Por Mairyn Arteaga Díaz
Llegó a la ciudad hace cuarenta años y su primer impulso fue volver sobre sus pasos y no regresar jamás, pero se contuvo. La ciudad suele dar esa impresión la primera vez, y la segunda, y hasta una tercera. Después el cariño se impone, después hasta te da nostalgia de estar en las noches desiertas de sus calles o en los días en que el sol se convierte en tu peor enemigo.
Llegó a la ciudad hace cuarenta años y visualmente no ha cambiado mucho, algo sí, algo se puede notar, al menos eso; pero lo que lo retuvo fue el calor de su gente, el alma pura de los nativos, la claridad en los sentimientos de todos los pinareños. La ciudad aún se vestía de Cenicienta, mas, por dentro, su gente no conocía las cenizas.
Así se le presentó Pinar del Río cuatro décadas antes. No, no era la ciudad de sus sueños, creo que nadie la soñó de esta manera, y sin embargo, ahora no sueña si no duerme en ella. Ahora no se imagina cómo sería vivir sin su Palacio de Guasch, hoy Museo de Historia Natural, con su armonía desordenada, soportando los estragos del tiempo, arrullando en su portal al viajero que sale del territorio.
Ahora no se imagina sin su Calle Real, donde los autos se la pasan en un ascender constante como quien no se cansa de buscar el cielo. Esa Calle Real que agrupa a la juventud pinareña sin muchas más opciones para el recreo. Esa que se convierte en itinerario obligatorio para los universitarios que la recorren de punta a punta cuando el hastío se hace insoportable en las noches de la beca. Menos, sin el Parque Independencia o el Teatro Milanés o la sombrita del Parque Colón o el doce plantas o el Capitán San Luis, tesorero de los triunfos del equipo de pelota, el Tsunami pinareño. Incluso extrañaría hasta las interminables colas de Coppelia.
Hace cuarenta años no imaginó que alguna vez llegaría a sentirse hijo de esta tierra dormida en la cola del caimán. Pero el cariño de su gente lo retuvo y se hizo el milagro. Se enamoró de Pinar del Río que, sin muchos atributos para ofrecer, lo embrujó con el calor de sus habitantes, el alma pura de los nativos y la claridad, esa claridad que emana de los sentimientos de todo el que se haga llamar pinareño.
Detalle del lobby del Hotel Vueltabajo. Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.
Pinar del Río. Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.
Pinar del Río. Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.
Altos del Palacio de los Matrimonios. Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.
Pinar del Río. Foto: Ismael Francisco/Cubadebate.
Calle Real. Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.
Pioneros exploradores. Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.
Palacio de Computación. Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.
Detalle del Teatro Milanés. Foto: Ismael Francisco/Cubadebate.
Esquina pinareña. Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.
Pinar del Río. Foto: Ismael Francisco/Cubadebate.
Parque Independencia. Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.
Teatro Milanés. Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.
Pinar del Río. Foto: Ismael Francisco/Cubadebate.
Monumento a los Hermanos Saíz. Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.
Pioneros exploradores. Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.
Detalle de las columnas del Palacio de Guasch. Foto: Ismael Francisco/Cubadebate.
Catedral de Pinar del Río. Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.