“Fidel, el ballet y Alicia”: Entrevista a Miguel Cabrera, historiador del BNC

Miguel Cabrera junto Alicia Alonso.

Llegué a la sede del Ballet Nacional de Cuba (BNC) con las expectativas de quien entrará por primera vez a un lugar sagrado. Allí, puntual, nos esperaba Miguel Cabrera, profesor, investigador, escritor e historiador de esta institución; al que muchos consideran “enciclopedia del ballet nacional cubano”.

Nunca nos habíamos visto en persona. Sin embargo, poseedor de la gracia de los grandes anfitriones, logró que la conversación naciera amena. Sin percatarnos, la entrevista comenzó mucho antes de que cámaras y micrófonos estuvieran listos para grabarlo. Aceptamos sin titubear su sugerencia de locación y subimos hasta el local que lo ha visto trabajar durante los últimos 56 años.

Más que una oficina, parece un apéndice del archivo histórico nacional. Rodeado de revistas, libros (algunos de su autoría), manuscritos, premios, fotografías de Alicia y de Fernando Alonso, de personalidades de la política y de la cultura cubana e internacional, de bailarines de talla mundial, y de un sinfín de recuerdos vivos se sienta el historiador en su puesto, a quien la luz que entra por la ventana —la única luz en la habitación— iluminándole solo la mitad del cuerpo, crea un claroscuro en su rostro a la altura misma del trágico origen de nuestro ballet.

“Creo que es justo, creo que es un deber del Ballet Nacional de Cuba rememorar las estrechas relaciones que tuvo el Comandante Fidel Castro con Alicia y con el ballet cubano”. Con esta declaración de principios comenzó Miguel Cabrera a adentrarnos en los recodos históricos de esa indiscutible trinidad “Fidel-Ballet-Alicia”.

La compañía fundada un 28 de octubre de 1948 bajo el nombre de Ballet Alicia Alonso, con una clara vocación social desde sus inicios, muy pronto fue víctima del chantaje de Fulgencio Batista, quien pretendió —en el año 1956— que el ballet le sirviera de propaganda al régimen del dictador o, de lo contrario, el caudillo le retiraría la escasa subvención que recibían desde 1950. “Son páginas de mucho decoro (…) que hicieron que la compañía cesara. Alicia se negó a bailar en Cuba mientras ese sistema existiera”, nos confirmó el historiador.

El triunfo revolucionario del 59 representó para estos bailarines la posibilidad, no solo de regresar al fin a una patria libre, sino, además, de refundar un ballet cubano igualmente libre y creador; impregnado del espíritu de la época que recién se iniciaba. Entre los acontecimientos que marcaron el primer año en Revolución, y que solo a posteriori seríamos capaces de comprender en toda su magnitud, se halló la visita del líder a la casa de Alicia y Fernando con el propósito de reorganizar al “disperso” ballet nacional de Cuba y otorgarle a su vez el respaldo material y el lugar que siempre debió tener en el imaginario colectivo.

Pero, ¿cómo nació en Fidel aquel temprano sentimiento de solidaridad y simpatía hacia el ballet y sus principales figuras? ¿Cómo había ganado conciencia de su importancia para la salud espiritual de la nación? Y es que entre el líder y los bailarines coexistieron dos figuras que fueron decisivas tanto para el ballet como para la lucha armada: el comandante Julio Martínez Páez y el capitán del Ejército Rebelde Antonio Núñez Jiménez; quienes, luego del triunfo, ocuparon altas responsabilidades dentro de aquel gobierno revolucionario.

El primero (Julio Martínez Páez): médico ortopédico famoso, presidente del patronato “Alicia Alonso Pro Ballet”, profesor de anatomía de la Academia de Ballet Alicia Alonso; “un hombre que comprendió muchísimo el valor que tenía la presencia del ballet como un elemento de la cultura cubana”. Pues, justamente, “ese cercano colaborador de la Compañía se va a la Sierra, es miembro de la Columna José Martí” y trabajó directamente con Fidel, a quien en los recesos de los combates “le hablaba [del estado de la Compañía y] de las cosas que había que cambiar en Cuba”.

Y el segundo (Antonio Núñez Jiménez): científico, geógrafo, escritor, autor de un libro de geografía de Cuba que sería quemado por en dictadura por denunciar la miseria en la que vivía el país, amigo cercano de los Alonso; también partió a la lucha en la Sierra, donde fue topógrafo y combatió bajo la dirección del Che. La persona que posibilitó aquella icónica noche del 59, donde Fidel, Alicia y Fernando se conocieron en persona y cambiaron para siempre el destino del ballet en Cuba.

A partir de su pronta reorganización, la Compañía se convierte en Embajadora del gobierno revolucionario. El 20 de mayo de 1960, Fidel —desde su cargo de Primer Ministro y bajo la legalidad que caracterizó a la Revolución— firmó la Ley 812 para garantizar la existencia material del BNC, el reconocimiento de “su eximia primera bailarina”, y el lugar esencial de la danza dentro del desarrollo de las artes en el país.

Miguel viste una guayabera azul clara, cubanísima, justo como la historia que nos cuenta. Tiene 86 años. Pero, a juzgar por la memoria prodigiosa y el ímpetu al hablar de estas cosas —el mismo que emplea para subir y bajar varias veces al día aquellas elevadas escaleras que nos trajeron hasta su oficina— se me parece más al jovencito que veo en sus fotografías, que al viejo cronista sentado frente a mí: tesorero de cientos de anécdotas y secretos inéditos.

Miguel Cabrera junto Alicia Alonso.

Nos habla de Fidel con la misma admiración que de Alicia, y viceversa. No sabría decirles dónde pone el límite entre ambos, porque para él ese límite no es real. Es como la identidad indisoluble entre Fidel, Alicia y el Ballet Nacional que nace de una raíz histórica tan poderosa como el amor a la patria; sentimiento común que cimentó para la posteridad ese vínculo, y que dio a luz a “la Escuela Cubana de Ballet como uno de los grandes logros de la cultura de la Revolución".

“Había una comunión de ideas entre él [entre Fidel] y Alicia”. Una “confianza absoluta en el talento que había en el pueblo cubano y en que siempre se puede. ¡Sí se puede!”

“No estoy contando cosas de una biblioteca” —reafirma Miguel Cabrera— “yo las viví”.

De Fidel no quiere concluir sin antes enfatizar “la admiración que él tenía por la obra de Alicia: de creer en su pueblo, y de que nosotros podíamos estar entre los primeros del mundo”. He aquí la clave de esa identidad entre la esencia de la Escuela Nacional de Ballet de Cuba y la esencia de la Revolución: nacer del pueblo, confiar en el pueblo y contar con el pueblo. Sin esas premisas no existirían ni Revolución socialista, ni Ballet Nacional.

Si hoy el BNC es patrimonio del pueblo, y no de una élite, fue gracias a la concepción revolucionaria de llevar el arte (y masificarlo) hacia todas las dimensiones de la vida cotidiana; de hacerlo inclusivo, accesible para todos sin distinción de ninguna clase. La cultura como derecho universal (y no como privilegio de pocos), gratuita y de calidad —debidamente institucionalizada desde los primeros años del triunfo— ha sido uno de los modos concretos que hemos tenido de vivir desde el arte esa justicia social que define a esta isla.

Esa remembranza va, desde aquella primera Compañía —que según nos recuerda el historiador en 1948 nació sin apoyo y con 40 miembros, de los cuales solamente 16 eran cubanos— hasta que se conquistó “el gran sueño”. “Cuba no tiene ningún extranjero”, afirma orgulloso; y su ballet se ubica entre los 5 mejores del mundo.

Desde ese sentido de pertenencia apela a la coherencia de Fidel, quien en el 2001 inauguró, en un majestuoso edificio de Prado, la sede que desde entonces ocupa la Escuela Nacional de Ballet. “Hoy, un guajirito de Remedios, Dani Hernández, Primer Bailarín del BNC”, es su director, continuador del legado de una de las artífices más importantes de dicha institución: Ramona de Saá.

“Creyeron en el futuro y cimentaron ese futuro: ahí tienes a Dani en la Escuela y a Viengsay en la dirección del BNC, una muchachita que asumió esa gran responsabilidad cuando ya la vida fue poniendo fin a la presencia física de la vida de Alicia aquí dentro. Viengsay asumió esa gran responsabilidad y lo hace con amor, lo hace con entrega”.

“En este centenario, no sería honesto de parte de los miembros del BNC, ni de los padres, los familiares, el público, no dejar testimonio de esa permanente visión de Fidel de la importancia que tenía para la cultura cubana el ballet. Y la Escuela Cubana es ese logro, y él está presente en ese logro”, concluyó Miguel.

Entre el Ballet Nacional y la Revolución Cubana media una sublime historia de amor —que comenzó antes de 1959— y que tuvo como principal motor no a un crítico de danza, no a un “balletómano”, sino a un dirigente político. Es la historia de una leal hermandad de los creadores de lo que hoy orgullosamente llamamos “Escuela Cubana de Ballet” junto a varios de los protagonistas de la lucha insurreccional en la Sierra Maestra. Y, especialmente, es la historia de la indeleble amistad entre Alicia y Fidel.

Costaría precisar con rigor dónde empieza uno y termina el otro al tratarse de sueños, valores y proyectos compartidos, tanto por aquellos bailarines fundadores, como por “los barbudos”. La sinergia que condicionó tal unión se forjó en la defensa de la patria, la resistencia contra lo indebido y la crueldad, la conquista de la libertad y la confianza absoluta en el pueblo.

Alicia Alonso junto a Fidel.

Todo esto, de alguna manera, está impregnado en las paredes, las aulas y los tabloncillos de la sede del Ballet Nacional de Cuba. Mientras permanecimos en ella no pude dejar de sonreír y de conmoverme; todas mis expectativas habían sido superadas. Las anécdotas de Miguel son funcionales a la mística del lugar y sé, desde ahora, que las recordaré cada vez que vea a nuestras bailarinas y bailarines, formados desde el rigor y la sensibilidad de aquellos padres y madres fundadores que hicieron historia.

Asegurémonos, entre todos, de que ese ballet —patrimonio del pueblo— no se vea profanado por las nuevas lógicas enajenantes; que la obra de Fidel no se convierta solamente en la nostalgia de las generaciones que bailaron frente a él; que, tanto esta sede, como la Escuela, continúen siendo lugares centrales desde donde se masifique el arte para el pueblo; y, que el ballet continúe siendo uno de los símbolos mejores —y sagrados— de la cultura revolucionaria cubana.

Alicia Alonso junto a Fidel.

Miguel Cabrera junto Alicia Alonso.

Miguel Cabrera junto Alicia Alonso.

Miguel Cabrera junto Alicia Alonso.

Miguel Cabrera junto Alicia Alonso.