Cierto que más feliz parecía su madre, apertrechada detrás de las cámaras, pero Pereira, si bien fue sensato y comedido, declaró que iba a Londres a ver qué pasaba (más o menos así) y a batirse de tú a tú con los rivales. Eso fue lo que su seguridad -aun cuando aparezca en el 246 del listado mundial- dio a entender a los espectadores.
De mucho le habrán servido los últimos cinco años en el Centro Internacional de entrenamiento de Koping, Suecia, pues cada cierto tiempo recibimos noticias suyas. Con actuaciones destacadas, por ejemplo, en los Circuitos Pro-Tour europeos.
Para intentar vencer, tal como aspira, la primera e incluso la segunda ronda, deberá apoyarse en su potencia física. En su servicio también, con fama de excelente, pero sobre todo en su potencia física. Intentar suplir con arrojo lo que no le viene por cultura. Es decir, esa precisión milenaria con la que los asiáticos colocan la pelota donde quieren.
Sabemos que los de ojos oblicuos harán acto de presencia. Que habrá oleadas de ellos. Que incluso desfilarán, como una ensoñación, metidos en la piel de dominicanos, europeos y estadounidenses. Al menos -sostenemos nosotros- Andy Pereira es mulato. De ese color mezclado que solo poseen los países mezclados.
Si pierde o si gana, el cubano es cubano. No tailandés, ni chino.