Martes, 17 de abril de 2007
Traducido por: Milay Cabrales y revisado por Michel Rodríguez, del Equipo de Traductores de Rebelión y Cubadebate.
El tema de hoy es la credibilidad, específicamente la de las declaraciones realizadas por ciertos funcionarios de alto rango del actual gobierno de Bush, un ex funcionario de dicho gobierno y otro que quizás muy pronto deje de ser parte del mismo. El objetivo es contestar una pregunta muy sencilla: ¿Deberíamos creerle a estos tres seguidores incondicionales de Bush si nos dicen que la lluvia cae hacia arriba en lugar de hacia abajo, o deberíamos mirar por la ventana para comprobarlo?
El funcionario del actual gobierno de Bush es la figura política Karl Rove, considerado por mucho tiempo, tanto por amigos como por enemigos, como una clase de cerebro, que parece haberlo pasado pésimamente tratando de entender esta moderna tecnología de los correos electrónicos.
Parece que él creyó que lo tenía todo resuelto. La investigación que llevó a cabo el Congreso sobre el despido de ocho fiscales federales reveló que Rove y otros funcionarios políticos de la Casa Blanca se ocuparon de numerosos asuntos utilizando direcciones privadas de correo electrónico --y computadoras portátiles-- que suministró el Comité Nacional Republicano.
Supuestamente de esta forma se evitaba utilizar equipamiento del gobierno para ocuparse de las actividades políticas del partido. Sin embargo, ahora la Casa Blanca reconoce que posiblemente se haya utilizado este sistema paralelo en asuntos oficiales.
La ley estipula que hay que conservar las comunicaciones oficiales de la Casa Blanca. No obstante, el gobierno afirma que muchos de los correos electrónicos del Comité Nacional Republicano de alguna manera se perdieron -así como que millones de correos electrónicos parecen haber desaparecido del sistema oficial de la Casa Blanca, a pesar de que debieron haber quedado grabados en cintas de seguridad.
Se supone que creamos que Karl Rove no se toma el trabajo de mantener registros de su correspondencia electrónica
Pasemos a otro ex funcionario: el presidente del Banco Mundial Paul Wolfowitz, quien fuera subsecretario de Defensa hasta el 2005 y artífice principal de la desastrosa guerra de Iraq. No es que a Wolfowitz le quede mucha credibilidad, después de predecir antes del comienzo de la guerra que los iraquíes iban a recibir a las tropas estadounidenses como "libertadores" y que el costo de la guerra sería a sufragado más que nada por las ganancias obtenidas del petróleo de esta nación.
Ahora nos enteramos de que al asumir la presidencia del Banco Mundial, Wolfowitz dictó personalmente los términos de un acuerdo en virtud del cual su novia, Shaha Riza, empleada del Banco Mundial de larga data, sería asignada de temporalmente al Departamento de Estado y recibiría generosos aumentos de salario. Para finales del mandato de cinco años de presidencia de Wolfowitz, Riza habría estado ganando un sueldo de 244.960 dólares al año. Este es un salario considerablemente más elevado que el de su jefe por plantilla, la secretaria de Estado Condoleezza Rice, y Rice tiene que pagar impuestos mientras que Riza y otros empleados del Banco no.
Irónicamente, Wolfowitz la ha emprendido contra la corrupción como el flagelo de muchos países en desarrollo, condicionando la ayuda del Banco Mundial a la transparencia y la responsabilidad. No obstante, al principio Wolfowitz dio la impresión de no querer implicarse en el negocio de Riza cuando en realidad se encontraba en medio del mismo.
Se supone que pensemos que si un funcionario cualquiera del banco central --digamos de Nigeria-- gestiona un empleo jugoso para su novia estaría incurriendo en corrupción, pero si se trata de Wolfowitz sería perfectamente legítimo.
Por último, hablemos de quien posiblemente sea pronto un ex- funcionario del gobierno, el fiscal general Alberto Gonzalez, quien está seguro de que no hubo nada inadecuado en relación con el despido de los fiscales federales pero que está muy confundido sobre qué papel pudo haber desempeñado o no en todo el asunto o lo que sea.
El centro de toda la cuestión gira en torno a si los ocho fiscales fueron despedidos por razones políticas más que por cuestiones relacionadas con la justicia. Gonzalez sostiene que la política no tuvo nada que ver con los despidos. Pero si vamos a fiarnos de su versión de los acontecimientos, Gonzalez no parece saber en realidad por qué los fiscales fueron cesanteados.
Inicialmente afirmó no tener nada que ver con todo el asunto. Luego reconoció que sí, después de conocerse acerca de su participación en una reunión sobre los despidos que tuvo lugar en su propia oficina. Ahora afirma que sí fue puesto al corriente de la situación y que sí aprobó las "recomendaciones finales" de sus asesores para despedir a los fiscales. Pero en su mente, de alguna forma, esto no llega a constituir participación material.
Gonzalez publicó un artículo editorial el sábado en The Post en el cual figuraba su imponente afirmación definitiva: El fiscal general de Estados Unidos asevera que "a mi entender, no tomé una decisión acerca de a quién se le debía solicitar su renuncia y a quién no".
¿A su entender? ¿Qué diantres significa eso? ¿Acaso Gonzalez tiene la costumbre de tomar decisiones sin tener en cuenta su propio conocimiento? ¿Será que tiene problemas de personalidad múltiple?
Rove, Wolfowitz y Gonzales se aferran al razonamiento desesperado de un esposo infiel atrapado in fraganti: ¿A quien le vas a creer: a mí o a tus ojos embusteros?