Enigmas atómicos: otras bombas (II)

Por Jorge Gómez Barata

Según una afirmación reduccionista, Estados Unidos tiene el mejor de los talentos: la capacidad para hacer dinero con lo cual consigue los otros. En los años cuarenta del siglo XX Alemania no pudo desarrollar la bomba atómica, no porque le faltara talento sino porque carecía de todo lo demás.

La cuestión nuclear es una rama de la física en la cual, en los siglos XIX y XX, ningún país había avanzado más que Alemania. Cierto es que algunos de sus más brillantes científicos, entre ellos Albert Einstein, que no participó en la construcción de la bomba norteamericana, emigraron pero muchos otros no lo hicieron. Además, aun cuando los artistas y los científicos lo hagan, la cultura y el desarrollo no emigran.

En la época de marras, la bomba atómica sólo podía ser construida en los Estados Unidos, el único país distante 8 000 kilómetros de los teatros de operaciones de Europa y Asia, que podía ofrecer a científicos e ingenieros un retiro como el de Los Álamos, contaba con los laboratorios y las instalaciones industriales necesarias y disponía de dos billones de dólares (hoy serian 20 millardos) sin sacrificar nada y en un proyecto que podía no resultar.

LA BOMBA ALEMANA

El equivalente nazi del proyecto Manhattan fue el WUWA (Wunder Waffen) que en 1944, precisamente cuando la guerra estaba perdida y las ciudades y centros industriales de Alemania eran intensamente bombardeados, adquiría su mayor ritmo en los túneles excavados en las montañas de Turingia y en decena de otros lugares en los cuales se realizaban aproximadamente las mismas pruebas, cálculos y experimentos que sin temer a los bombardeos, los norteamericanos efectuaban en Nuevo México.

Mientras obreros semi esclavos extraían uranio para Hitler en Alemania y Checoslovaquia y fundían aleaciones en las plantas de Skoda en Praga, los bien pagados, alimentados y altamente motivados trabajadores  norteamericanos avanzaban hacía la obtención de los materiales necesario para la bomba atómica en la gigantesca planta de Oak Rige y en decenas de otras instalaciones industriales.

Los científicos e ingenieros, principalmente judíos que huían de Alemania y llegaban a Inglaterra y los Estados Unidos, hacían cundir la alarma acerca de los progresos de Hitler en el área nuclear. Los más enterados corroboraban los datos de la inteligencia aliada al mencionar a un equipo dirigido por Werner Heisemberg, cuyo nombre impresionaba.

Premio Nobel en 1932, Heisemberg había sido beneficiado con una beca de la fundación Rockefeller, colaborador de Niels Bohr, descubridor de las propiedades atómicas del uranio 235 e integrante del proyecto Manhattan, lideraba a una leva de científicos no menos renombrados que aquellos que acompañaban a Robert Oppenheimer.

Cuentan que en cierta ocasión al ser entrevistados por los servicios de inteligencia acerca de cuánto uranio poseían los nazis, unos científicos escapados de Alemania respondieron: "Miles de toneladas." Entonces los norteamericanos no habían llegado a enriquecer cincuenta kilos.

Además de los trabajos en el área atómica, eran conocidos los avances logrados por los alemanes en el diseño de aviones de gran radio de acción y sobre todo de cohetes por el ingeniero Werner von Braun cuyos misiles V2 en 1944 alcanzaban a Londres en menos de 10 minutos.

La combinación de bombas con cohetes balísticos de largo alcance, característica de la Guerra Fría y que es todavía un sueño de algunos países, pareció estar al alcance de los alemanes en 1944 y 1945. Heisemberg y Von Braun fueron capturados por comandos aliados unos días antes de la capitulación de Alemania, trasladados a Inglaterra y de allí a Estados Unidos.

Tan inquietante como la actividad del equipo de celebridades que trabajaban para resolver los problemas teóricos asociados con la bomba atómica y de los ingenieros encargados de diseñar un artefacto que fuera viable, eran las informaciones de inteligencia que daban cuenta de la frenética actividad del barón Manfred von Ardenne.

Von Ardenne fue un prolífico inventor  que avanzó más que nadie en su tiempo en los procedimientos y la creación de equipos para enriquecer el uranio hasta altas concentraciones del isotopo 235 en cantidades industriales; a quien, entre otros inventos se le atribuye el de los fusibles que hicieron posible crear el complejo mecanismo de implosión imprescindible para operar posible bombas atómicas de plutonio, de las cuales los norteamericanos fabricaron una que arrojaron sobre Nagasaki.

Todavía se afirma que los devastadores y en términos operativos injustificados bombardeos aliados sobre varias ciudades alemanas, se explican por el afán de destruir por medio de la saturación nichos donde en secreto se trabajaba en objetivos asociados al programa nuclear, que incluían los esfuerzos por crear los medios portadores apropiados.

Un ejemplo de lo anterior fue el prototipo de avión Heinkel He 177-A5, versión alemana del súper bombardero B 29 que atacó a Hiroshima y Nagasaki, capaz de volar a gran altura, cargar cinco toneladas de bomba y alcanzar una autonomía de 6 500 kilómetros. Con semejantes prestaciones, con un aterrizaje en algún aeródromo adelantado, el aparato ponía a Nueva York al alcance alemán, para no hablar de Moscú y otras ciudades soviéticas mucho más cercanas.

Como ha ocurrido en todas las guerras, los capítulos de la historia que restan meritos o glorias a los vencedores son silenciados o convenientemente retocados, cuando no ocultados definitivamente, cosa que tal vez explique que todavía en Estados Unidos y Rusia existan millones de documentos relacionados con la II Guerra Mundial y la ocupación de Alemania, que no han sido desclasificados y se permitan que se instalen como mitos no verificables.

Entre ellos figuran historias como la del submarino U234 que el 19 de mayo de 1945 fue llevado bajo escolta hasta el puerto norteamericano de Portsmounth y a bordo del cual se encontró uranio enriquecido para varias bombas y los fusibles del mecanismo iniciador de la bomba de plutonio cuya invención se atribuye a Von Ardenne.

Qué hacían tales equipos a bordo del mayor y más moderno submarino que, casualmente, se entrego a la armada norteamericana en el Atlántico como parte de la capitulación.

Concluida la guerra en Europa, Estados Unidos se apresuró a despachar a Alemania una misión dirigida por el físico Samuel Gouldsmit, que luego de localizar algunas instalaciones nucleares, interrogar a científicos vinculados a los proyectos atómicos alemanes, llegó a la apresurada y tajante conclusión de que: "El proyecto de la bomba atómica de Hitler fue un mito creado para llevar a millones de alemanes a una resistencia sin esperanza en una guerra suicida". El tema fue archivado y nunca más se habló del asunto.

Después de tantas "comisiones oficiales" que en Estados Unidos y en todas partes han establecido dudosas verdades, la gente tiene derecho a dudar, sobre todo cuando, la caza de científicos y el aporte alemán al desarrollo atómico y a la cohetería de Estados Unidos y la Unión Soviética fue una de los pocos asuntos en los que ambas potencias coincidieron.

Las rivalidades entre soviéticos y norteamericanos, el hecho de que ambos hayan penetrado casi simultáneamente en Alemania y ocupado su territorio, apresando tanto a líderes nazis, directivos empresariales y científicos, como ocupando fabricas, laboratorios, armamentos, planos y equipos y el hecho de que ambos utilizaran en su beneficio los conocimientos arrancados a los alemanes, ha impedido conocer lo que cada una de las partes encontró y de qué se apropió.

Ningún ejemplo mejor que el de Von Braun devenido artífice del programa espacial norteamericano y sus equivalentes menos promocionados en la Unión Soviética.

Son enigmas atómicos y perlas de la Guerra Fría. Hay muchas más, luego les cuento.