joven en convertirse en campeón del mundo. Juega en el Borussia Monchengladbach. Se deja el pelo largo como Breitner, que ya ha marcado su gol en el partido. El joven jugador está en el borde del área y amaga ante el asedio de un defensor. Amaga, por pura necesidad, o porque no escucha los gritos de Beckenbauer señalando par de compañeros suyos que están desmarcados. Amaga y calcula que en cinco metros llegará a la línea final y chocará entonces contra los fotógrafos. Las barreras publicitarias en el estadio olímpico están por fuera de la pista: el marketing aún es paleolítico por esos lares.
El amague es milimétrico, casi imperceptible. Bonhof le gana la carrera a su marcador y el arquero holandés amenaza con salir a buscar el centro para quedarse con la pelota. El portero de la naranja mecánica no ha escuchado la charla técnica antes del partido. Bonhof podía haberle pegado a puerta, pero parece que el guardameta recuerda un comentario de pasillo donde hablaban del joven de veintidós años y su potencia en los disparos y entonces decide regresar ligeramente hacia atrás cuando ya el balón buscaba las afueras del área pequeña.
Aparece Müller, que ha dado dos pasos en exceso y la esférica se le queda atrás. El mismo Müller que luego diría “Me lancé hacia delante con dos jugadores holandeses y entonces tuve que retroceder porque tenía el balón justo detrás. Lo toqué con la zurda, me giré un poco y, de repente, el balón estaba dentro”. Realmente le pegó de derecha y la mandó al fondo de las redes. Quizás la pelota le haya rozado la zurda en algún momento de la jugada. Eso no lo sabemos con certeza. Las repeticiones de la época eran más de imaginarse, de llenar par de espacios en blanco con pinceladas de entrevistas, declaraciones o alguna foto revelada después de varias horas. Lo cierto es que el portero holandés no podía estar pendiente de tanto.
III
Bastian Schweinsteiger, sangre en rostro, mira a su alrededor. Ha tenido que salir para que lo atiendan pero ya está. La sangre también. Sabe que de ser una pelea de boxeo no podría seguir aunque quizás no sepa nada o no lo recuerde en ese momento. Es la final de un mundial y quedan pocos minutos para la tanda de penales. Solo tiene en su mente el par de instrucciones que le dio Low en el momento en que estaba siendo atendido. A su izquierda pasa André Schurrle y hacia él dirige el balón. Schurrle había entrado por Kramer, uno de los mediocampistas centrales. Schurrle ha sido de todo menos un volante de recuperación, por eso se marcha por la izquierda. Atrás queda Bastian, a la espera, cubriendo los espacios, como bien aprendiera después del Mundial del 2006, por razones de necesidad, por culpa de Kevin Prince Boateng o de Michael Ballack.
Pablo Zabaleta vio cómo Schurrle se marchaba buscando la línea final. Zabaleta lo había despejado todo: estaba en uno de sus mejores partidos de la Copa, si no el mejor. El delantero alemán ni miró las vallas publicitarias. Solo a un hombre que venía cerrando por el centro y hacia allá mandó la pelota.
Mario Gotze. Algo lo busca. Si la baja y se acomoda, Romero saldrá al achique y le anulará las posibilidades. Bueno, debería salir al achique e intentar desviarla al córner. Pensará el portero argentino: quedan siete minutos y los alemanes solo han ganado de cabeza en par de ocasiones durante todo el partido.
Entre el pecho y la pierna izquierda de Gotze, la mirada de un portero en movimiento; las miradas de los aficionados del Dortmund que escribieron una vez en Facebook indignados por el traspaso del joven jugador al Bayern: “Eres la Mario Gotze de mi vida. Llegaste, me enamoraste, me ilusionaste y al final me traicionaste”; los ojos de Garay y Demichelis; la sangre de Bastian. Balón adentro. Entre la pierna izquierda de Gotze y el fondo de la portería: mitad fútbol, mitad irrealidad o lo que es lo mismo: personas en Facebook que, con premura, se apuran a cambiar el último verbo.