El jardín de la gorda Sara

La gorda había puesto casa desde que viera la luz allá en lo último de Marianao. Una casa bien corpórea, de ojos claros y sonrisa de lado a lado, con un local atestado de chistes y ocurrencias. Con el tiempo, se hizo de un rincón adonde los amigos podían acudir a compartir las penas y las alegrías, una mesita que se arma a la hora que entran ganas de jugar dominó y, sobre todo, una gama de artefactos que se fue volviendo espléndida y frondosa como para que, constantemente, suene la música propia o la ajena; una familia de instrumentos desde donde, a cada rato, brotan pedazos de canciones, canciones completas -propias o ajenas también- que, si de ella depende, no van a correr el riesgo de andar silenciadas o caer en el olvido.

La gorda Sara es ella misma una casa espaciosa donde caben el baile, la jarana y la reflexión más aguda pero, sobre todo, el ademán cariñoso y la necesidad de compartir todo aquello que a la vida se le haya ido ocurriendo colocar a su disposición. Ella ha cantado a las heroínas y a los héroes y se ha encargado de poner el claro el mérito supremo y el valor del hombre y la mujer sencillos cuyo ejercicio es la sazón de la vida misma en las batallas grandes y en el quehacer de todos los días. (Fragmento de un artículo de la compositora Marta Valdés publicado en Cubadebate y que inspiró a Kaloian para realizar este fotorreportaje)