Toma de posesión de Tabaré Vázquez ¡Oh dios como se les estraña!

Como ave Fénix, la izquierda latinoamericana, con nuevos formatos, liderazgos renovados y diferentes grados de radicalismo, resurge de entre   cenizas propias y ajenas.

El precio pagado por la sostenida represión de las dictaduras en los años 70 y 80, la debacle del socialismo real en los 90, la guerra sucia en Centroamérica, la ofensiva neoconservadora y la imposición del neoliberalismo, abruma por su enormidad.

La larga noche de la represión, las torturas, los asesinatos, las desapariciones y el exilio, fueron para el movimiento popular latinoamericano lo que la inquisición fue a la ilustración: una poda despiadada de las ramas nuevas y una esterilización de las semillas.

Al suprimir los espacios conquistados por la izquierda en los medios de comunicación, anular el debate académico, discriminar el arte comprometido, silenciar a la juventud contestataria, encarcelar, desaparecer y asesinar a los ponentes de las ideas avanzadas, las dictaduras troncharon la cadena por medio de la cual el pensamiento crítico se reproduce y se afirma.

La sistemática persecución y eliminación física de los activistas revolucionarios, los esfuerzos por neutralizarlos, integrándolos al sistema mediante tentadoras ofertas profesionales, cargos políticos e incluso por el soborno directo, dejó grandes claros en las filas de la izquierda.

Donde antes estuvieron los viejos y aguerridos cuadros de los partidos   comunistas, los curtidos líderes sindicales, los bravos jefes de las columnas guerrilleras, los valientes periodistas y editores que reproducían por miles las denuncias, los profesores que enseñaban a sus alumnos a ser honestos y los ocultaban de la persecución en los predios universitarios, los lideres estudiantiles de todos los colores y los sacerdotes comprometidos, hubo después un enorme vacio.

Tampoco hace falta minimizar los efectos negativos del debate en torno a la lucha armada en los 60, la división introducida por el conflicto chino-soviético, las confusiones teóricas e incluso las disensiones motivadas por la implantación del eurocomunismo, a lo que habría que añadir sus propias debilidades. Aquellos procesos también contribuyeron a la desunión y la dispersión, generaron inconformidades y causaron costosas deserciones.

A la larga, la tendencia hacia lo progresivo, que caracteriza a los procesos históricos cuando se les aprecia en largos períodos de tiempo, ha comenzado a imponer su veredicto y otra vez hay en América Latina motivos para el optimismo y convocatorias a nuevos empeños.

Seguramente en los actos oficiales relacionados con la toma de posesión de Tabaré Vázquez, el primer presidente de izquierda  en Uruguay en 180 años, no se mencionará a los grandes ausentes, no sólo porque la diplomacia tiene reglas y la discreción es una cualidad de los políticos inteligentes, sino porque muchos, en actitud vergonzante condenan a los represores, sin mencionar a sus víctimas, que no obstante rondarán los escenarios, cuando menos, como referencia.

No importa que de haber sobrevivido a la ira reaccionaria y ahora peinaran canas, hubiera que polemizar con algunos de ellos. No se les reprocharía por haber sido prosoviéticos o maoístas, castristas o guevaristas,  admiradores de Trotski o de Bakunin, incluso stalinistas.

No provocaría ningún escándalo la presencia de tupamaros, montoneros, sandinistas, socialista, miristas, integrantes de la "J"; ni se tendrían en cuenta que hubieran algunos de uniforme como Torrijos, Velasco Alvarado, Caamaño o Liber Seregni.

Habrá en suma un homenaje silente y aunque sea fugazmente, muchos militantes de renombre serán recordados.

También es probable que algunos de los que no se conforman pregunten:

¡Y los otros!

¡¿Dónde están los otros?!

Faltan los que engrosan las listas de desaparecidos y viven únicamente  en la memoria de las abuelas que buscan a las crías secuestradas para continuar el linaje. Faltan aquellos que oculta la desvergüenza de los que prefieren el olvido a la justicia; los que yacen en el fondo de los océanos y en los páramos, bajo la losa de los cuarteles y en los archivos secuestrados.

Faltan los desaparecidos. Apenas cubiertos por la infamia de las leyes de punto final y por las consignas que reivindicaron la obediencia debida.

Ahora, cuando en contextos y escenarios nuevos, con discursos y programas diferentes, la izquierda latinoamericana vuelve a cabalgar, no a lomos de cansados jamelgos, sino en andas de los pueblos que no persiguen dudosas utopías ni luchan para confirmar discutibles doctrinas, sino que apuestan por la derrota del neoliberalismo y por la realización de sus legítimos intereses nacionales

La reacción y la intromisión imperial que privó a los procesos de hoy de las mentes lúcidas, los hombros fuertes y la sensibilidad de decenas de miles de magníficos combatientes y trabajadores políticos a los que ahora se les echa de menos, es siempre una amenaza.

Cuando en los festejos por el triunfo del Frente Amplio y la asunción de Tabaré se cante una tonada, alguien recordará a Víctor Jara y durante la misa Camilo Torres será evocado. Seguramente se comentará que a Salvador Allende, Omar Torrijos y al Che Guevara les hubiera gustado estar allí.

Los que un día fuimos fascinados por la consigna de: "Prohibir lo prohibido", debiéramos ahora desterrar el  pesimismo y sumarnos a la idea de que: "Un mundo mejor es posible".

Sólo hay un problema: hay que conquistarlo. Algunos ya lo intentan.