José de Jesús Candelario Pons y Naranjo. Foto: Cortesía del autor.
El 11 de marzo de 1899, la Asamblea de Representantes de Cuba, conocida como Asamblea del Cerro, tomó una decisión que estremeció el país: destituir a Máximo Gómez como General en Jefe del Ejército Libertador.
La medida, fruto de un conflicto sobre un empréstito que la Asamblea gestionaba con Estados Unidos para licenciar a las tropas, fue interpretada por muchos como una puñalada en un momento muy delicado: la ocupación estadounidense comenzaba a mostrar sus verdaderas intenciones.
Ese día, en una casa de la calle Águila número 34, en La Habana, un hombre leyó el acuerdo con indignación. Era José de Jesús Candelario Pons y Naranjo.
Pons y Naranjo había nacido en Santa Clara el 2 de febrero de 1859. Periodista de oficio, desde finales de la década de 1870 había desarrollado una intensa labor de inteligencia en las ciudades cubanas, que permitió que el 5 de enero de 1895, en su casa de Crespo número 27, por órdenes de José Martí, reuniera a nueve patriotas y constituyera la Agencia General Revolucionaria de Comunicaciones y Auxilios, el organismo secreto que dirigiría la inteligencia de la guerra que se avecinaba, y de la cual fue su jefe indiscutible con el seudónimo de Agente General Luis.
Martí, a solo 26 días de su fundación, le escribió: “Vuestra obra de organización ha quedado perfecta de San Antonio a Maisí. ¡Cuánto trabaja Vd… cuánto nos queda por hacer!”.
La agencia, además de buscar información en la retaguardia enemiga, garantizaba las comunicaciones del Ejército Libertador y la República en Armas, desde Guantánamo hasta Pinar del Río, y también con el extranjero utilizando las propias vías españolas: telégrafos, trenes y embarcaciones.
Sus agentes penetraron el Estado Mayor General español y el consulado estadounidense en Cuba, coordinaron expediciones y nunca fueron detectados.
Perfecto Lacoste. Foto: Cortesía del autor.
Entre ellos había desde un acaudalado como Perfecto Lacoste, que entregara personalmente a Maceo los planos militares de Pinar del Río sustraídos del Estado Mayor español, hasta hombres humildes como Federico Malgrat, “El Diablo”, o Antonio Gavilán, “El Pájaro”, que dirigió la red en Caibarién y muriera en la indigencia y el olvido.
Cuando Pons supo de la destitución de Gómez, citó de inmediato a sus amigos en su casa. Allí se acordó convocar al pueblo de La Habana a una manifestación de adhesión al Generalísimo. Luego redactó personalmente el telegrama que enviaría a todos sus agentes en la Isla:
“Asamblea destituyó de su cargo General en Jefe. Pueblo sin distinción clases, esta capital incondicionalmente al lado Libertador. Organízase imponente manifestación de protesta. — Pons.”
Fue su última orden como Agente General Luis, y tuvo un eco inmediato: en Santiago de Cuba, Santa Clara, Pinar del Río, en todo el país, se celebraron actos similares de desagravio.
Y aunque la manifestación habanera había sido autorizada por el Gobernador Civil, Federico Mora, cuando alcanzaba su mayor esplendor, entre Carlos III y la Quinta de los Molinos, la Policía, al mando del general Mario García Menocal, quizás buscando con los estadounidenses el currículum que más tarde le permitiría ser presidente, arremetió con violencia contra el pueblo. Hubo varios heridos, y de no haber sido por la intervención del general Alejandro Rodríguez, habría habido muertos.
Aquellos policías, cubanos, la mayoría ex-mambises, fueron los primeros en mancillar el uniforme de una institución que se puso, desde entonces y durante sesenta años, al servicio de los que tenían terror de una revolución verdaderamente popular. Sin embargo, el acto llegó a su destino. En la Quinta de los Molinos, el sabio Carlos de la Torre dirigió la palabra al pueblo, que se puso incondicionalmente al lado del “Padre de la Patria libre”.
La Asamblea, desautorizada por la opinión popular, terminó disolviéndose el 4 de abril de 1899.
Pero, ¿cuál era la relación entre Gómez y Pons? Pues de confianza absoluta.
Dos días antes de la destitución, el 9 de marzo de 1899, Máximo Gómez le había escrito a Pons una carta reveladora, previendo lo que se avecinaba:
“Me urge ver a Vd. (…). Hay que activar la formación del Gran Partido Nacional de que hemos hablado varias veces; Vd. es el llamado a reunir los buenos amigos, llevar a término esta obra que la creo patriótica y de utilidad para Cuba. Hay que reunir a todos los hombres de buena voluntad y formar el Gran Partido con que soñó Martí. Vd. ha hecho mucho por la independencia de Cuba. Por Cuba algo le queda por hacer.”
Antonio Gavilán. Foto: Cortesía del autor.
Que Gómez, el hombre que había dirigido los ejércitos mambises, convocara precisamente a Pons para reconstruir el partido martiano no fue casualidad. Pons conocía la Isla palmo a palmo, tenía una red de agentes y contactos en cada pueblo, y había demostrado una lealtad absoluta a Martí y a la causa revolucionaria.
El Gran Partido Nacional, sin embargo, nunca llegó a cuajar como Gómez y Pons lo concebían. El proyecto de una agrupación única que aglutinara a todos los revolucionarios, la unidad que Martí había forjado en el Partido Revolucionario Cubano, y que Gómez quería prolongar en la República se diluyó en las contradicciones de la ocupación y las ambiciones de la naciente república burguesa. La intervención estadounidense, hábil en dividir, supo aprovechar las grietas.
Tras 1902, Pons y Naranjo no ocupó ningún cargo en los gobiernos de la república neocolonial. Se dedicó al periodismo. Dirigió Patria y Libertad, desde cuyas páginas batalló contra la corrupción y el oportunismo de quienes, habiendo prestado servicios a la guerra, se los cobraron después con prebendas y privilegios.
Su concepción del periodismo era combativa: “debe enseñar con su propia práctica a la sociedad, el sendero del bien, de la virtud, del deber, del patriotismo, y también rechazar con noble actitud la corrupción y el pillaje…”.
Murió el 30 de septiembre de 1933, en La Habana, y está enterrado en una humilde tumba del Cementerio de Colón. Ni un monumento, ni una calle, ni un recuerdo oficial. Su nombre sigue siendo, para la mayoría de los cubanos, un desconocido.
Su “última orden” no fue un acto de espionaje ni una operación de comunicación cifrada: fue una convocatoria al pueblo para defender la dignidad de quien había encarnado la unidad e intransigencia revolucionaria. Y esa orden tuvo eco en toda la Isla.
Hoy, cuando Cuba enfrenta desafíos que exigen unidad, determinación y claridad, la figura del Agente General Luis adquiere una vigencia deslumbrante. Porque nos recuerda que la revolución no se sostiene solo en los escenarios visibles, sino en el trabajo silencioso, disciplinado y leal de quienes no buscan gloria. Y nos advierte que la mayor amenaza no siempre viene del enemigo declarado, sino de quienes, desde dentro, intentan desmontar la obra de los que soñaron con una patria libre y justa.
Federico Malgrat. Foto: Cortesía del autor.