Alexis Díaz Pimienta durante la presentación de su libro "¿Qué me cuentas, Chamaquili?" Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.
Se puede hablar ya de chamaquilófilos, de seguidores fieles de ese niñito avispado, perspicaz y suspicaz, lleno de todo el asombro que entra en sus pupilas cuando abre los ojos al mundo. Este niño que todo pregunta, y elabora él mismo las respuestas, teorías que se soportan por argumentos de una lógica particular.
Dice Alexis Díaz-Pimienta, en la presentación del octavo libro de la colección, que su personaje conecta con un público que se reconoce en él. Y que no es solo de niños, sino de niños en cuerpo de adultos o niños que alguna vez fueron y vuelven a la vida con esta lectura.
“El único mérito que tengo es haber captado esa poesía de mi hijo Alejandro, y plasmarla en un papel. Y luego convencer a este señor –dice mirando a Jorge Oliver– de que le diera imagen y color a esos poemas que Alejandro hacía y que yo convertía en palabras”.
Así nació Chamaquili Chamaquili, el primer libro de la colección. Después Buenos días, Chamaquili, al que siguieron Chamaquili y la lámpara luna, Chamaquili en el cuarto de baño, Chamaquili en La Habana, Chamaquili en Almería, Chamaquili vuelve a La Habana, y se presenta ahora en la Feria Internacional del Libro ¿Qué me cuentas, Chamaquili?
“Estos ocho libros son escritos por mí –continúa Díaz-Pimienta– y protagonizados, cantados y soñados y dichos por mi hijo Alejandro; paridos en imagen por Jorge Oliver Medina y editados por la Editora Abril gracias al trabajo de Lilian Sabina Roque. Es un trabajo colectivo”.
Anunciaron que, además, otros artistas han musicalizado poemas de la colección, y estrenaron en La Cabaña algunas de las canciones de Chamaquili que serán disco, dibujos animados, espectáculos musicales...
En breve entrevista, Alexis Díaz-Pimienta compartió un poco de la historia de esta saga y la intención que la anima:
¿Cómo se te ocurrió crear este personaje?
No se me ocurrió. Realmente nació. Nació porque nació mi hijo Alejandro –a quien yo le digo Chamaquili desde que era chiquitico– y comenzó a hablar, a sorprenderse, a preguntar y tener ocurrencias para explicarse la vida, a tener su óptica. Yo lo único que hice fue no permitir que se llevara el viento esas preguntas, esa ingenuidad, ese asombro; que lamentablemente la mayoría de los padres dejamos ir o lo comentamos en el chascarrillo de las comidas o con los abuelos: “Mira lo que dijo el niño o la niña”. Pero pasan los años y ese niño o niña crece, y eso queda como anécdota trivial que no trasciende.
Yo he evitado que esas frases –que la mayoría esconde una gran carga poética– se las llevara el viento. Él decía sus ocurrencias y sus dudas y asombros en prosa, y yo las convertía en estrofas clásicas, en redondilla, en pareados, en estrofas polimétricas… Curiosamente –yo no me había dado cuenta y hace poco un periodista me lo hizo saber– en ningún libro de Chamaquili hay una décima. Hay un paseo por las formas estróficas tradicionales y clásicas de la poesía española, pero respetando la tradición de la literatura para niños, que casi siempre es de arte menor, de estrofas pentasilábicas, tetrasilábicas, cuartetas, pero nunca estrofas tan barrocas y tan complejas como la décima.
¿Por qué vale conservar ese testimonio de la óptica infantil? ¿Qué hay de trágico en que se pierda?
La infancia es un estado de ánimo. Y yo creo que si todos creciéramos y fuéramos capaces de mantener ese estado de ánimo del asombro continuo, del preguntar continuo, del desenfado, del decir lo que se piensa…, seríamos mejores seres humanos.
Con Chamaquili pretendo decir que todos pasamos por ahí y tuvimos esas dudas, esas preguntas. Me sorprende mucho que los padres son los que más disfrutan Chamaquili, porque se reconocen a sí mismo cuando eran niños, cuando eran Chamaquili.
El mundo contemporáneo está sobrado de mala madurez, terminamos pudriéndonos en vez de madurar realmente. Y esto puede ayudar un poquito a que ese niño que decía Chaplin que había que mantener vivo y despierto dentro de uno aunque tuviera cien años, se mantenga preguntando, asombrándose, se mantenga reinterpretando el mundo. No quiero caer en tópicos ni en retórica, pero muchas de las cosas que pasan en el mundo actual se deben a que la gente se pone demasiado seria demasiado temprano.
Hay un gran filósofo holandés del siglo XIX y principios del XX, Johan Huizinga, que tiene uno de los libros más espectaculares a nivel de ensayística inteligente. Se llama El hommo ludens, y en él se cuestiona por qué el ser humano pierde la capacidad de jugar, por qué nos ponemos los pantalones largos en lugar de seguir con los cortos.
Esta poesía creo que lo que hace es ponerles a los padres otra vez los pantalones cortos, a las madres darles una cuerda de saltar: “Vamos a seguir jugando, vamos a reinterpretar la vida desde la que eres, la que fuiste y no debiste dejar de ser”.
¿En nueve años, ha crecido Chamaquili?
Este es el octavo libro, debió salir el año pasado y no lo hizo por problemas de imprenta. Chamaquili el original, mi hijo, ha crecido, pero el personaje del libro no. Esa fue una discusión a nivel teórico y creativo con la editorial porque querían que Chamaquili creciera con las entregas del libro, y dije que no, porque le estaríamos cortando la vida al personaje, convirtiéndolo en una persona real cuando es un personaje de ficción.
Alejandro ahora tiene 12 años, ya no tiene la misma capacidad de asombro, de pregunta, de ocurrencia que cuando tenía 4 o 5 años. Entonces Chamaquili es un niño, como Mafalda, eterno en el tiempo, con una edad comprendida entre los 3 y los 7 años. Yo lo quiero mantener ahí y lo voy a mantener ahí durante todo el tiempo que pueda.
La mayoría de los poemas de los últimos libros están inspirados en vivencias de otros Chamaquili, de madres y padres que me dicen: “Mira lo que dijo mi hijo”, yo lo convierto y después le dedico el poema a ese niño. En los últimos libros he incorporado también vivencias de mis hijos mayores, ocurrencias de mis sobrinos, de los hijos de mis amigos…
De esa manera Chamaquili es un personaje eterno. El año que viene se va a publicar El gran libro de Chamaquili, donde los niños serán los que van a escoger los poemas para hacer una gran antología, de 80 poemas. Esa será la primera gran participación de los niños como lectores, como receptores del libro entrando dentro del libro.
Y lo siguiente va a ser –que ya lo he hecho con muchos– que los padres, los maestros y los propios niños me van a mandar a mí sus ocurrencias, sus dudas, sus preguntas, y esa prosa las convierto en verso.
Es una manera de mantener ese espíritu infantil vivo en los demás niños. Siempre he dicho que Chamaquili es Alejandro, pero es también María, Irene, Mónica, José, Pablo… Todos los niños que hayan tenido esa edad y esa capacidad de asombro ante la realidad y de pregunta y de duda.
Alexis Díaz-Pimienta y Jorge Oliver en la presentación del libro "¿Qué me cuentas, Chamaquili?" Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.
Presentación del libro ¿Qué me cuentas, Chamaquili?. Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.
Alexis Díaz Pimienta durante la presentación de su libro "¿Qué me cuentas, Chamaquili?" Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.
Presentación del libro "¿Qué me cuentas, Chamaquili?" Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.
Jorge Oliver, ilustrador de Chamaquili. Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.
Presentación del libro "¿Qué me cuentas, Chamaquili?" Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.
Alexis Díaz Pimienta y Luis Barbería interpretaron algunos versos musicalizados de Chamaquili. Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.
Alexis Díaz Pimienta durante la presentación de su libro "¿Qué me cuentas, Chamaquili?" Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.