La Caravana de la Libertad 2009 reafirmó, de paso, que existe una sólida garantía de continuidad del proyecto socialista con la participación de cientos de jóvenes dirigentes revolucionarios que dieron muestras de que no faltan en el terreno de la conducción política cuadros vigorosos y capaces, muchachas y muchachos que ya son mucho más que una reserva.
En esta ocasión, la Caravana fue recibida en la Capital por el presidente Raúl Castro, símbolo de la continuidad de la Revolución cubana, en presencia del presidente del Ecuador, Rafael Correa, imagen de un momento histórico diametralmente distinto al que vivía América Latina hace medio siglo. Próxima ya la toma de posesión del recién electo presidente Barak Obama en los Estados Unidos, el hecho cobró inusitada actualidad en discursos y conversaciones.
La nueva América Latina que ya late y la repudiada hegemonía imperial estadounidense que parece batirse en retirada por la voluntad popular de una nación aislada moralmente del resto de la humanidad en su trono de poder y riquezas, definen el escenario del presente.
He visto a los cubanos aplaudir sin resentimiento ni reservas la hazaña del pueblo estadounidense por haberse pronunciado rotundamente por el cambio, no obstante la obstinada manipulación mediática de los monopolios en que se vive en aquel país.
Pero, por su triste experiencia de medio siglo, enfrentados a más de una decena de presidentes de esa nación, los cubanos observan con escepticismo la posibilidad de que el mandatario electo pueda cumplir sus promesas cuando colisione, como parece inevitable, con los mezquinos intereses de la élite del poder en aquella nación, si de veras pretende hacerlo.