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Pese a siglos de dominio colonial y el posterior bloqueo estadounidense, Cuba ha logrado importantes logros guiados por el antiimperialismo, el internacionalismo revolucionario y la solidaridad entre los pueblos. Hoy, ante una de las etapas más oscuras de su historia, es momento de apoyarla y devolverle todo lo que le ha dado al mundo.
Hoy está puesta en juego, de modo radical, la existencia misma de la hermosa Cuba, cuya magnífica historia ha regalado al mundo cosas invaluables.
Cuba ha entregado el cuerpo y la sangre en las luchas de independencia y liberación de numerosos pueblos, desde Angola, Namibia y Sudáfrica hasta el Congo y Guinea-Bisáu. Ha puesto su solidaridad infinita, basada en los fundamentos del internacionalismo de su Revolución, al servicio de los más vulnerables: llevando médicos y cooperación sanitaria a Nicaragua, Venezuela, Mozambique, Brasil, México y Haití; recibiendo y atendiendo gratuitamente a miles de niños afectados por la catástrofe nuclear de Chernóbil; ayudando a combatir la ceguera a través de la Operación Milagro; enfrentando el ébola en África Occidental y enviando, a lo largo de más de seis décadas, brigadas médicas a 165 países, con la participación de más de 600 mil trabajadores de la salud.
Incluso frente a quien durante décadas la ha querido destruir, Cuba respondió con solidaridad. Tras el huracán Katrina, en 2005, ofreció a Estados Unidos el envío de más de 1,500 médicos para atender a las víctimas. Por supuesto, el imperio, desde su gran egolatría, rechazó la ayuda.
Aun atravesando uno de los períodos más difíciles y oscuros de su historia, comparable incluso con el llamado período especial tras la caída de la Unión Soviética, hace apenas unos meses Cuba volvió a poner el cuerpo y la sangre fuera de sus fronteras. Durante el ataque estadounidense contra Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro, 32 cubanos perdieron la vida mientras cumplían misiones de seguridad y defensa en ese país.
El internacionalismo cubano recoge dos grandes herencias: el pensamiento humanista, soberano y antiimperialista de José Martí, para quien “Patria es humanidad”, y el internacionalismo revolucionario y proletario de la tradición marxista, basado en la solidaridad entre los pueblos.
La Revolución Cubana, con Fidel, hizo de ambas tradiciones una práctica concreta y permanente. Cuba es quizá uno de los ejemplos más contundentes de este pensamiento llevado a la acción, tan profundamente necesario para nuestro tiempo.
La gran fortaleza de Cuba radica en la esperanza que le da a los pueblos que buscan liberarse de la dominación colonial e imperial, y por eso EEUU busca estrangularla
¿Qué país logró, en apenas un año, erradicar prácticamente el analfabetismo y hacer de la educación y del conocimiento un derecho, permitiendo que el hijo de un campesino o de un obrero pudiera llegar a la universidad y convertirse en médico, científico, artista o profesionista?
¿Qué país convirtió la salud en un derecho universal y fue capaz, siendo una pequeña isla del Caribe, de desarrollar una extraordinaria industria científica y biotecnológica, crear sus propias vacunas y alcanzar logros sanitarios reconocidos internacionalmente?
¿Qué país de América Latina ha alcanzado semejantes dimensiones en el deporte, formando generaciones de atletas capaces de competir con las grandes potencias y acumulando 244 medallas olímpicas, 86 de ellas de oro?
¿Qué país, sometido por generaciones a un bloqueo destinado a asfixiarlo, continúa defendiendo el conocimiento y la cultura como derechos de su pueblo, sosteniendo escuelas, universidades, bibliotecas y ferias del libro que, incluso en medio de una crisis devastadora, continúan llevando millones de ejemplares a todo el país?
¿Qué país tuvo la osadía de llevar a cabo una Revolución para transformar su sociedad de raíz y desafiar, a través de su ejemplo, al gran imperio norteamericano?
Quienes no conocen la grandeza de Cuba, de su gente y de su Revolución, se pierden una extraordinaria epopeya histórica: la lucha de un pueblo por conquistar y defender su soberanía frente a poderes inmensamente superiores.
Quienes la miran con recelo quizá no alcanzan a comprender lo que significa haber vivido durante siglos bajo el dominio colonial, sometido a intereses extranjeros, explotado y negado en su derecho a decidir su propio destino. Hasta que un día Cuba se alzó.
El “gran delito” de Cuba fue el atreverse a decidir por sí misma, sin aceptar imposiciones externas
Y no solamente se alzó para conquistar su independencia: se atrevió a imaginar que podía construir otro camino, transformando profundamente estructuras de explotación y de segregación racial que, heredadas de siglos de esclavitud y colonialismo, habían mantenido a la población afrocubana sometida a una profunda discriminación social y económica. Ahí radica una parte fundamental de su osadía.
Situada a apenas 150 kilómetros de las costas de Estados Unidos, Cuba decidió transformar su sociedad desde la raíz y defender su derecho a hacerlo frente a la potencia más poderosa del mundo. Su Revolución se levantó como un grito en defensa de su soberanía y como una esperanza para quienes buscaban liberarse de la dominación colonial e imperial.
Por eso la temieron y la temen, no por su poder económico o militar, sino por la fuerza de su ejemplo: porque demostraba que una nación podía rebelarse ante Goliat y construir otra forma de sociedad.
Durante más de seis décadas no la han dejado respirar. Desde el primer día del triunfo de la Revolución, Cuba ha pagado muy caro su decisión de no doblegarse. Ese ha sido su gran “delito”: atreverse a decidir por sí misma.
Estados Unidos ha sometido a Cuba a un bloqueo económico, comercial y financiero que constituye el sistema de medidas coercitivas unilaterales más prolongado de la historia contemporánea. No se trata simplemente, como muchas veces se pretende hacer creer, de que Estados Unidos haya decidido no comerciar con Cuba. Su alcance va mucho más allá de sus propias fronteras.
El bloqueo persigue transacciones financieras, dificulta el acceso de Cuba al crédito internacional, obstaculiza la adquisición de bienes esenciales, combustible y piezas de repuesto, y alcanza incluso a bancos y empresas de terceros países que mantienen relaciones comerciales legítimas con la isla. Su carácter extraterritorial convierte una decisión estadounidense en un mecanismo de presión sobre buena parte del sistema económico internacional.
En 2026, esta política de asfixia se ha recrudecido todavía más en el ámbito energético: Estados Unidos estableció un mecanismo para imponer aranceles a los países que proporcionen petróleo a Cuba, profundizando una crisis energética que atraviesa todos los ámbitos de la vida en la isla.
El pensamiento de la Revolución Cubana tiene dos principales fuentes de inspiración: las ideas humanistas, soberanas y antiimperialistas de José Martí, y el internacionalismo proletario de la tradición marxista
No estamos hablando de una abstracción geopolítica, sino de vidas humanas: de familias sometidas a apagones que pueden prolongarse durante días y de comunidades que han llegado a permanecer durante meses sin electricidad; de hospitales que necesitan energía, medicamentos y tecnología; y de una crisis alimentaria cada vez más profunda, en la que no hay alimentos suficientes para cubrir las necesidades de la población y frente a la cual los miles de toneladas de ayuda alimentaria enviados por países como México y China siguen siendo insuficientes.
Entre muchas otras cosas, esta creciente inseguridad alimentaria es lo que hace de este bloqueo un bloqueo absolutamente criminal, pues sus consecuencias recaen directamente sobre la vida de todo un pueblo.
¿Con qué derecho puede una potencia extranjera someter a otro pueblo a semejante estrangulamiento porque no acepta el sistema político que ese pueblo decidió construir?
El futuro de Cuba les corresponde decidirlo a los cubanos. Ellos tendrán que discutir su gobierno, sus instituciones y el país que desean construir. Nadie más.
Estados Unidos no tiene derecho a utilizar el hambre, la energía, el comercio y el poder financiero como instrumentos para imponerle a otro pueblo su propia idea de democracia. Primero pongan fin al bloqueo, después los cubanos podrán discutir qué futuro quieren, pero un futuro que haga honor a su propia historia y no a la historia que otros pretenden imponerles.
Resulta profundamente deshonesto juzgar a Cuba, a su gobierno, a su Estado y a su historia como si hubiera podido desarrollarse en condiciones normales. Y claro que ha habido errores. ¿Qué país, qué gobierno, qué pueblo no los comete cuando intenta construir su propio camino? Se insiste una y otra vez en presentarla como un “Estado fallido”, pero ¿cómo puede florecer plenamente una nación sometida durante generaciones a semejante presión económica, comercial, financiera y energética? ¿Cómo pueden señalarse sus carencias como prueba de su fracaso mientras se mantienen las condiciones destinadas precisamente a producirlas? ¿Cómo puede hablarse de libertad mientras se castiga a todo un pueblo por ejercer la suya?
A lo largo de más de seis décadas, Cuba ha auxiliado a 165 países a través del envío de brigadas médicas, las cuales incluso ofrecieron su ayuda a EEUU luego del paso del huracán Katrina
No se puede juzgar la historia de Cuba desde los parámetros de la supuesta democracia occidental mientras se le niega uno de los principios más elementales de cualquier democracia: el derecho a la autodeterminación.
Si todo lo que Cuba ha dado al mundo ha sido grande y generoso aun bajo estas condiciones, nunca podremos saber hasta dónde habría podido llegar sin el peso de un bloqueo que ha limitado brutalmente sus posibilidades de desarrollo. Déjenla vivir. Déjenla respirar. Déjenla construir, equivocarse, transformarse y decidir por sí misma. Pero déjenla hacerlo en libertad.
Cuba atraviesa uno de los momentos más dolorosos y difíciles de su historia. Sin comida en un plato no puede haber Revolución. Si no se transforman de manera efectiva las condiciones materiales que sostienen la vida, difícilmente podrán sobrevivir las conquistas sociales alcanzadas por la Revolución.
La gente tiene hambre. Está cansada de resistir. La inflación golpea a las familias y las carencias atraviesan la vida cotidiana. No podemos romantizar el sufrimiento ni pedirle a un pueblo que viva eternamente de su memoria heroica. La Revolución tiene que poder sostenerse también en la vida concreta de su gente, pero rendirse significaría renunciar a una historia construida con enormes sacrificios, abandonar una lucha de generaciones y permitir que finalmente sea el estrangulamiento impuesto desde fuera el que determine el destino de Cuba.
El legado de la Revolución y de Fidel es hoy una brújula para un tiempo en que las naciones vuelven a ser atacadas, agredidas y sometidas. La lucha por la soberanía vuelve a ser esencial, no solo para Cuba, sino para el resto del mundo y, especialmente, para Nuestra América, como la llamó Martí.
El sueño martiano y bolivariano aún no se cumple. Tenemos pendiente la construcción de un territorio latinoamericano verdaderamente soberano, capaz de decidir su propio destino y de liberarse, de una vez por todas, del dominio imperialista que busca someterlo, estrangularlo, apropiarse de sus recursos y aplastar a sus pueblos.
¡Basta ya del saqueo continuo del Sur Global, de la dominación colonial y neocolonial! Fidel lo expresó con una lucidez extraordinaria hace más de seis décadas: “¡Desaparezca la filosofía del despojo, y habrá desaparecido la filosofía de la guerra!”
Cuba vivió durante siglos bajo dominio colonial, por lo que no pudo desarrollarse bajo condiciones normales
Qué falta hace hoy esa valentía y qué falta hacen dirigentes capaces de nombrar de frente la injusticia, sin cálculos, sin eufemismos y sin miedo a las consecuencias políticas de hacerlo.
Fidel lo hizo en defensa de los pueblos oprimidos y, entre tantos otros ejemplos, frente a Palestina: en 1979 denunció ante las Naciones Unidas el “desalojo, persecución y genocidio” contra el pueblo palestino. Para Fidel, la solidaridad internacionalista no era una consigna, sino una manera de comprender la Revolución y la humanidad, y quizá por eso su pensamiento resulta tan necesario en este momento.
Hoy más que nunca, todos los revolucionarios, todos los humanistas, todos los que defendemos a la humanidad, tenemos el deber de poner nuestro pensamiento y nuestra acción al servicio de esta lucha, de estar hombro a hombro en defensa de Cuba y de hacerle saber al pueblo cubano que no está solo y que no lo vamos a abandonar.
Es nuestro deber devolverle a Cuba la solidaridad invaluable que durante tantas décadas le ha otorgado al mundo. Con la fuerza del corazón y de la unidad, desde distintos puntos del planeta, lucharemos juntos para acabar con el bloqueo criminal que se ejerce sobre esta tierra libre y soberana.
En tiempos de decadencia de los valores más elementales de la humanidad, la Revolución Cubana es un ejemplo de valentía, dignidad y resistencia. Su llama solidaria y su gran enseñanza seguirán vivas, inspirando las conciencias de quienes defienden la lucha digna de los pueblos por su libertad.
Cuba no está sola. Nosotros estaremos ahí para proteger su corazón noble y estar junto a su pueblo. Porque a Cuba no se le da la gana ser una colonia norteamericana, sino una isla libre y soberana.
Cuba querida, que tu pueblo y tu lucha sigan siendo inspiración para la humanidad. Que seas siempre un faro para Latinoamérica y para el mundo, en favor de la liberación y la paz de todos los pueblos.
(Tomado de Cubainformación)