Las imágenes de la televisión nos aprietan el pecho: ríos implacables que arrastran las frágiles cabañas sobre pilotes, las endebles canoas, los árboles y los cuerpos ocasionales de hombres, mujeres y niños que no se salvaron del maremoto. La tormenta se ha tragado el paisaje circundante y los sobrevivientes, desde Tailandia hasta Somalia, son almas en pena que lloran a sus hijos muertos o nos contemplan aterrados y semidesnudos, contagiándonos su tristeza e implorando una ayuda que no le podemos alcanzar a través de la pantalla.
Los tsunamis son inevitables y la tragedia humana, también. Pero la magnitud del sufrimiento pudiera haberse evitado. Ciento cincuenta y cinco mil muertos es un holocausto y cualquier persona decente no eludiría la pregunta que los reportes de prensa no se hacen: ¿quiénes son los verdaderos responsables, las olas gigantes o los gobiernos que no protegieron a sus pueblos?
Durante dos horas y media las olas avanzaron en columnas por el Océano Índico, pero nadie fue alertado. En las costas, la marea se replegó repentinamente, y los niños se lanzaron a la orilla a recoger los caracoles y los pececillos coleantes que milagrosamente habían quedado fuera del agua, sin advertir el peligro inminente que los acechaba. Desconocían que la súbita retirada del mar significaba que regresaría para golpearlos con furia.
No había plan de educación, ni de advertencia, ni de evacuación. El diario India Express, afirma que "el Gobierno de la India conoció que su base militar de Nicobar quedó bajo las aguas una hora antes de que las olas devastaran la costa, pero el Departamento de Meteorología envió el primer fax de advertencia dos horas y media más tarde a la casa del ex ministro de Ciencia y Tecnología, en vez de a la casa de su sucesor. El primer fax de alerta al Ministerio del Interior llegó después del maremoto".
Ahora se sabe que un sistema formal de aviso para todo el Océano Índico no costaría tanto dinero; se comenta tímidamente que con este y una oportuna información se habrían preservado decenas de miles de vidas; se afirma categóricamente que a partir de ahora se tomarán las medidas pertinentes y para asegurar que así sea han desembarcado en esos predios dos príncipes salvadores: Colin Powell y Jeb Bush, virrey de la Florida y hermano del emperador.
Lo que no se dice ni por casualidad es que allí donde la "democracia" significa que las fuerzas mercantiles organizan la sociedad, los gobiernos le fallan a los pobres. Les fallan a los niños, a los enfermos, a los más débiles y a los más necesitados en los momentos críticos. Les fallan a todos esos que nos miran desde el horror y que se pelean desesperados frente a las cámaras por la comida que llega en los helicópteros. Después de haber vivido la experiencia del huracán Iván con vientos asesinos y ni un solo muerto, todo ese triste espectáculo nos hace maldecir este mundo aberrado y loco que al despreciar la verdad, ultraja a los muertos y a los vivos que ahora sufren.