Impublicable obscenidad

Los Letrados

(...)Monologan como máquinas llenas de aceite. /

Lo manchan todo con su baba metafísica. /

Yo los quisiera ver en los mares del sur/ una noche de viento real,

con la cabeza/ vaciada en frío, oliendo/ la soledad del mundo,/

sin luna,/ sin explicación posible,/ fumando en el terror del desamparo.

G.R.

Se murió Gonzalo Rojas. ¡Qué tragedia! Ya casi no quedan poetas clásicos, ni de las vanguardias ni de sus sucesores. Tampoco buenos ejemplos, sujetos mundanos sobre la tierra. Se murió este lunes 25 de abril de 2011, a las seis y cuarto de la mañana, hora local de Santiago de Chile.

Había nacido en 1917. Casi un siglo de vida tenía el hombre. Más de lo que a cualquiera le estaría permitido. Aunque se sabe que la calidad literaria garantiza otras cosas, pero no la real permanencia, el tránsito escabroso hasta el aliento sublime y sincopado de la vejez.

Pavese, como Martí, se suicidó maravillosamente a los 42. Rimbaud dejó de escribir a los 21, y, al igual que Pushkin, expiró con 37. A Lorca lo asesinaron los franquistas cuando tenía 36, la misma edad de Lord Byron, víctima de la malaria en lugar tan exótico y fecha tan lejana como el Missolonghi de 1824. El inca Garcilaso falleció con poco más de 30, cifra que ya había cumplido Catulo, pero no Julián del Casal, ni mucho menos el atribulado Isidore Lucien Ducasse, o conde de Lautréamont, a quien solo le bastaron 24 años para legar los Cantos de Maldoror.

Por otra parte, Buesa y Vargas Vila rebasaron los 70. Isabel Allende ya va para 69, Paulo Coelho para 64, y Gertrude Stein -gran mecenas pero defectuosa poetisa- dio guerra hasta los 72. Sin embargo, yo creo que Gonzalo Rojas, con sus 93 años, era el poeta vivo más importante de Hispanoamérica. Esta, como cualquier sentencia, es totalmente falible, y no significa nada. Se trata de una simple e incompleta conjetura.

Lo que sí nadie podría rebatir es la intuición patentizada en la experiencia de que para enamorar mujeres no hay poemas como los del autor chileno; esos quiebres insólitos de versos, esa ruptura húmeda del ritmo, esas imágenes de vientre femenino y excitación magnífica; ese sexo del alma en tormentosa música, en sudoración profusa.

Hace unas pocas jornadas -escalofriante casualidad- retomé su antología. Viajó conmigo por varias provincias. Trepó en camiones sucios, recorrió carreteras polvorientas, durmió en portales bañados por una ligera escarcha y en suelos fríos y duros. Pero solo eso. Anduvo. Como otra prenda de vestir, como un mensaje para ningún lugar, como uno de esos bultos inservibles que la gente carga a lo largo del tiempo sin saber para qué; ignorando cuál será su intrínseca finalidad, mientras se espera que en algún momento, en medio de una terrible circunstancia, al menos sean capaces de salvarnos la vida.

No he leído nada de Gonzalo Rojas desde hace meses. Pero volví a encontrar su nombre el pasado domingo -ya avanzado el día-, en un irónico y a la misma vez trágico antipoema de Ángel Escobar, el cual versaba sobre la mala suerte de los forasteros, palabra esta última, por demás, bastante confusa, que no transmite, digamos, ni un ápice de confianza, y que más bien parece un puente desvencijado o el crujir de un sillón, pues todo el mundo, me temo, es forastero de algo y repatriado de nada, y en un sinuoso trayecto de tímida ilegalidad, negocia el sustento a través de exclusivas melancolías, de pérdidas fatales e inquebrantables alianzas.

Eso estuve pensando cuando supe de la muerte del hijo de Arauco, justo horas después de haberme despedido, con inusual parsimonia, de mis amigos del preuniversitario, las únicas personas sagradas que guarda mi memoria, los únicos seres que yo he elegido, he privilegiado y he puesto a dormir sobre las hojas, en las callejuelas otoñales de la nostalgia; y que por esa misma causa me parecen sublimes, tan dolorosamente inalcanzables.

Pero bien, no nos pongamos patéticos. Mis viejos amigos -estudiantes de diversas ingenierías- y el bardo sudamericano, guardan un punto en común. Son capaces de cualquier consuelo y no simulan nada. Apuestan como hay que apostar, a riesgo de todo, y sin mucho detenimiento, sin esos trascendentalismos que de antemano se saben sin salida, pero igual adolecen de circulares y penosas explicaciones. (Estridentes retablos. Falsos profetas.)

Uno de mis socios cibernéticos, un tipo que lee fervorosamente, que sabe de números, que practica deportes, que no habla casi nunca y que se fugaba en las becas para un no-cartografiado río provincial... un tipo, digo, demasiado parecido a lo que yo quisiera ser, fue el que me enseñó, como un clasificado documento, los primeros poemas de Gonzalo Rojas.

Era una tarde de calor abusivo y fastidiosa luz. Descendíamos, con bella inconsciencia, la legendaria escalinata de la Universidad de la Habana (quizás aparezcamos algún día, vestidos de buenos muchachos, en la portada de alguna revista estudiantil), dispuestos a adentrarnos en el tumulto de la ciudad, en el fragor diurno, no en una noche etérea como la que ahora me mastica.

Encima de mi cabeza se agita un cielo pálido, único, veladamente hermoso. Amenaza con llover, pero no pasará nada. Las lluvias de las madrugadas son demasiado silenciosas y limpias como para que alguien las pueda presenciar. Me refugio, por puro azar, en una casa de Santo Suárez. Una casa que posiblemente no visite nunca más, en un balcón que no entra dentro de la sucesión lógica de mis días, con el que no sostengo ningún trato ni ninguna reciprocidad amorosa, o, en el mejor de los casos, afectiva. Sin embargo, resulta agradable esta sensación de extrañeza, de desfiguración de la realidad, o bien, si se quiere, de entrañable lejanía.

La Habana no es más que una larga procesión de techos dormidos. Disparejas y muy visuales azoteas prolongadas hacia el neblinoso horizonte, en las cuales posiblemente se alberguen varios rufianes desvelados, rastreadores de ventanas entreabiertas, o el último y solitario suicida, o alguna joven pareja de recientes nupcias.

Saldré a la calle. Es lo más sensato. A buscar a una de esas mujeres que aconseja Baudelaire -los sabuesos de su estirpe nunca se equivocan. Ni honestas, ni literatas, ni actrices. Mujerzuelas de rímel corrido, de exagerada sensualidad, de muslos tersos y labios carnosos.

Quizás ni la encuentre, y me quede vagando bajo las escandalosas luces de la madrugada, solo, olvidado, pretendido por nadie, como otro forastero de bien lejos... pero si aparece, si en definitiva una elegante dama de ese tipo me espera con su engañoso rostro y sus tacones indiscretos al doblar de la esquina, la besaré largamente, la oleré despacio, desde el cuello hacia abajo, la apretaré bien duro contra mi cuerpo exiguo, le palparé los senos suavemente, con inocua ternura, y le diré al oído, en una especie de oración dominical, impublicables obscenidades. Sin declaraciones ni desahogos.

A fin de cuentas, su vida será más agitada que la mía, su amanecer más incierto (por tanto más decoroso), y sus problemas más acuciantes. A mí solo me inquieta una remota y ridícula sospecha. Ya no sé qué hacer, a qué dedicarme en el futuro, cómo asegurar una larga permanencia. Hasta los grandes poetas se mueren. Hasta Gonzalo Rojas. ¡Dios mío, qué tragedia!