Carta limpia al Tinto Feliú por sus 70

Yo andaba haciendo el preuniversitario y empezaban a ser importantes esas canciones que yo escuchaba; me parecían diferentes, revolucionarias en todo el esplendor de la palabra.

Un buen día del mundo, Pancho Varela, me arrastró al teatro Hubert de Blanck,  a aquellos conciertos que Silvio hizo al regresar de su viaje en el barco Playa Girón. Tuve la suerte de sentarme en el piso del escenario y a mi lado estaba un muchacho de veintitantos pocos años, que en esos conciertos conocí, que hacía canciones, que era un trovador –creo que en esos momentos supe qué era ser un trovador, inmadurez mediante- y que se llamaba Vicente Feliú.

Gracias al cielo y a ese evento escuché canciones como Isabel, No es fácil y otras que no recuerdo los títulos…, aquellas cosas de sus cumpleaños 21 y 22, el Mono gris y otras, que sigo insistiendo en que cante.

Vicente, después el Tinto, fue mi paradigma; esas canciones me llegaban más que las de Silvio y Noel, y ya eso es mucho decir. Lo convertí en mi amigo personal, en mi hermano del alma, como Noel y como Carlos Gómez.

Recuerdo que en aquellas épocas en que había que “evaluar” a los artistas, y nadie decía nada de nada –no andamos muy diferentes ahora-, había que trabajar, porque no importaba que uno fuera un cantor con tanta garra como Vicente, que te cogía la “Ley del vago”.

Así -entonces ya mi Tinto-, fue a parar a la fundición de San José de las Lajas, y ahí se hizo obrero, conoció a Ñico e hizo una canción tan hermosa como “Ñico, o el monumento al obrero desconocido”.

Después pasó a ser un restaurador del Museo de Bellas Artes. Aún conservo un grabado restaurado por él, que ha viajado conmigo en las salas de todas las casas en que he habitado desde entonces. Es uno de mis fetiches.

Eran las épocas de mi siempre recordada Mariana, de la Escuela de Letras y de la peña del Parque de los Cabezones, en la Universidad de La Habana. Conservo fotos en la azotea de Neptuno, conservo el amor y la veneración por Esther, por Tata, la abuela, Vicentico, Elsa y todas las perras del mundo.

Un buen día del mundo, me asaltó aquella noticia radial de que habían sido “vilmente torturados” en Bolivia, Lázaro, Saresquita, Augusto y el Tinto. Llamé a las personas que pudieron darme fe de aquello y fui pa Neptuno, como Noel, pa verlo vivo. Antes había ayudado a Aurora a limpiar el cuarto de la azotea y demases.

Con toda esta carga publiqué, por primera vez, en La Gaceta de Cuba, una entrevista al Tinto, como homenaje a su 50 aniversario. En esos momentos, para mí, llegar a los cincuenta era como llegar a las pirámides de Egipto en una guagua de la calle.

Años después, diez años, logré hacer ese documental que anduve rumiando todos esos años, y que se llama “Donde habita el corazón”; porque yo sé que si hay algún lugar donde habite el corazón es en el pecho del Tinto, que sólo aloja maravillas y esperanzas.

Gracias le doy al Cielo, una vez más, por haber estado y seguir estando cerca de este hermano.

Carlitos León