Concierto en La Habana

Publicado en Quinto Día, Venezuela

Desde la llegada de Cristóbal Colón con sus tres carabelas a nuestros tiempos, la historia de América Latina no registra una concentración tan grande como la que acaba de realizarse en La Habana.  Podemos recorrer las páginas de la historia de nuestro continente, buscando una demostración semejante de fuerza popular y, tras las pesquisas más tenaces y las exploraciones más sagaces no queda otra alternativa, La Habana ha contemplado el acto público más extraordinario, por el volumen de la concurrencia, de que se tenga noticia en este hemisferio.  Acuda el lector precavido a los eruditos más calificados y veraces, zambúllase en ese océano que son los archivos nacionales y verán que deberán renunciar a esa tarea, vencidos por el cansancio, pues no ha habido manifestación más caudalosa que la del domingo 20 de septiembre de 2009.
Un millón ciento cincuenta mil personas participaron ese día a tan gigantesca demostración de masas a la cual tributamos nuestro reconocimiento y nuestra solidaridad.  El calor habanero, bajo un inclemente sol que imperó a lo largo del acto, no hizo desertar a ninguna persona de las que convergieron a la Plaza de la Revolución, dejando boquiabiertos a los propios promotores del evento.  ¿Cuándo se han reunido en algún país de nuestra América, volúmenes de masas de ese calibre sin que el sol, las incomodidades y otras circunstancias hayan mellado el entusiasmo participativo y la identificación popular anímica entre los asistentes y los promotores?  Lo más aproximado, en cuanto a convocatoria en América Latina, fueron aquellos mítines en la Plaza de Mayo de Buenos Aires que solía congregar Evita Perón para complacerse y envanecerse del mar de “cabecitas negras” allí reunidas. La concentración habanera fue bastante más grande y no hay, insistimos, en los ámbitos de este continente ninguna otra que pueda comparársele.
Ahora vayamos a los juicios políticos.  El concierto de ese día fue un plebiscito, quiéranlo o no, sobre el régimen revolucionario de Cuba.  Concurrir a tal acto, hacerse presente allí era un voto de simpatía, de identificación o aquiescencia con el gobierno revolucionario, con sus figuras más destacadas y con la obra de redención  social que desde 1959 ha caracterizado al orden revolucionario.  El millón ciento cincuenta mil personas que se volcaron a la Plaza de la Revolución estaba expresando allí una voluntad política.  La Plaza de la Revolución de La Habana repleta de esquina a esquina, era el esplendoroso y decidido veredicto de la historia. La prensa continental, ligada, al fin y al cabo, en cada país a intereses dominantes, disimuló desde el primer momento el relevante triunfo de la concentración cubana de ese domingo, cuando la Plaza de la Revolución aparecía repleta de cabezas negras bajo el sol del Caribe.  Los noticieros de la televisión sugerían que aquel acto no era político, pero ¿cómo no iba a ser político un acto convocado por el cantante colombiano Juanes, para orar por la paz?  La personalidad del artista patrocinador, el país escogido y las personalidades que lo acompañaron desde el primer momento otorgaban al evento una naturaleza de inequívoca singularidad política.
El gobierno cubano permitió desde el primer momento el acontecimiento proyectado.  En el consejo ad hoc que hubo de formarse desde meses atrás para adelantar los preparativos del acto, figuraba el cantante cubano Silvio Rodríguez, amigo personal de Fidel Castro e identificado con la Revolución desde siempre.  Estos aspectos, enumerados ex profeso, acreditan o destacan la naturaleza política del mitin.  No hay duda, la concentración habanera fue un plebiscito, muy a la romana, acerca del régimen cubano.  Obtener el éxito que estamos narrando a medio siglo de la llegada a la capital cubana de los barbudos vencedores de la Sierra Maestra, es, para mí, el certificado de suficiencia que la Revolución podría mostrar con más legítimo orgullo hoy.
Hay un aspecto muy específico que no puede ignorarse en esta especie de balance del acto de La Habana.  Los últimos veinte años, desde 1989, han sido duros, casi sañudos para la Revolución Cubana.  El colapso del socialismo en la Europa Oriental, las frecuentes crisis económicas en el sistema capitalista internacional, los regímenes muchas veces reaccionarios que ha soportado América Latina desde 1990 y “last but not least”, algunos descuidos y fallas de la propia revolución, crearon una situación de crisis interna dentro de Cuba.  El gobierno revolucionario se vio obligado a replegarse sobre la isla para afrontar las crisis derivadas del marco internacional y de las flaquezas internas.  Dejó de exportarse la revolución que era el motivo de los roces más graves entre Cuba y el sistema capitalista mundial.
Pero aún en condiciones de crisis extrema, la Cuba revolucionaria dio una lección.  No fue suspendida ninguna prerrogativa popular, no se canceló una sola de la larga lista o del extenso catálogo de las conquistas materiales alcanzadas por las masas desde 1959.  Hay en Cuba hoy, es cierto, dificultades y estrecheces que el primero en reconocer es el propio gobierno revolucionario.  Pero más allá de eso, que ya es insigne, las dificultades se reparten en Cuba de manera equitativa, repartiéndolas entre todos.  A la hora del sufrimiento y las restricciones, ellos se aplican a todos, en estricta equidad.  Es por ello que Cuba es el único país de América Latina donde, sin autobuses, una concentración reúne un millón ciento cincuenta mil personas en la Plaza más emblemática de su capital.