En los años de la República cubana instaurada el 20 de mayo del 1902, como graciosa concesión americana que estábamos obligados a agradecer en los besamanos de cada año, era habitual ver por las calles la figura de escuálidos artistas, con sus instrumentos musicales a cuesta, cazando la oportunidad de interpretar una o dos canciones, con tal de recoger algunas monedas.
Muchos de los grandes músicos cubanos, desde Manuel Corona hasta Benny Moré, se formaron en este trotar por bares, cantinas, autobuses, esquinas y fiestas, incluyendo prostíbulos y antros de todo tipo. La burguesía cubana, entonces en el poder, no sólo expolió la riqueza nacional, en feliz maridaje con el amo del Norte, sino que fue incapaz de entender que el talento natural del pueblo requería de escuelas y conservatorios que lo educasen, abriendo nuevas oportunidades a la creación.
"Coopere con el artista cubano", era el lema recurrente que se escuchaba en boca de estos parias, a la hora de pasar el cepillo entre el público que, por curiosidad, deleite o pura lástima se detenía a verlos actuar, grito de callado reproche, de protesta contra un sistema que los obligaba a la humillación para poder sobrevivir.
Los tiempos han cambiado, no sólo porque la Revolución cubana creó, desde sus inicios, oportunidades dignas de trabajo para aquellos hombres y mujeres, subsidiando, incluso, ciertas expresiones musicales que no son comerciales, pero forman parte del patrimonio cultural del país, sino porque la red de escuelas de arte y conservatorios presentes en toda la geografía nacional permite un renuevo constante del caudal creador de los cubanos.
Pero el cepillo ha vuelto a entronizarse entre nosotros, y no precisamente porque la propina siga vigente en sitios turísticos donde actúan los músicos cubanos. A fin de cuentas, son millones los ciudadanos del país que viven sin recibir propinas, y esta no es denigrante si expresa el reconocimiento o la satisfacción del público ante una actuación. La infame institución del cepillo ha vuelto, esta vez, ¿quién lo diría?, del brazo de la clase desplazada del poder por la Revolución, más exactamente, de sus valets y domésticas, de la "servidumbre", como dirían en sus días de gloria.
La Ley del Cepillo es uno de los aportes más indelebles que dejará la contrarrevolución cubana a la historia política mundial, y cuando tales aportes se estudien se le pondrá al lado de otro, no menos especial: la capacidad de lucrar, de enriquecerse sin medida, a partir de su cacareada y jamás demostrada disposición al sacrificio "patriótico". No ha existido antes, y dudo que exista después, un autoproclamado "exilio político" como el cubano, con tantos millonarios, con una fauna tan variopinta de bon vivants envueltos ostentosamente en la bandera, lo que contrasta con lo sufrimientos y sacrificios de tantos exilios verdaderos, especialmente, con aquel de José Martí.
Los cubanos solemos decir que somos un pueblo con gran agilidad mental y rápido aprendizaje, capaz de meternos en un bolsillo a los demás con nuestra simpatía, y de absorber las novedades, reciclándolas e incorporándolas a nuestra vida cotidiana, como pocos pueblos del mundo podrían hacer. Esto es cierto, sin dudas, lo cual explicaría, por ejemplo, lo temprano que fueron adoptados en nuestro suelo los avances tecnológicos, desde la máquina de vapor hasta el ferrocarril, pasando por el teléfono y la televisión. Pero la forma en que el exilio cubano le ha cogido "la vuelta" a sus empleadores, elevando la humilde institución del cepillo a la altura de una industria moderna y eficaz, es digna de ulteriores estudios académicos.
No hay acción, campaña, declaración, o simple idea formulada por los prohombres de la contrarrevolución cubana que no sea antes medida, pesada y tasada, ubicándola dentro de una lógica de costo-beneficio. Por elevado que se intente hacer parecer cualquiera de sus planes, o por desinteresados que se nos quiera presentar, el fin que todos ellos persiguen (la restauración capitalista en Cuba, la reinstauración de la explotación del hombre por el hombre, base de la plusvalía, y en consecuencia, del enriquecimiento de unos a costa de los demás) lo desmiente. Pero si no fuese así, bastaría observar la manera en que pasan la factura al gobierno norteamericano por sus acciones, y la forma en que este, con el mismo júbilo decadente con que un anciano crápula se deja desvalijar por jóvenes amantes, financia estas "debilidades humanas". Por supuesto, con el dinero de los contribuyentes.
En medio millón de dólares tasaron unos criollos ingeniosos de Miami la edición de bolsillo, especialmente diseñada para que los cubanos burlasen a los agentes de la Seguridad del Estados, del libro providencial que de circular en la isla acabaría con el socialismo, en un abrir y cerrar de ojos: "1984", de George Orwell. Poco importaba el detalle, en si mismo irrelevante, de que el libro puede ser hallado en bibliotecas cubanas. Tampoco que, aunque fue impreso con el declarado objetivo de introducirlo masivamente en Cuba, estos ejemplares no han sido vistos en el país. Mucho menos que en la Historia de la Humanidad ningún libro, por su sola circulación, ha derrocado ningún gobierno. En rigor, lo que estos patriotas verticales querían fue logrado: pagar las cuentas del Grand Chirokee del año, o las vacaciones en Bahamas, a todo tren.
La Ley del Cepillo es la ley rectora de preside las relaciones
entre la contrarrevolución cubana y sus empleadores, los funcionarios, cubiertos, encubiertos, o descubiertos del gobierno de los Estados Unidos, el Alfa y el Omega de todos sus proyectos. Sólo ingentes cantidades de dinero, fuera de todo control social o contable, por elemental que estos fuesen, ha podido mantener con vida una línea política moribunda y repudiada por la mayoría del pueblo que dice representar. Y si alguna duda al respecto haya podido aparecer, las últimas declaraciones de la filial de los fariseos del patio la despeja: en la misma tradición de sus mayores, los llamados "disidentes" que se aprestan a celebrar una "cumbre", acaban de proclamar a los cuatro vientos, sobre todo a los vientos que puedan llevar sus jeremiadas hasta el Norte, que
"la falta de fondos puede ponerla en peligro", lo cual puede traducirse como "sin pago adecuado, no hay circo."
El presupuesto tentativo que los organizadores del "evento" han declarado al "Miami Herald" asciende a $130 000 USD, cerca de 3.25 millones de pesos, al cambio actual, para garantizar "dos días de reuniones". Lo primero que han hecho, como si fuesen a engañara a alguien con ello, es "enviar" la factura de su sacrificio a "las organizaciones del exilio". Todo el mundo sabe que dichas organizaciones son generosamente amamantadas con dinero federal, y si algún vestigio de pudor quedaba para ocultarlo, se ha perdido, para siempre, tras la publicación del plan para la transición en Cuba, conocido como "Plan Bush"o "Plan Powell". En él, sólo para pagar el bluff de las llamadas "bibliotecas independientes", engendro repudiado por todas las organizaciones profesionales del mundo, tal y como reza en la declaración de IFLA-Boston del 2001, se destinan dos millones de dólares.
"Estamos en el espíritu de no hacer preguntas, sino de cooperar con ellos en todo lo que podamos"-pone el periodista del "Herald" en boca de un alto cargo de la Fundación Nacional Cubano-Americana, lo cual, a su vez, puede traducirse como "Hemos recibido la orden de no tocar ni un centavo de lo que nos entreguen las agencias de inteligencia del gobierno para esta acción subversiva en Cuba. Contra la costumbre, no tocaremos ni con el pétalo de una flor lo que se deposite en el cepillo para estos "patriotas" Ya habrá oportunidad de resarcirse por este sacrificio. Todo por la santa causa."
Se hace difícil de creer a personas que declaran, una y otra vez, su independencia de todo financiamiento estatal norteamericano en sus acciones contra la Revolución, cuando viven opulentamente sin trabajar, pasando el cepillo con infatigable constancia, y Bush declara, sin pudor, que ha decidido entregarles 29 millones adicionales.
Es un negocio redondo entre salteadores de camino, presidido por la ética del atraco. Es la apoteosis abyecta, el carnaval apostata, a tanto por genuflexión, donde mejor se paga el gesto, cuanto más invertebrado resulte.
Aquellos artistas ambulantes que pasaban por necesidad el cepillo, en la República burguesa, eran cubanos dignos, y nos legaron canciones inolvidables. Los pedigüeños de hoy, que lo pasan por ambición, si pudieran, subastarían a la nación completa.
Solo nos legarán la vergüenza de saber que nacieron, accidentalmente, sobre este suelo.