Amigos de una larga experiencia o conocedores de lo saludable que puede significar contar y estimular a los más capaces, abogan por una escuela de directores técnicos que perfeccione los conocimientos y métodos de un verdadero formador, educador y estratega. Cierto es que haber sido un laureado atleta no se traduce en que usted sea, de dedo, un buen guía. Algunas veces vemos a alguien al frente de un colectivo –y aclaro, no es solamente en el béisbol– figurar como centro de alguna actividad del deporte. Nos inclinamos por su trayectoria o las glorias conquistadas en su etapa activa y no por sobrados méritos eslabonados en su tarea cotidiana. Me imagino que quienes dedican gran parte de su tiempo a una sobresaliente labor en su municipio o aportaron para su territorio, se sientan mal cuando esa designación no se corresponde con resultados anteriores.
Pienso que está llegando la hora de promover a quienes convencen con su trabajo diario. Lejos de preferencias, simpatías o abrir espacio al personaje más conocido, debemos ser justos con todos aquellos que contribuyen a la divina obra de cada jornada.
Quizás no en todas las provincias tengamos que lamentar esas incongruencias, pero es deber de las autoridades y nosotros, la prensa, exaltar los valores de profesores y entrenadores que se consagran frente a sus alumnos. Para que el deporte vaya hacia delante es necesario colocar en su lugar a todos los que ofrecen lo mejor de sus vidas en aras de formar integralmente a nuestros atletas del futuro. Transitamos por tiempos diferentes que exigen control, dedicación y unidad.
Premiar realmente a esas personas que se enfrascan todos los días en esa hermosa batalla que se llama educar y formar a las nuevas generaciones, debe constituir la aspiración de los buenos cubanos.
En fin, reconocer y estimular verdaderamente el trabajo de los mejores.