Imagen de la conocida Tumba de la Lealtad, tomada de FOTOS DE LA HABANA (Grupo de Facebook) Autor: Danny Millán.
En la necrópolis habanera de Colón, una sepultura llama poderosamente la atención de los visitantes. Sobre la losa, la imagen yacente de una mujer tiene echada a sus pies a un perrito. Es Jeannette Ryder, fundadora del Bando de Piedad. Cuando la inhumaron, su perro Rinti se tendió junto a la tumba, rechazó hasta el final el agua y los alimentos que le ofrecían los empleados del cementerio y la escultura lo inmortalizó junto a su dueña. Es el monumento a la lealtad.
La Ryder, norteamericana asentada por largos años en Cuba, sobresalió, apunta el investigador Jorge Domingo Cuadriiello, por sus nobles sentimientos cristianos, su sensibilidad extrema y su firme voluntad de hacer el bien. “Nosotros hablamos por los que no pueden hablar”, fue su divisa.
ESTRAFALARIA Y CHIFLADA
Precisa Domingo Cuadriello: “Al poco tiempo de su llegada a La Habana esta mujer se inició en la tarea de ofrecerles ayuda a los numerosos niños desamparados que recorrían la ciudad, se dedicaban a vender periódicos en el mejor de los casos o al hurto continuado…. De igual modo, indignada por el trato cruel que recibían en la calle, a la vista de todos, los caballos y otros animales de tirro, apaleados sin compasión por sus dueños para que transportasen cargas excesivas, se enfrentó a esa práctica habitual y recurrió a las autoridades para ponerle fin. En igual sentido de protección a los animales se dedicó a socorrer con alimentos a los numerosos perros y gatos abandonados en la ciudad.
“Muy pronto se fue extendiendo la noticia de que una estrafalaria y chiflada mujer se enfrentaba a los rudos carretoneros cuando castigaban a sus caballos, cargaba con bolsa de alimentos para repartirlos entre perros y gatos sarnosos y se detenía a sermonear a los pilluelos. La burla y el sarcasmo cayeron sobre ella con saña, pero no lograron causarle el menor daño ni hacerle variar su actitud. Convencida de lo correcto y lo necesario de su proceder, continuó recorriendo cada dia la ciudad y paulatinamente el menosprecio hacia su persona se fue tronado asombro, respeto y admiración. Algunos se acercaron a ella para acompañarla en aquella noble cruzada, y alcontar entonces con un grupo de seguidores, Jeannette Ryder fundó el 27 de octubre de 1906 el Bando de Piedad”.
El empeño no era nuevo en la Isla. En Los orígenes del asocionismo en Cuba, el historiador Reinaldo Funes Monzote dice que las primeras referencias a la necesidad de una sociedad de animales datan al menos de mediados del siglo XIX, y pone de relieve que las ordenanzas municipales de la Colonia contenían regulaciones destinadas a la protección de los animales. Ya en 1881 el municipio disponía el peso máximo para las cargas de las carretas tiradas por bueyes y carretones de mulas, y penalizaba la adulteración de la leche, la contaminación de las aguas y las peleas de perros.
La Constitución española de 1876 y el fin de la Guerra de los Diez Años, en 1878, favorecieron la proliferación en La Habana de sociedades de diversa índole, entre ellas, la Sociedad Cubana Protectora de Animales y Plantas, en 1882. Dos años más tarde se creaba la Sociedad Protectora de los Niños de la Isla de Cuba. Los esfuerzos por consolidar una asociación dedicada a promover la protección de los animales renacieron tras el fin de la dominación española, asevera Funes Monzote. La intervención militar norteamericana y la instauración de la República fueron un buen momento para reafirmar esas aspiraciones.
Cuba dejaba atrás 30 años de guerra y se imponía superar el legado nefasto de la Colonia y de la esclavitud. La contienda bélica cerraba con el saldo de cuantiosas pérdidas humanas y materiales, y el analfabetismo, elevadísimo, lastraba el progreso nacional. Se imponía entonces restaurar la sociedad y rigió un nuevo sistema de enseñanza. El problema social del país era, sin embargo, más grave y complejo. Miles de desplazados por la guerra se concentraban en las poblaciones, principalmente en La Habana, y niños, ancianos, dementes y mutilados, en total desamparo, vagaban por las calles, y poco hacían por ellos el gobierno central y los municipios, Para paliar su desgracia surgió la Sociedad Protectora de Niños, Animales y Plantas, también conocida cono Bando de Piedad, que adoptó como lema estas palabras, “Nosotros hablamos por los que no pueden hablar”,
UNA CARGA EXCESIVA
Auspició el Bando un dispensario para prestar asistencia médica gratuita a menores y estableció un reparto de leche y pan para mendigos. Llevó desayuno a mujeres detenidas en unidades policiales, combatió el propósito de restablecer en la Isla las corridas de toros y abogó por la suspensión de las academias de baile, las llamadas escuelitas, que eran, en verdad, centros velados de prostitución.
Aunque por ese camino nunca terminarían de resolverse los problemas sociales del país, la prédica y el quehacer de la Ryder ganaron espacios y seguidores. Era el Bando de Piedad una organización de limitadas posibilidades económicas que se sostenía, en lo esencial, gracias a la caridad pública y que estiraba al máximo sus escasos recursos a fin de beneficiar con ellos a la mayor cantidad de necesitados. El proceder humanitario de Jeannette, secundada siempre de manera activa por su esposo, el médico norteamericano Cliford Ryder, permeó también las esferas oficiales, y en 1915 el gobierno del mayor general García Menocal cedió al Bando el edificio de Paula esquina Picota, en La Habana Vieja, que sirvió a albergue a numerosos niños en estado de orfandad. Tuvo la organización su propia revista que contó entre sus colaboradores al periodista Félix Soloni y al ensayista Juan Marinello.
La Ryder tenía 33 años de edad en el momento de su llegada a Cuba. Pasó el tiempo y resultó excesiva la carga que soportaba su débil constitución física. En las primeras semanas de 1931 se le diagnosticó una seria dolencia pulmonar. Fueron inútiles los esfuerzos por salvarla. Falleció, asegura Domingo Cuadriello, el 11 de abril; el 10 se afirma en Cuba en la mano.
VACÍO IRREPARABLE
Su muerte dejó un vacío irreparable en el Bando de Piedad. Los tiempos en que ocurrió el deceso no eran los mejores. Arreciaba la lucha contra la tiranía de Machado y la crisis económica empujaba a la miseria a un número cada vez mayor de familias. Por consiguiente, las donaciones y legados eran cada vez menores y más esporádicos. Para colmo de males, surgieron pugnas entre algunos de sus miembros. Por suerte, el Club Rotario intervino y con su apoyo monetario pudo la organización proseguir su labor.
En 1934, el dibujante Ricardo de la Torriente, el creador del personaje de Liborio, legó al Bando una finca rústica en el Cotorro. En dicho predio, en un moderno edificio construido al efecto, entró en servicio una escuela-albergue que acogió a numerosas niñas.
El Bando de Piedad existió hasta 1959 cuando al Estado asumió sus funciones. Su última clínica veterinaria, con servicios gratuitos, abría sus puertas en Trocadero, 413, en Centro Habana. Desde hace años la Asociación Cubana para la Protección de Animales y Plantas acomete una encomiable labor, no siempre reconocida, en la vacunación, desparasitación y esterilización de animales. Lo mismo hace la Oficina del Historiador de La Habana, y no faltan personas que aportan al tema tiempo y recursos, convenidos de que mientras más indefensa se encuentre una criatura más derecho tiene a que el hombre la defienda de la crueldad del hombre.