Caricatura de Ares, Cuba.
Deysi Cori
Una peruana de apenas 18 años acaba de ganar el campeonato mundial de ajedrez juvenil celebrado en Chennai, estado ubicado al sur de la India. Parece, o es, una agradable noticia, porque Perú no tiene la más mínima tradición en el ajedrez. Como no la tiene ningún país de Latinoamérica si exceptuamos a Cuba, con José Raúl Capablanca, y a Argentina, con Miguel Najdorf, quien era, por demás, de origen polaco, pero que el 1 de septiembre de 1939, al igual que su coterráneo Witold Grombowicz, se encontraba en Buenos Aires. Ambos, entonces, decidieron quedarse, y ambos, tal vez sin conocerse, ganaron un nombre en sus respectivos oficios. Najdorf como el notable ajedrecista que fue. Y Witold como el autor de Ferdydurke y de otras obras memorables.
Pero a lo que iba. Más o menos por las mismas fechas en que Deysi Cori -muchacha implacable a juzgar por su rostro severo- planteaba aperturas y sorteaba partidas con impresionante éxito en tierras hindúes, la soprano cubana María Aleida, joven promesa del bel canto, descollaba entre los alumnos de la Academia Rossiniana por su impecable interpretación del Viaje a Reims. Ópera, según dicen, dificilísima, y cuyos manuscritos fueron encontrados en Roma hace ya treinta años, luego de varios siglos de extravío.
María Aleida
Cori y María Aleida son, pudiéramos decir, figuras en ciernes, muchachas de sobrado talento que, en dependencia de sus voluntades y de la bondad de las circunstancias, conquistarán, respectivamente, algún torneo de la estirpe del Linares, o la Scala de Milán. O tal vez no, tal vez tengan que conformarse, también respectivamente, con el Capablanca in Memorian, o con el García Lorca.
En todo caso, tales especulaciones, por festinadas, resultan intrascendentes. De lo que no cabe duda es que ambas artistas son, ahora mismo, estrellas del deporte y del arte, estrellas sin excesos, más bien precisas, de una luz, paradójicamente, crepuscular. Todo lo contrario de Bill Bratton, personaje de película del sábado, y ex jefe de la policía de Nueva York, Los Ángeles y Boston (¡qué tres ciudades!), quien gracias a la ineptitud de Scotland Yard, al desespero de David Cameron, o al ímpetu frenético de los jóvenes londinenses, ha vuelto a ser noticia mundial, si es que alguna vez rebasó las fronteras de su país.
A partir sobre todo de 1992, Bratton cobró fama en los Estados Unidos por su severidad como agente del orden. En Nueva York, castigó sin piedad hasta los descuidos de menorcísima importancia. Viajar en el transporte público sin boleto y cosas por el estilo. El hombre llegó a convertir zonas como Times Square, tendentes al tráfico de drogas y a la prostitución, en verdaderos paseos de compras y entretenimiento, dados los altos grados alcanzados de limpieza y seguridad.
William Bratton
Ahora, el primer ministro británico le ha pedido a Bratton que asesore la legendaria policía inglesa en la aplicación de lo que se ha dado a conocer como "Tolerancia cero". Hay miles de detenidos y los disturbios, sobre todo en las zonas periféricas de las grandes ciudades, no cesan. Cameron, como se supone, ha apostado a la eficacia, o al prestigio, o a lo que sea que haya oído respecto a Bill Bratton para detener las crecientes manifestaciones, los asaltos y las muertes en su país. Pero tal nombramiento, claro está, ha traído asperezas y ha levantado críticas entre los altos funcionarios de Scotland Yard. Hugh Orde, presidente de la Asociación de Comisarios, ha declarado, no sin cierta razón, que no está seguro de que quiera que le enseñen sobre bandas de una zona de América donde hay 400.
Aunque quizás Hugh Orde se equivoque y Bratton pueda detener, temporalmente, con mano dura, la violencia y la compleja situación social que vive Inglaterra. Lo que sí no podría detener nunca, en ninguna de sus vidas, el draconiano policía neoyorkino, es la debacle severa, los estertores, las crisis sistémicas del capitalismo.
Primero porque ningún hombre, ni Marx, ni Keynes, ni el Che Guevara, ni siquiera el mejor Sylvester Stallone del Rambo de 1985, puede acometer semejante empresa en solitario. Y segundo porque si ello fuera posible, a Bill Bratton se le agotaría la paciencia y el invicto yendo de país en país, de región en región, y este sujeto, por ejemplo, debe saber nada o muy poco del Tercer Mundo.
Camila Vallejo
Luego de Londres, por el cariz que van tomando las cosas, Sebastián Piñera tendría que seguir ejemplo y costear, clamorosamente, la ida de Bratton a Chile, donde el panorama se torna mucho más complejo. Aunque si yo fuera Piñera, no haría nada de eso. Si yo fuera Piñera, y fuera, entonces, un presidente que creyera en el mercado, que creyera, aún, en las prácticas del neoliberalismo, y que hiciera caso omiso a las huelgas de hambre de los estudiantes y al reclamo de miles de obreros y de desposeídos, al menos me quedaría la sensatez de respetar la estética. De respetar la belleza, quiero decir. Poca cosa ya a estas alturas.
Piñera no debe haber visto todavía, encerrado en el Palacio de la Moneda, ninguna foto de Camila Vallejo, preciosísima y pujante líder estudiantil de apenas 23 años de edad, de unos proletarios ojos verdes, de una mirada épica, como la mirada de Louise Michel, y por si fuera poco, de ilustre apellido, un apellido que vale misa, y vale silencio, el apellido del poeta más grande de Latinoamérica, y tal vez de la lengua castellana, y tal vez de la historia.
Pero no importa, pues Camila Vallejo bien podría llamarse Isabel Valdivia. La muchacha, de belleza renacentista, o mejor, de belleza prerrafaelita, y que lleva tan graciosamente una argolla dorada en su nariz, ha logrado algo más meritorio que la intransferible herencia de lo que a la larga es tan solo un apellido. Ha dicho, luego de casi tres meses de intensas movilizaciones contra el gobierno, que la culpa de la crisis educacional chilena la tiene el mercado, un modelo imperante desde la dictadura pinochetista, y que, sentenció, "no ha sido tocado".
Camila Vallejo, pues, tradujo con atinada lucidez aquellos versos memorables: "Execrable sistema, clima en nombre del cielo, del bronquio y la quebrada, la cantidad enorme de dinero que cuesta el ser pobre...", y su foto, la foto que por estos días acompaña sus declaraciones, solo es comparable, a mi juicio, con la resucitada instantánea The kiss, tomada en la década del 50, y en la cual Elvis Presley quedó eternizado mientras besaba a una rubia enigmática y escuálidamente hermosa, de quien, casi 55 años después, al menos sabemos su nombre.
Profanan monumento a Miguel Hernandez
Bárbara Gray reveló a la revista Vannityfair que ella era la chica de la foto, justo para que alguien replicara, de manera tonta, que no se parecía en nada a la mujer que había sido o a la mujer que decía ser. Uno puede cuestionar la autenticidad de la anciana, la veracidad de sus declaraciones, pero lo que no se puede cuestionar es su absoluto derecho a envejecer, a alejarse, con los años, de la perfección invariable de una imagen, de un momento.
Esta foto, sin embargo, nada tiene que ver con otra que por estos días recorre Iberoamérica y quizás el mundo, luego de que una infame banda de neofascistas profanara con rojos y simiescos carteles un monumento en San Sebastián de los Reyes a Miguel Hernández, el autor de Elegía y de Nana de las cebollas, poeta y poemas estos donde los haya.
Somalia, claro.
No obstante, por más que tamaño acto resulte deplorable, esa no es, ni remotamente, la prueba más fehaciente de que el fascismo prolifera. Lo es -no digo yo si lo es- la hambruna en Somalia, donde los padres, en muchas ocasiones, a falta de alimentos y de agua han tenido que decidir con qué hijo quedarse, cuál es el de mayores posibilidades para sobrevivir, cuál resistirá mejor el siguiente día, la siguiente hora, el próximo paso o la próxima bocanada de aire.
Las imágenes son desoladoras, solo comparables con las vagas reminiscencias que podamos tener de Auschwitz. Tumultuosas filas de muchachos en espera de un poco de arroz, de algún esperanzador vaso de agua. Seres caricaturescos, pero sin la risa, porque no son caricaturas, son personas, o bien un gesto perpetuado, miradas tranquilas que no reprochan nada. Niños con pocos meses o con pocos años de vida que son el reverso de lo que debiera ser un niño y que ya, sumidos en el abandono, están más que listos para marcharse a mejor vida. Otros, en cambio, se resisten, agarrados de lo que quiso ser o de lo que uno intuye debió ser un seno. En fin, hombres y mujeres que tuvieron la desdicha de entrar al mundo por Somalia, sin saber que Somalia, como casi toda África, nunca es una entrada, sino una inacabable salida.
Diego
De los famosos, el que lo tiene claro es Maradona, tipo difícil, y siempre contra la norma, tal como debe ser. "Hoy el planeta se está cagando de hambre y hay 14 millones de africanos que no tiene un pan, pero de golpe dicen que Fidel es un hijo de puta porque los cubanos comen una taza de arroz, papa o pan. Comen, y comen todos".
Bien, no hace falta, por ahora, decir más. Decir más sería redundar. Solo agregar que luego de digerir la taza de arroz, o, indistintamente, la papa o el pan, los cubanos debieran lustrarse los zapatos, lustrarse los zapatos significa, si traducimos al lenguaje de D10s, pretender el trigo, y después la avena, y la cebada, y por último, de aquí a poco más de un siglo, la soya, para que nadie venga de demagogo a meternos los dedos en la nariz. Los dedos en la nariz... bueno... me imagino yo que a estas alturas, cuando ya la belleza es poca cosa, todo el mundo sepa lo que quiere decir.