Palabras a la muerte de Arafat
En su larga lucha de medio siglo contra el ocupante sionista, al pueblo palestino se le ha despojado sistemáticamente de la tierra, del agua, de la vida y al mismo tiempo, se han atacado sin piedad y sin límites todos sus símbolos. Yasser Arafat, el más emblemático de todos, es también objeto del despojo total que se pretende.
Primero fueron las mentiras cuando no los silencios. Ahora es el cinismo cómplice, envuelto en palabras oscuras. Cuando Palestina se apresta a sepultar a su líder, no donde fue su última voluntad descansar sino donde sus adversarios decidieron, emerge la maldad, envuelta en las palabras de algunos -no pudo llamarles líderes mundiales- gobernantes que un día se dijeron garantes del diálogo que ellos mismos hacían imposible.
Fuera de Israel, las declaraciones más oscuras que haya hecho un gobernante a la muerte del fundador de Al Fatah y de la ANP pertenecen, por supuesto, a George W. Bush, quien ha dicho que este es "un momento muy significativo" en la historia de los palestinos. Si estas palabras se unen a su "esperamos que el futuro traiga paz y la realización de las aspiraciones de una Palestina democrática, independiente y en paz con sus vecinos", solo podemos concluir lo que ya sabíamos: Bush no comparte el luto del mundo árabe ni la solidaria tristeza de las personas decentes del resto del planeta por el deceso de un Premio Nobel de la Paz que enorgullece a todos los que luchan.
Pero, más allá del sensible momento en que se producen, no sorprenden estas declaraciones. Recordemos que bajo el auspicio de los mismos Estados Unidos que financian el genocidio israelí contra Palestina -con un aporte anual de más de 3 mil millones de dólares- , se inundó al mundo con mentiras sobre falsos planes de paz y hojas de rutas inciertas, desconociendo todos los puntos de vista de la parte palestina.
Tampoco parece novedosa la coincidencia de Bush y Sharon en la interpretación del hecho que hoy conmueve a tanta gente. El carnicero de Sabra y Shatila se expresó en los mismos términos que su padrino de Washington: aunque no mencionó a Arafat dijo que ahora el Medio Oriente está en "una encrucijada histórica" y coincidió con su ex-colega Ehud Barak en que "esta es una oportunidad para que los palestinos asuman su destino".
No olvidemos que este mismo Bush, ahora reelecto para vergüenza de Norteamérica, ya respaldó a su íntimo Ariel Sharon, en la ilegal política sionista de asesinatos selectivos y que ambos demandaron juntos la renuncia de Arafat como condición para un diálogo que Israel y Estados Unidos decidieron seguir de forma unilateral, ignorando olímpicamente a la parte más afectada. En mi modesta opinión, solo las reglas básicas de sus cargos políticos inhiben ahora a Bush y a Sharon de aceptar que esta era una muerte que esperaron, desearon y -quién sabe hasta dónde- precipitaron.
Junto a ellos, otros leales perros de la guerra como el premier australiano John Howard o el británico Anthony Blair, se han apresurado a sembrar la confusión. El primero afirmó que "el rechazo de un acuerdo con Israel en 2000 fue un error por el que la historia juzgará duramente a Arafat". El segundo, como un eco de su líder norteamericano afirmó que "a partir de ahora la paz del Medio Oriente debe tener la máxima prioridad".
Es parte de la campaña que siempre ha ido de la mano del genocidio -israelí o norteamericano, da lo mismo- en el Medio Oriente, desde hace más de 50 años. Solo que ahora resulta más abominable aun. Desde la pasada semana Israel desató el supercontrol y la represión en los territorios ocupados, en nombre de que se produciría una rebelión palestina a la muerte de Arafat. Lo cierto es que todas las muertes de estos días -incluyendo la de un adolescente de 14 años- la propiciaron los militares sionistas que, como sus pares invasores de Iraq, responden a los rebeldes armados de viejos fusiles, con morteros o misiles.
Paralelamente, los grandes medios occidentales acompañaban todos sus reportes sobre la evolución de Arafat con notas especulativas sobre supuestas luchas al interior de la causa palestina y contra la figura del líder y su familia. No basta su muerte física. Ellos quieren también su muerte política, su muerte ética, su desaparición como símbolo de la causa que abrazó hasta el último suspiro.
Todos los pueblos que han luchado sin rendirse contra un adversario de superioridad material aplastante, saben que una parte significativa de la guerra que enfrentan es el ataque moral a sus líderes. Contra Yasser Arafat y la OLP se desató durante más de 40 años una operación sucia e infame de difamación que el poder y el control de sus enemigos convirtió en universal.
Como el líder y su pueblo pasaron por encima de esa guerra sin entregar sus banderas, hay que esperar que incluso después de muerto, pretendan insultarle y escamotearle sus méritos. Es preciso estar alertas. Y recordar que los enemigos de la causa palestina son exactamente los mismos que engañaron al mundo para hacer nuevas guerras.
Mientras el mundo árabe y las personas decentes del resto del planeta, inclinan la frente en señal de respeto por aquel que empuñó con la misma fuerza el fusil y el ramo de olivo,