A los que adoran la danza y confían enfermizamente en ella.
Por Lauren Cleto Herrera, estudiante de Periodismo
Lo comprobé este fin de semana. La Magia de la Danza trajo a escena los bailarines que sobreviven a las giras y quienes se colocan por voluntad o coyuntura en los papeles principales del ballet. Entre ellos están Osiel Gounod, Yanela Piñera y Yanier Gómez. Jóvenes que prometen un futuro de lauros para el Ballet Nacional de Cuba.
Y si tenía dudas de por qué Osiel y no otro fue seleccionado como uno de los mejores bailarines del 2011, ya no las tengo. Son pocos los que se imponen a los pasos como él lo hace. Son pocos los que saborean el movimiento a su ritmo. Son pocos los que se lucen en escena a su modo. ¡Qué negro! Ojalá lo hayan visto en Coppelia, o en Quijote.
Es que ni siquiera importa el personaje. Y me alegro que otros grandes ya no estén, para que haga lo suyo en un cielo despejado, donde ni él mismo se hace sombra.
Por su parte Yanela deslumbra. Es una caricia. Una certeza. Una técnica impecable. Es un savoir faire a la perfección. Es el aliciente para olvidar los cuatro CUC que inconsciente te arrancaste del bolsillo al comprar la entrada. Es lo que te ayuda a pasar por alto que las filas de Giselle estuvieran caóticas o que las wilis cayeran tan fuertes de sus saltos.
Yanela es un cisne. Un cisne que puede ser tan blanco y tan sublime como el del pasado sábado o tan negro y tan malvado como lo ha sido en otras ocasiones.
Si fue al ballet este fin de semana, coincidirá conmigo en que hubo pas de deux fenomenales, y otros no tanto. Entendería si le dijera que Sadaise Arencibia y Arián Molina no tuvieron una buena noche en Quijote. Ella hizo como las velas, se apagó poco a poco en cada entrada. Él no tuvo mucha gloria.
Pero no me molestó Camilo Ramos en los Toreros. Y sí Jessie Domínguez en Mercedes. Él manejó muy bien la capa, y a diferencia del Albrecht al inicio de la función, el Espada fue más al seguro. Ella, descontando sus aportes a la técnica, bailó igual el Vals de las flores, la Mercedes de Quijote y la Sinfonía de Gottschalk.
El Cascanueces de Yannier me sorprendió. Tuvo una ejecución exquisita, a pesar de la caída al final de la coda que prometía quedar impecable. Su comunicación con el público es similar sólo a la de Osiel y su seguridad es contagiosa. Fue una lástima que su pareja, Amaya, aunque buena bailarina, no lograra transmitir esa energía.
De esa noche quedan algunos por mencionar. Dani Hernández, uno de los mejores físicos masculinos del BNC, pero un bailarín que por lesiones ha tenido un desarrollo pausado. Ojalá nos enseñe pronto la excelencia que lleva innata y lo que según sus compañeros mostró en la gira por Estados Unidos.
También Marizé Fumero, una joven que dará mucho de qué hablar. Su figura y condiciones físicas le abren las puertas de la danza clásica y con unas horas más de escenario se convertirá en todo un deleite para el público cubano.
Todavía quedan bailarines ansiosos de ser mencionados. Otros jóvenes que anhelan el día de asumir un protagónico, de llegar a solistas o de ser cuerpo de baile A. Por eso pedí, humildemente, que olvidáramos a Viengsay por un segundo.