Esas Honduras

  Rosa Miriam Elizalde  

TEGUCIGALPA, Honduras.-Me lo contó Germán, periodista hondureño, amigo, bordeando una carretera que prácticamente cuelga sobre un acantilado. "Ya salimos de estas Honduras", y se ríe, recordando a Cristóbal Colón. En su cuarto viaje al Nuevo Mundo, el Gran Almirante llegó a las costas de Centroamérica y fue atrapado por un huracán. Cuando logró salir de la tormenta, exclamó: ¡Gracias a Dios que salimos de estas honduras! Allí nacieron los nombres del país y del cabo que marca la frontera con Nicaragua.

Pero si no se corre el riesgo de desafiar las honduras, a este país no se le encuentra jamás. Hay que bregar. Sus profundidades no andan a flor de piel en esta geografía caprichosa, de montañas que se pierden en las nubes, y pinos gigantes que parecen alfombras cuando se miran desde los altos cerros. Hay que registrar selva adentro o caminar sin prisa las callecitas de Valle del Angel, Siguatepeque, Comayagua, Progreso, La Ceiba, Sabana Grande...

En algunos de esos lugares ya estuve antes, cuando el Mitch, en  solo unos pocos días, pero suficientes para que me doliera siempre en el recuerdo lo que significan dos palabras: pobreza y desconfianza.  Vi a una madre que dejó en las manos de un médico cubano a su criatura enferma: "Se lo dejo, porque tengo otros seis chiquitos que cuidar. Si me quedo con este, los otros también se me mueren." En noviembre de 1998, nuestra Isla era para la mayoría de los hondureños un infierno, cuyas calderas alimentaban sistemáticamente la prensa del país. "¿Es verdad que allá se comen a los niños?", me preguntó una señora, Catalina, de Wampusirpe.

A ella no la encontré ahora, no había tiempo para llegar a La Mosquitia, pero es notable cómo ha cambiado la mirada y las expresiones de la gente en estas profundidades, aun cuando junto a su geografía, la pobreza ha resistido con el tiempo. Voy presentando un libro -"Los Disidentes"-, y en salas donde a veces no caben los humildes habitantes de estos pueblos, todos me escuchan con respeto y sin asombro. No han cambiado mucho los medios de prensa, pero ellos ya saben de Cuba. A veces me confiesan que han ido hasta allí no solo para escuchar lo que les dice esta recién llegada, sino para que los oiga y transmita su ruego: "No queremos que se lleven a los médicos, por favor. Son buenos. Viven con nosotros, y no piden nada…"

En Sabana Grande, Fabricio Estrada, joven poeta, declama unos versos cuando termina otra presentación de "Los Disidentes". Su poema se titula  "Bitácora del párvulo", y habla de su infancia en ese pueblecito del sur, próximo a El Salvador. Es muy joven, y me regala su libro y en particular estos versos, porque dice que allí está la clave de este cambio que he notado. Él recuerda sus propias honduras sentimentales, los juegos, los entierros, las tristezas de las tardes polvorientas y los personajes que armaron su niñez. Pero lo que quiere que conozca es la historia de un niño que lleva el apellido Castro. Cuando nació, dicen los versos de Fabricio, el padre, Manfredo Castro, se encargó de que todos se enteraran por qué le había puesto el nombre a su hijo: "Se llamará Fidel, para que nadie me lo humille".