Un buen amigo español, catedrático universitario e investigador por más señas, me acaba de escribir un correo electrónico en el que suenan tonos de alarma.
Esto se pone cada día peor en cuanto a Cuba, dice. Y me habla de cómo el otrora serio "El País" denigra como prostitutas a las mujeres de la Isla. De cómo "El Mundo" rechazó publicar hace pocos días una solicitada de intelectuales que pedían respeto y solidaridad para el pueblo cubano. Del ambiente en la tele. Y de cómo todo esto confluye al unísono con las impávidas declaraciones del inquilino de cara de titanio de La Moncloa, y con la creciente "americanización" de España -así la llama él-, que hasta en la servidumbre de los medios al poder parece querer imitar a los Estados Unidos post 11-S.
Yo le respondo a mi amigo. Tú tranquilo, que esta es la vieja historia de las dos Españas, que ya va a cumplir 500 años. Viene de Pánfilo de Narváez, una bestia montada sobre otra bestia cuadrúpeda, que gozaba al ensartar a infelices indígenas con su lanza, y de Bartolomé de las Casas, que trataba de preservar a aquellos mansos seres a partir de otras ideas filosóficas y humanas.
Así tuvimos en 1871 a un cobarde como el gobernador López Roberts, al lado de Federico Capdevila, capaz de quebrar su espada como protesta por el asesinato de los estudiantes de Medicina. Luego a un sádico como Weyler, frente a tantos españoles y canarios que tomaron el lado de la independencia, entre ellos el catalán Miró Argenter, jefe de Estado Mayor y cronista de Maceo. ¿Y qué decir del gobierno peninsular ruin que en 1898 aceptó sentarse a la mesa, sin la presencia de Cuba, para entregar de modo obsecuente la Isla a los yanquis?
Esa es la historia. A qué asombrarse ahora. De un lado Antonio Machado, Lorca, Alberti, Miguel Hernández. Del otro, los fascistas, los falangistas. Jamás, sin embargo, nos pasó por la cabeza confundir a la España batalladora, popular, eterna, "la España de la rabia y de la idea" que cantó el poeta, con esa otra España con olor a rancio que mueve la colita para adivinar los deseos del amo.
Pero es que esto se pone peor que bajo el franquismo, dice mi amigo. Y yo vuelvo a responderle: tú tranquilo, que en el franquismo sin Franco hay franquistas peores que Franco.