Los Cinco, Fabio Di Celmo y la lucha contra la maldad

FOTO: Roberto MOREJÓN RODRÍGUEZ/AIN

Por Miguel José Maury Guerrero      

En una esquina del lobby-bar del Hotel Copacabana, al oeste de La Habana, se localiza un sencillo sitial que no debería existir.

Una tarja en bronce muestra la efigie del joven italiano Fabio Di Celmo, asesinado en aquel lugar el 4 de septiembre de 1997 por un atentado terrorista fraguado por los sempiternos enemigos de la Revolución, anidados en la extrema derecha de la floridana ciudad de Miami.

“Tal barbarie imperialista no puede impedir que el pueblo de Cuba y la familia del deporte nacional te recuerde, Fabio”, reza la tarja recordatoria del repudiable crimen que, como todo acto terrorista, no deparó en inocencias y colocó a un turista italiano en la mira de sus acciones anticubanas.

Allí, cada año, en un sencillo acto, trabajadores del hotel, funcionarios del turismo y decenas de personas, rinden homenaje a esa vida cruelmente truncada.

Siempre, entre los presentes, no falta un venerable hombre ya entrado en años que, flores en mano y con ojos llenos de lágrimas, se postra ante la tarja.

Desde la muerte de su hijo, cada día, en algún momento, ese nonagenario vierte lágrimas “y desde entonces siempre me muevo abrumado por el peso de la angustia”, -confiesa.

Es que, acaso ese hombre, desde hace dieciséis años, no sólo derrama su dolor por fuera sino que también llora por dentro, que es el peor de los llantos.

Es este el anciano que ahora está frente a nosotros y con voz temblorosa de emoción pero con firmes palabras, nos habla de su fe en Cuba, en su Revolución, en el imperio de la justicia y de su bregar por los mismos principios que siempre abogó su desaparecido hijo: la paz, la fraternidad entre los pueblos, el amor y la justicia.

A sus 91 años, Giustino Di Celmo, el progenitor del joven asesinado, sigue siendo un hombre activo, lúcido, de hablar pausado, claras ideas e inconmovibles convicciones que lo sitúan al lado de esta tierra a la que ha convertido en su segunda patria y en la que afirma estar decidido a vivir hasta su último aliento.

-Estamos en medio de una gran campaña internacional por la liberación de nuestros Cinco Héroes antiterroristas presos en Estados Unidos, le decimos- y bajo su mirada atenta, le pedimos algo que inmediatamente le hace asentir:

-Sabemos cuánto significa para usted la lucha contra el terrorismo pero realmente quisiéramos escucharlo de sus propias palabras.

Esta pregunta es muy apropiada en este día en que el mundo está pendiente de una tremenda decisión que lo amenaza, como es una Tercera Guerra Mundial, responde sin titubeos y a continuación, con firmeza, nos dice:

Los Cinco Héroes han luchado por Cuba y por todo el mundo, por toda la humanidad y eso merece no sólo respeto, hace válido todo nuestro esfuerzo por sacarlos de la prisión, que sería lograr la verdadera justicia, no la falsa justicia que les aplicaron cuando los condenaron.

Echa una larga mirada por los amplios cristales frontales del Hotel Copacabana, donde transcurre la conversación; parece hurgar en los recuerdos y al rato prosigue:

En la Segunda Guerra Mundial yo participé totalmente; fui un combatiente. En ella murieron unos 60 millones de personas y yo soy uno de los sobrevivientes.

Tras una breve pausa, se acomoda en el amplio butacón donde se ha ubicado y agrega:

Si no se evita ahora mismo, a tiempo, un enfrentamiento bélico, es casi seguro que la Tercera Guerra Mundial va a tener lugar porque el capitalismo la necesita, porque ese sistema, sin guerra, no puede existir.

En esa conflagración, esta vez, en lugar de 60 millones de víctimas, -que fue aproximadamente el total de vidas que costó la Segunda Guerra Mundial-  habrá quizás 600 millones; será casi un millardo y no se puede predecir que más podría sobrevenir, qué otras consecuencias podría acarrear esta guerra sobre el mundo.

Además, en eventos de ese tipo, siempre los pobres son los que pagarían el mayor precio y seguirían siendo los más desamparados.

En  una breve pausa introducimos una sensible pregunta que le hace pensar y ahora su voz trasluce dolor:

-¿Que actitud asumiría su hijo en una coyuntura como la actual?

Esta vez no piensa la respuesta y decidido, nos dice:

Esta es una ocasión para pensar que Fabio, de estar vivo, estaría seguramente en la primera línea en la lucha por la paz, la fraternidad entre los pueblos, el amor y la justicia, porque sólo así es que el mundo podría sobrevivir.

Luego de anunciarle que deseamos indagar en algo más personal, le preguntamos:

-Qué significa para usted vivir aquí entre nosotros en esta Isla en los actuales momentos que vive la humanidad.

Aquel día, cuando Fabio murió en el atentado terrorista en este Hotel Copacabana, prometí ante su cuerpo sin vida que nunca lo iba a dejar y por esto tomé la decisión de quedarme por siempre, hasta mi último día, en Cuba, contesta.

También te voy a decir que me hice de un pensamiento, de una idea que me costó mucho pero de ello no me arrepiento porque, con la edad que tengo, me siento todavía en perfectas condiciones y se lo prometí a Fabio y es que voy a luchar siempre y quiero hacerlo aquí, en esta Isla, al lado de ustedes, culmina.

El anciano comerciante trasluce angustia y al valorar que si extendemos la plática estaríamos abusando de su ya afectado estado de ánimo, decidimos dar por terminado el encuentro con una última pregunta, tradicional en toda entrevista:

-Acaso hay algo que debíamos haberle preguntado…

Luego de meditar unos instantes nos dice, con ojos aún húmedos de emoción:

Aprovecho la ocasión para decirle a Obama, por si acaso lee tú entrevista: No se olvide que usted tiene el Premio Nóbel por la Paz y por ello no debe provocar la Tercera Guerra Mundial. En caso de que usted lo haga, yo sería el primero en ir a quitarle la medalla que por ese galardón usted ostenta, en su pecho porque quiero decirle que la maldad siempre estará condenada y no puede sobrevivir.