No te importe que puedas tropezar con cualquier poste, que la gente se burle y comente que eres tonto, que el conductor del ómnibus te diga “vamos, vamos” porque tienes la mano atorada en el bolsillo y no le pagas y estás embelesado, como un niño que acaba de ver una estrella fugaz.
Devuélvele tus ojos y no dejes que la lujuria asome. Para eso habrá ocasiones más propicias: limítate esta vez a una mirada candorosa, ingenua, prácticamente tímida. Vive en el paraíso este momento, porque es único y lindo y es la vida.
Devuélvele tus ojos, porque si ella los mira debe ser que perdió algunos ojos parecidos, y tú, por reciprocidad, le entregarás los tuyos para que se los guarde en su mirada. No seas ruin: quédate ciego para que esa mujer vea por ambos.
Devuélvele tus ojos, respira hondo y sopla sin dejar que ella lo note. Sostenle la mirada mientras sientes que todo River Dance ensaya en tu cabeza, que es insensible a tanto taconazo y hace una fiesta loca.
Devuélvele tus ojos y sonríe, porque las cosas bellas se merecen al menos una expresión de gratitud. Y no la fuerces: si ella baja sus ojos, apenada tal vez porque la has sorprendido, déjala quieta, no la acoses mirándola y mirándola.
Hazme caso: desiste –contra tu voluntad, desiste de asediarla-, y consuélate evocando el porfiado consejo de Juan Ramón Jiménez: “No la toquéis ya más, que así es la rosa”.