Humberto

Humberto Arenal

La conciencia de ya no veré a Humberto Arenal salir de su apartamento, ni encontrarme con él en la entrada del edificio, colgado del brazo de su amada y amante Beatriz, su esposa, llegará con el tiempo.

Aunque hace algunos meses apenas ha traspuesto la puerta de su apartamento, estaba ahí a unos veinte metros de donde escribo estas líneas.

En el 2007 fue Premio Nacional de Literatura, tenía varios libros y artículos publicados, obras de teatro dirigidas y también fue director del teatro musical o vicepresidente de la Asociación de artes escénicas de la UNEAC. Puedo seguir escribiendo de sus méritos y reproducir valiosas opiniones de sus colegas escritores, pero prefiero referirme al hombre que vivía a unos pocos metros de mi.

Cuando me convertí en su vecina en 1999, mucho había escuchado sobre él, pero no lo conocía personalmente. A pesar de nuestras personalidades diferentes: él hablaba bajito, más que reírse se sonreía, siempre socarronamente, caminaba y hablaba despacio. Yo hago todo lo contrario, pero ante Humberto decidí desde el primer día asumir su tono.

Lo hice porque me conquistó como amiga y porque mi curiosidad de periodista me roía: cuando entré  a la revista El Caimán Barbudo en 1983 me dijeron que Humberto ya  podía publicar, yo quería saber que había hecho o que dejó de hacer para que antes no pudiera.

Conversamos varias veces sobre el asunto. Me contó la cantidad de cigarros que devoraba cada noche durante su ostracismo  y en el 2006 publiqué su respuesta: "Fui una víctima del decenio gris (no quinquenio como se dice ahora). Fui leal a mi ética personal, a mi verdadero amor por Cuba, por lealtad a mis principios no cedí. Nunca me han podido probar ni un solo acto en contra de la Revolución y la patria. Y también fui un fiel amigo. Nadie es perfecto y por eso acepto que cada cual escoja su destino más personal. Allá los moralistas y los suficientes que proclaman que siempre tienen la razón."

Varias veces le había preguntado por que no se había radicado en Estados Unidos y su respuesta nunca varió: "Ya había vivido plenamente y con provecho mi estancia en Estados Unidos, país que quiero mucho, a pesar de todo. No es un paraíso sino un buen país, con virtudes y defectos. Y algunos buenos, malos o pésimos gobernantes. Y a otros lugares (como España y Francia, que conozco bien) no me unen lazos tan profundos como para abandonar este país con una historia tan maravillosa. Me han tratado de comprar varias veces, pero yo no me vendo. Soy muy caro."

En esas largas conversaciones lo vi levantar un brazo junto con el boxeador que se fajaba en el ring y él observaba por el televisor, o sonreír al recordar un viejo romance, pero sobre todo rebosar de orgullo por sus hijas Patricia, sicóloga, madre de dos muchachas,  después abuela, y Jacqueline, excelente actriz, inteligente, con una nieta, Camila, que tenía embrujado a su abuelo de una forma colosal.

Por desgracia descubrí otra de sus aristas: los deseos de vivir y la valentía de enfrentar un cáncer. Fue en el año 2000 y visitó a Eleuterio Páez, estuvo tomando y poniéndose Vimang sin ingerir o ponerse otros medicamentos por varios años. Él y yo estábamos convencidos de que ese producto natural logró que por unos ocho años él tuviera una vida normal y su próstata no le diera mayores problemas.

Un día le pregunté como había enfrentado a tantos demonios y me dijo: "El peor demonio es ese que llevamos dentro. Y a ese demonio lo mantengo a raya. Ya nos conocemos bien y nos respetamos. Mientras que valga la pena quiero vivir plenamente, en todos sentidos. Pero no olvido aquello de que polvo somos y al polvo volvemos."

Lo vi por última vez el 15 de enero. Cumplía 89 años y Beatriz me dijo que pasara, que estaba "claro", porque ya el tiempo y la enfermedad lo hacían perderse en brumas a la que no teníamos acceso. Pero el día de su onomástico me conoció, empecé a bromear que llegaría a los 90 y por momentos su socarrona sonrisa le volvió al rostro "¿Usted cree? ¿A los noventa? ¡Quien lo iba a decir!."

Lo dejé tranquilo, en su cama fowler, con una boina negra y piyama oscuro. Tuve la certeza que no lo vería más, aquella era mi despedida de un vecino bañado por la fama pero sobre todo por la honestidad.