Hormiguita laboriosa cuando llega, de los primeros, a los habituales escenarios del Grupo, cada domingo en el 1830, o los viernes en Le Select. Es exactamente el mismo trabajo que le toca en una gran plaza para miles de personas, en Cuba o en el extranjero, que en un estrecho estudio de televisión, en un improvisado escenario de una escuela en el campo, o en una unidad militar bien intrincada. Da igual, en todos ellos se impone su ritual estrictamente similar.
¿Y el almuerzo y la comida de los utileros, sonidistas, luminotécnicos y otros subordinados suyos, quién lo garantiza? Pues él mismo, de lo contrario ninguno come aunque trabajen como leones, y ello no será justificación para que el concierto no empiece a su hora, y con la calidad que músicos y público exigen.
En cada concierto, las mismos o nuevas preocupaciones: ¿Qué hacer si falla la electricidad en medio de la actuación? ¿Y si alguien del público pisa sin querer un cable y se apaga el audio o una lámpara? ¿Y el agua de Tony? ¿Y las maracas de Jorge, por qué no están en su sitio? ¿Y el chofer, a qué hora regresa a buscar los instrumentos, ya le dieron su merienda? ¿Les garantizaron un buen sitio a los fotógrafos?... Y él, sin inmutarse: tranquilo macho, que todo sale, aquí está la botellita de ron que me dieron para los músicos…, la de los técnicos la pongo al final…
Graduado en economía, este muchacho que ya peña canas en su larga melena (la de siempre), dejó un buen trabajo el día que quiso seguir los pasos de su padre en la música. Desde entonces, y aunque estudió algún que otro instrumento, nunca se subió al escenario por la parte de los artistas, sino por detrás, donde toca la orquesta de los obreros anónimos del concierto. Y desde allí, como dice el poeta, hace su trabajo mejor, este reparador de ensueños.
Así que esta noche, cuando se enciendan las luces y se escuchen los primeros acordes del Grupo, él será por unos segundos el tipo más feliz del mundo. Después todo vuelve a ser tensión, hasta pasada la madrugada, cuando, ya apagada y desierta la plaza, él regrese el último a su casa, feliz de los aplausos que también fueron suyos, y convencido de que mañana (que ya es hoy) será solamente otro día.
Sea este un homenaje a Raulito Gómez, por sus cincuenta, y, a través de él, a todos los productores, utileros, sonidistas, luminotécnicos… esos buenos hombres y mujeres que tocan por estos días en el Cubadisco, y a veces toda la vida, en las orquestas invisibles de acordes vitales… detrás de cada escenario.