Mi amigo apostó que yo vería a Carilda ruborizarse como una niña de 15 años y no le creí (actitud que me costó dos cervezas; por suerte transcurrían los 80...). La vimos en un receso y el Beny empezó a piropearla con toda su artillería; llegó otro poeta y subió la parada, mientras yo embobecía ante el cutis ya marchito que cambiaba del blanco a un rosado intenso, especialmente en las orejas. Percibí que aquella mujer casi septuagenaria en el fondo disfrutaba el desenfreno de sus admiradores y de golpe entendí su poesía.
Porque hay una poesía que se siente y no se entiende aunque guste mucho, y hay otra, como la de Carilda, que en mi caso siento y entiendo. Para mí, los versos de esta matancera ilustre son los que mejor reflejan a la cubana, a pesar de que ella se queje porque la gran mayoría solo conoce el aspecto erótico de su lírica.
Es una queja justa porque, junto con los centenares de rimas en las que el hombre, en el sentido de amante, ha sido centro de su poesía, existe otra buena cantidad dedicada al amor filial, a la patria, a los puentes de su ciudad y a montones de escenas que provocaron en ella el nacimiento de un verso.
El día que la entrevisté, en esa casa de la calle Tirry No. 81, llena de recuerdos, flores, plantas de todo tipo y un frescor que nace desde su dueña, hablamos de muchas cosas: el nacimiento, la muerte, los padres, los hijos y el erotismo. Carilda muy seriamente me cuestionó por la defensa apasionada que yo hacía del erotismo en su obra. Razón en parte tenía porque más o menos me dijo que su poesía no es totalmente erótica, que quizá se conozca más porque se ha divulgado por la radio, incluso la declaman en algunos cabarets.
Yo, que he leído sus cantos a la muerte, a la Virgen, a Cuba, a su ciudad, le ripostaba que se olvidara de cómo eran usados los versos y que pensara que, incluso a la luz del fin del siglo XX, su poesía amorosa seguía siendo todo lo sincera y apasionada que ha sido y es la mujer cubana.
La comparé con Gertrudis Gómez de Avellaneda que, como ella, escribió fuera de su siglo y logró que sus cartas sigan siendo fuente de lectura de amantes de distintas generaciones. Se ruborizó de otra forma y me dejó por imposible.
De todos los valores que se le reconocen a la poesía de Carilda, el que más defiendo se encuentra, precisamente, en esa zona en que lo erótico impera. Así escribió antes de 1950, una muchacha que vivía "en el interior" de una isla perdida en el Caribe. Entonces, no se hablaba de género ni de los derechos de la mujer como décadas después, y esta señora poeta defendió la opción de todas nosotras para amar sin reservas, entregándonos al varón escogido, con toda la pasión del mundo.
"No puedo hablar como un hombre. A mí me encantan ellos, pero no concibo la vida si no hubiera sido mujer, me gusta ser mujer", le confesó a una periodista ecuatoriana y en esa frase está su esencia.
Carilda por su poesía y belleza devino mito. No sé a cuantos hombres le atribuyeron como amantes sin serlo. Alguna vez Humberto Arenal quien conoció muy bien su mundo (para él cercano por pertenecer a una misma generación) me dijo que no hiciera caso de los amores de Carilda, que realmente se había casado solo tres veces (la última con Raidel a quien le llevaba 48 años).
Aquel siete de septiembre, esa mujer toda leyenda me regaló su último libro Carilda: abrazar todo el planeta en Calzada de Tirry 81, de la colección Memoria de Ediciones Vitral. Su dedicatoria es tan gentil e inmerecida que guardo el libro casi bajo candado. Ese día, al final, aceptó mi promesa de no hablar solo de su poesía erótica. Así lo he hecho; pero no juré que dejaría de citar uno de mis poemas preferidos:
Me desordeno, amor, me desordeno
cuando voy en tu boca, demorada;
y casi sin por qué, casi por nada,
te toco con la punta de mi seno.
Te toco con la punta de mi seno
y con mi soledad desamparada;
y acaso sin estar enamorada;
me desordeno, amor, me desordeno.
Y mi suerte de fruta respetada
arde en tu mano lúbrica y turbada
como una mal promesa del veneno;
y aunque quiero besarte arrodillada,
cuando voy en tu boca, demorada,
me desordeno, amor, me desordeno.