"Es que Alicia está en cada una de esas bailarinas y bailarines que tanto prestigio le dan al ballet cubano en todo el mundo" -comenta la sencilla espectadora a guisa de fugaz susurro, mientras su mirada perfora una y otra vez el cono de penumbra que media entre la Directora del Ballet Nacional de Cuba y quienes "flotan" cual tenue brisa sobre las tablas.
Aún con la impresión de que recién ha comenzado, concluye la función. Ha sido tanto el derroche (de virtuosismo artístico, fina percepción en el auditorio capaz de filtrar la "sinfonía" de un insecto, aplauso interminable.), que Alicia no puede sobreponerse a la emoción y se dirige al escenario.
Claribel, en cambio, sí logra controlar el irresistible deseo de inclinarse sobre la Diva del ballet cubano (cuya delicada piel casi roza su brazo al pasar) y saludarla, darle un beso o simplemente decirle "Gracias por este regalo en nombre de quienes desde el campo también te amamos y admiramos".
Pero prefiere no interrumpir el tierno vuelo de esa Giselle que millones de personas desearían tener a distancia de pupila en los más encumbrados teatros del mundo.
A telón abierto
No planificó Claribel esta vivencia. Ni siquiera la imaginó. Vino a la ciudad por razones de salud. Hubiera podido dormir temprano esa noche. Pero no es bueno el sueño para quienes sueñan (no importa dónde: bajo el arácnido y citadino destello de una lámpara o a plena luz de luna en la floresta). Y diez pesos bastaron - 40 centavos de dólar entre quienes gustan de las conversiones- para subir desde la finca campesina al firmamento, de la mano de una Estrella. ¿En qué otro país se da esa maravilla?... Quizás únicamente aquí: en el de Alicia.
( Periódico 26)