Terror y mensajes

  Ignacio Ramonet  

La Voz de Galicia

ME DESPERTARON las explosiones. Y el silbido casi inmediato de las sirenas de las ambulancias. Eran poco más de las siete y media de la mañana en ese doloroso Madrid del 11 de marzo. Aunque soy un adicto matinal de la radio, en la habitación de mi hotel cercano a la estación de Atocha sólo disponía de un televisor. Lo puse. En la Primera ya estaban evocando la noticia. Sin imágenes. Sólo un plano del barrio de Atocha. Algunos testigos, por teléfono, narraban lo que acababan de ver. Con gran confusión. Se hablaba de explosiones en Atocha. Luego un señor dijo que también las había habido en El Pozo del Tío Raimundo, y una joven afirmó que había habido otra en la estación de Santa Eugenia. ¿Qué estaba ocurriendo? 

Se comenzó a evocar la tesis del atentado. También se empezó a decir, con prudencia, que al parecer había víctimas mortales. Por fin, una periodista del canal, sin cámara, pero con micrófono y en sonido directo, describió su avance por las vías del tren hacia el vagón explosionado. Reportaba lo que veía, sin interpretar: gente herida que huía, los cuerpos de los fallecidos, «he visto por lo menos dos muertos»¿ 

Más allá del horror, en tanto que especialista de la comunicación, me interesaba observar cómo un sistema mediático sofisticado empieza a difundir una mega noticia tan compleja como esta del 11-M, cómo va tanteando, cómo va ordenando las informaciones que acuden a borbotones, cómo las va ajustando y precisando. A base de tres ingredientes fundamentales: testigos directos, periodistas reporteros y comunicados de las autoridades. Luego vendrán los análisis y la interpretación de los hechos. 

Aparecía claro que se trataba de un acto de terrorismo. Y me confirmaba lo que siempre he pensado del terrorismo como arma política. Que es un método repugnante. Que ninguna causa -por justa que pueda ser- justifica el recurso a tan vil y abyecto procedimiento. Además se trataba aquí del más innoble, el «terrorismo ciego» -como el del 11 de septiembre- que no apunta a asesinar a una personalidad en particular sino a un grupo de personas que se halla por casualidad en ese fatídico lugar y que no son dianas en sí sino que los criminales las utilizan con criminal cinismo para enviar un mensaje. 

Hay por desgracia, una hermenéutica del terror. Un atentado, además de matar, «dice», «comunica» algo. Es un trágico mensaje enviado a un gobierno. Por eso entre terrorismo y comunicación hay una importante relación. 

De ahí la confusión que se originó. Porque si la inmensidad del crimen aparecía evidente, el «mensaje» no se distinguía con claridad. 

Todos pensamos primero en ETA, claro, aunque la manera de proceder, el gigantismo del acto y la naturaleza de las víctimas no correspondían a los atentados que suele cometer. ¿Qué nos estaría diciendo en este caso? Dos cosas: que seguía existiendo con una capacidad ahora enloquecida y suicidaria de matar, y que desafiaba al Gobierno del Partido Popular al que designaba (a los electores) como su «mejor enemigo». 

También, desde el principio, pensamos en Al Qaida. Por algunas similitudes con el 11-S: la fecha 11 de marzo correspondiente a 30 meses, o dos años y medio, exactos desde aquel fatídico 11 de septiembre; y los cuatro trenes, como aquellos cuatro aviones¿ Pero tampoco correspondía al hábito de esta organización de mandar, mediante el terror, mensajes con fuerte simbología religiosa, política o en materia de costumbres. Destruir el Pentágono o las Torres Gemelas tiene un (monstruoso) sentido que no posee la destrucción de humildes trenes de cercanías abarrotados de personas modestas, trabajadores, estudiantes e inmigrantes. De ahí la perplejidad. Y hasta empezamos a sospechar de la existencia de una tercera organización -ni ETA, ni Al Qaida- que con este crimen odioso pudiera hacer su entrada en el club del horror. 

Había que admitirlo, en las primeras horas que siguieron a las explosiones, éramos incapaces de tener una visión clara de lo que significaba esta matanza. 

La noticia ya estaba recorriendo el mundo. De París, de Galicia, de Suiza o de Argentina ya me estaban llamando. «Sabemos que está usted en Madrid, ¿ qué nos puede decir de lo que esta pasando?». Nada. Les recordé la experiencia de Fabricio del Dongo, el héroe de La Cartuja de Parma, de Stendhal, que participa en la batalla de Waterloo (1815), y cuando ésta se termina, a pesar de que él se encuentra en el campo de batalla, ignora algo tan sencillo como quién es el vencedor. En periodismo, estar no basta para saber.