La hipocresía global está viviendo sus momentos cumbres. Con un grandilocuente mea culpa, las Naciones Unidas pidieron perdón, hace apenas unos días, por su inacción frente a la matanza de Rwanda diez años atrás... ¿Cómo pudieron hacerlo y al mismo tiempo cerrar los ojos frente al genocidio que, en el instante justo de su acto de constricción, desataban otra vez las tropas de la llamada coalición sobre la rebelde Iraq?
¿Será que lo de Rwanda fue crimen porque lo cometieron tribus africanas y lo de las tropas yanquis contra el pueblo iraquí es "otra cosa" que el lenguaje occidental sabrá matizar cuando los cadáveres ya no huelan?
Véanse las escasas imágenes que llegan de Bagdad, con su hilera de muertos de cualquier edad y escúchense después las profesiones de fe contra el terrorismo que desde "iluminados rincones del mundo", libres de la amenaza imperial, lanzan ilustrísimas personalidades, ciegas, mudas y sordas ante el terrorismo del estado norteamericano, ahora empeñado en destruir a cañonazos la ira popular iraquí. ¿Será que guardan la solicitud de perdón para el decenio próximo, o que todavía creen que será posible el sometimiento de esa nación y tienen miedo de provocar al "vencedor"?
La Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en Ginebra, Suiza -émula en materia de cinismo del elitista Consejo de Seguridad, afincado en Nueva York- es un escenario paradigmático de la hipocresía vestida de comunidad internacional.
Mientras cientos de organizaciones no gubernamentales discursan en Ginebra sobre la violación cotidiana, masiva y flagrante de los derechos de millones de seres humanos, que se cometen hoy bajo el paraguas de la gran cruzada contra el terrorismo, por parte del civilizado occidente, la CDH emite solo resoluciones de castigo contra el Tercer Mundo, impulsadas por los verdaderos dueños de todos los poderes allí.
Ni una línea de condena a Estados Unidos por los despiadados bombardeos sobre pueblos indefensos, por los presos sin proceso en un territorio ilegalmente ocupado por sus tropas, por los bloqueos genocidas y la amenaza permanente a la paz. Cobardes votaciones de abstención, cuando no negativas, frente a las resoluciones que buscan detener el holocausto palestino que desata Israel o el mercenario como fuente de destrucción y muerte. Silencio escandaloso sobre el galopante fin del estado de bienestar y la represión racista de inmigrantes y pueblos originarios en naciones enriquecidas con sangre y sudor de nuestros pueblos.
Es tanto y tan vergonzoso lo que se oculta y acepta, que es preciso hacer callar a quienes lo gritan sin miedo en los salones fríos y bien abastecidos donde dicen que se reúne la comunidad internacional, aunque las decisiones ya están tomadas por el poder global.
Por eso prospera todavía el más hipócrita de todos ejercicios de condena en la CDH: el que promueve, organiza y paga Estados Unidos, rey en el trono de los violadores más contumaces de los derechos humanos contra la indomable Cuba, que no se conformó con construir un destino propio para sus hijos, sino que se atreve a gritar públicamente el nombre de quienes usan todas las armas para impedir que su ejemplo de soberanía sobreviva y se extienda más allá o más acá.
No hay manera de explicar, fuera de la hipocresía más tenaz, las maniobras de los funcionarios y los votos de los gobiernos que apañan la venganza de Washington sobre la Isla, en nombre de la democracia, la misma que coartan y mutilan al negarnos el derecho a ser diferentes.
No es posible aceptarle a representantes, relatores y expertos que van por el mundo al lomo de abultados viáticos, que se declaren preocupados por la situación actual de los derechos en un país que no existía en el mapa de sus desvelos cuando era coto privado de los yanquis y la rebeldía se castigaba con sangre.
Ninguno tiene moral para hablar de Cuba, conquistadora de derechos que comparte solidariamente con naciones que aun están por ganarlos, mientras la tal Comisión calla y otorga perdones a quienes los niegan o arrebatan.
Hay demasiado cinismo concentrado en las llamadas instituciones internacionales, donde los poderosos gobiernos de los países sede compran almas y voluntades de todas las razas y nacionalidades, para enmascarar el alcance de sus vendettas.
Eso lo acabamos de aprender de primera mano, quienes fuimos esta primavera a la CDH en Ginebra. Quienes vimos y oímos a los Pilatos modernos, responsables de algunas áreas o en representación del propio Alto Comisionado, excursarse por no haber comprendido y tramitado en ¡un año¡ las denuncias sobre las violaciones múltiples contra cinco cubanos luchadores antiterroristas que Estados Unidos condenó de por vida o con largas sentencias y contra sus familiares. Porque muchos de esos que no se atrevieron a tocar a la puerta del imperio para preguntar siquiera por la suerte de los Cinco, son los mismos que armaron informes y escándalos con las sentencias dictadas por los tribunales cubanos contra 75 personas a las que se les probó mercenarismo pagado por los enemigos de su patria.
Y porque mientras la CDH cree sesionar, Falluja y otras ciudades rebeldes de Iraq se llenan de cadáveres, tanto como las avenidas de las grandes capitales occidentales se llenan de manifestantes clamando por el regreso de las tropas y del estado de bienestar, reales tareas pendientes para una posible comunidad internacional si la dejaran ser y funcionar de verdad y no la condenaran a observadora cómplice de los crímenes que hoy no se atreve siquiera a mencionar.
Bravo por Cuba, que primero gritó las verdades en solitario y ya comienza a ver cómo se van levantando las primeras voces acompañantes de su denuncia sobre los instrumentos que el cinismo inutiliza hoy. Su batalla y la de otros hará posible la acción oportuna y evitará el hipócrita perdón. Sólo para entonces podrá hablarse con seriedad y respeto de la comunidad internacional.