Gladys

Era toda fuerza, vigor, entrega. Irradiaba esa energía dondequiera que estuviese, en una manifestación en las calles de Santiago, en un discurso público, en un provechoso intercambio de ideas.

Su vida fue todo una leyenda, porque nunca se doblegó. Ni siquiera ante una enfermedad terrible. No pudo con ella el golpe traicionero que se llevó a su amigo Salvador Allende, ni la represión pinochetista que le dejó sin su compañero de lucha y de alma, ni la persecución constante en la época de la dictadura, ni los ataques furibundos de la derecha fascista, ni los porrazos y los chorros de agua recibidos en las protestas. Hasta sus adversarios le tenían que guardar respeto.

Cuando otros atacaron a Cuba para ganarse la lisonja del amo e intentar limpiar su "pecaminoso" pasado, o debían justificar con una que otra crítica altisonante su apoyo a la isla, ella se mantuvo firme en la solidaridad con nuestro pueblo y en su amistad con Fidel.

La admiré siempre, por revolucionaria y mujer. Vi en ella el sacrificio y la devoción a una justa causa. Por eso me sentí empequeñecido ante su estatura el día en compartió con nosotros una mesa redonda -¡cómo olvidar su verbo valiente y claro!- y me enorgulleció tanto sentarme a su lado el último 26 de julio en Santa Clara, donde hablamos de futuro a pesar de su duro presente de batalla altiva contra el maligno cáncer.

Al despertar ayer con la noticia de su ausencia física sentí que se iba una más de nosotros. Su nombre está ligado indisolublemente al de nuestra Patria y sus mujeres gloriosas. Mañana, cuando el pueblo chileno le rinda su último tributo, allí estará también, grande y dolido, el corazón de Cuba.

Gladys Marín es de los imprescindibles de que habló Bertold Brecht, porque luchó toda la vida. Su ejemplo perdurará en Chile, en Cuba y en esta América Nuestra que vive tiempos nuevos.