Bolt y Blake: los dioses también ríen.
Los cien metros mandarán eternamente en Olimpiadas. Lo mismo en natación, que en pista atlética. Son la explosión suprema de la velocidad, una virtud que el hombre siempre envidió a los animales hasta que supo que él -o que sus semejantes- podían correr casi a la par de los guepardos.
¿Exagero? Sí, tal vez un poquito. Pero siéntese a ver el hectómetro olímpico de Londres y, por más que los físicos lo nieguen, notará que sí hay humanos capaces de desafiar al viento. Lo que ocurre es que, por caprichos genético-geográficos, casi todos están en Jamaica y Estados Unidos.
Hace algunos minutos terminaron los heats eliminatorios de cien metros para hombres, y quedaron expuestas las candidaturas. Que son varias, aunque los expertos azucen el arduo show mediático limitándolas a dos. Esto es, Bolt y Blake. Dos apellidos que se escriben con la misma "b" de bólido. Y de bala.
Bolt es el enfant gaté del atletismo de velocidad. Rectifico: del atletismo en general. Todos quieren correr contra él, aunque sea tan solo para perder desde que escuchen el disparo de salida. Porque, claro, les quedará la anécdota: "¿Sabes, muchacho? Una vez yo corrí contra el mejor sprinter de la historia". O algo así. Este sábado, al mediodía de Londres, Bolt hizo el mínimo esfuerzo para cronometrar 10.09 y encabezar apenas a sus perseguidores, convencido quizás de que el águila, por muy avariciosa que sea, no puede permitirse cazar moscas.
Blake (10 flat hace un rato) es su antítesis. Carece de su ángel para las multitudes, y de su estatura inacabable, y de la sonrisa permanente (oculta a veces) que hay en cada mirada de Usain. Pero el muchacho tiene la aceleración imperial que hizo temido y célebre al Relámpago, vino al mundo con el carácter que le ha faltado a Asafa Powell, y en sus ojos enseña unas ganas que ya no se perciben en Bolt. Que lo ha ganado todo. Cosa que habitualmente es buena, aunque malsana en ciertas ocasiones. Como en ésta que ahora nos ocupa.
Sin embargo, hay un mundo más allá de las dos "B", como lo había cuando las dos "K" del ajedrez. Hay otros tipos en el horizonte que también llevan nitro en cada pincho. Digamos, el mismísimo Powell, otro jamaicano. O Tyson Gay y Justin Gatlin, dos estadounidenses de historial sobrado. O Ryan Bailey, una especie de "new kid on the block" que acomoda 210 libras en su mulata anatomía de armario.
Precisamente Bailey consiguió la marca tope de la ronda sabatina. Su 9.88 desató los rumores en las gradas londinenses, asombradas por tanta arrogancia y tanto lujo. Bailey arranca en ralenti, le cuesta coordinar cada sector de ese cuerpazo, pero luego estremece viniendo de atrás como si fuera un jet en plan de fuga. Un consejo: no lo pierdan de vista. A no ser que se lo coma la presión...
Gay es el dios caído. Subió los ochomiles del hectómetro y se regodeó en la gloria, hasta que apareció Usain para bajarlo. Mas se trata de un crack que compensa su escasa estatura con una multiplicación endemoniada de las piernas. Un crack que, hoy, enmendó una arrancada nefasta, rebasó a un connotado como el trinitario Richard Thompson y, casi caminando, hizo 10.08.
Justin Gatlin, en tanto, fue otra vez el que fue cuando se proclamó campeón olímpico en Atenas: un personaje centrado por completo en su carrera, que no deslumbra como otros en ninguno de los tramos, y que se las ingenia para -pese a cumplir un dilatado castigo por dopaje- bajar de diez segundos cada vez que se le antoja. Largas zancadas, torso erecto y el foco en la meta. 9.97 esta tarde en Gran Bretaña. Bien. Muy bien.
Por último, Powell (10.04). Ahora con nuevo look -una greña descolorida en la mandíbula-, y ojalá que, también, con un nuevo talante sicológico. Para mí, la elegancia en un tramo de cien metros. Corre con una perfección extraña, hasta el punto de que pareciera ensayar una coreografía vertiginosa destinada a robarle espacio al tiempo, metros a los segundos, y premios a Dios. Sale como un vagón cargado y llega, dando saltos precisos y preciosos, delante de la locomotora. Sobre todas las cosas, Powell es un artista. Y un gigante que, muy de vez en vez y por desgracia, se disfraza de gnomo.
La jornada atestiguó además el retiro por lesión del norteamericano LaShawn Merritt, lo cual dejó abierto el desenlace de los cuatrocientos metros lisos, a cuyo podio aspiran los gemelos belgas Borlee, el bahamés Chris Brown y, más que todos, el granadino Kirani James. Dicho sea de paso, el joven dominicano Luquelín Santos (45.04 segundos) dejó buenas sensaciones en el mismo heat donde también clasificó el tenaz sudafricano Oscar Pistorius, primer atleta amputado que compite en los Juegos Olímpicos Modernos. Prótesis de titanio, corazón de bronce.