Reutilio sigue encendido
Por lo menos a mí, el equipo cubano suele darme alegrías amargas. Antes no: antes yo me paraba en la butaca y vociferaba como un loco, emocionado con el batazo de Vargas contra Andy Benes o el ponchete de Lazo a costa de Soriano.
Pero eso ha pasado. Tal vez me he puesto viejo. O tal vez sea que esta pelota no es ni remotamente como aquella, y que estos peloteros no se parecen nada a sus antecesores. Inclusive, tal vez me esté volviendo pesimista.
El asunto es que no disfruté la victoria en los Juegos del ALBA. Y no lo digo porque fuera un evento menor, contra adversarios a los que ni siquiera les quedaba bien el uniforme. Lo digo, sobre todo, por el cauce monótono que atravesó el partido, y por esa actitud conformista que, una vez más, se cebó en el equipo.
Lo peor que le puede pasar a un atleta es estar satisfecho con el resultado. Y a las selecciones nacionales de béisbol les ocurre con mucha frecuencia que entran por los ojos del contrario, se los sacan, y luego se regodean en eso. Es decir: se acomodan, y dejan de atacar.
Es como si se relajaran demasiado y ya les fuera suficiente con lo conseguido. Ganaba Cuba seis por cero, y en el rostro de los jugadores se notaba una tremenda complacencia, un aire reposado, un deseo de gritar "deber cumplido" y fin del cuento.
Es verdad que los tiempos (beisboleramente hablando) han cambiado bastante. Que ya no podemos, como antes, ir de parranda a los torneos y arrollar a cada contendiente como si fuera un simple, inofensivo castillito de arena. Pero vamos, que esta Venezuela a la que vencimos 10x6, no es superior a las novenas que Linares, Pacheco y compañía destrozaban literalmente en el terreno.
Empezamos como si el mundo fuera a venirse abajo -mejor dicho, como si fuéramos a echar abajo el mundo-, y resultó que entonces nos adormilamos. Eso ya es tradición en nuestro béisbol. Hábito tropical que alguna vez patentaremos. Vicio feo, como el pato de Andersen.
Hay trabajo que hacer. El pelotero cubano necesita recuperar las ambiciones, traducidas como ese instinto del que gana por ocho carreras e intenta -denodadamente, intenta- fabricar otras diez.
Ah, cómo extraño los buenos viejos tiempos en que desconocíamos la piedad sobre el diamante...