Una familia en el centro de la pasión por la ciencia

Ricardo Martínez, jefe de Procesos de Operaciones en Fronteras

En los pasillos del Centro de Inmunología Molecular (CIM) se respira un ambiente que trasciende lo laboral. Quienes allí trabajan no solo cumplen funciones técnicas o administrativas; son parte de una misión que, según sus propias palabras, “se revierte en calidad de vida para los pacientes”.

Leonardo Ricardo Martínez, jefe de Procesos de Operaciones en Fronteras, lo expresa con convicción: el CIM genera un compromiso que impulsa a todos los que forman parte de él.

Fundado en 1994, el Centro de Inmunología Molecular se ha consolidado como una institución de referencia en la biotecnología cubana y con prestigio internacional. Sus productos son fruto de un esfuerzo continuo por innovar y mantener altos estándares de calidad. Entre ellos destacan:

Sin embargo, como señala Martínez, la labor no está exenta de obstáculos. El bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos afecta directamente el quehacer del CIM. La dificultad para acceder a productos de alta calidad —en muchas ocasiones de fabricación norteamericana— limita la disponibilidad de insumos y obliga a buscar alternativas. “Eso nos ha hecho ser más innovadores”, afirma Martínez, quien reconoce que la adversidad ha estimulado la creatividad y la búsqueda de soluciones propias.

Para el entrevistado, “lo que no es una opción es dejar de producir salud y bienestar”.

Martínez también habla del impacto personal del bloqueo. Su hijo padece una condición de salud que requiere medicamentos y terapias cuyo acceso se ve restringido por las mismas limitaciones que afectan al CIM. Esta vivencia —dice— le ha permitido comprender de manera más profunda la importancia de lo que hacen. “No somos solamente trabajadores —subraya—, también somos padres, hijos”, y la afectación del problema llega al núcleo familiar.

A pesar de las dificultades, el testimonio de Martínez destila esperanza y determinación. Habla del CIM como una “gran familia”, donde la vida personal y profesional se entrelazan. Su esposa también trabaja en la institución, y las amistades forjadas allí son parte de la cotidianidad. Los cumpleaños y las actividades compartidas incluyen a hijos de directivos, técnicos y almaceneros, lo que evidencia un ambiente de cercanía y pertenencia.

Cuando se le pregunta qué cambiaría, Martínez reflexiona: “El CIM se transforma en tu vida cotidiana, y pensar en querer cambiar algo de eso es muy difícil”. Sin embargo, tiene claro lo que no desea: que el Centro desaparezca, que se deje de hacer ciencia en el país, que se pierda la referencia mundial alcanzada. A pesar de las regulaciones y medidas impuestas, defiende la necesidad de “penetrar los mercados dominados por las trasnacionales ” y de “hacer nuestro espacio en un mundo donde se reconozca la seriedad con la que se hacen los medicamentos”.

Su mensaje final es contundente: lo que las medidas de bloqueo buscan, con su arreciamiento, es exactamente lo que él y sus colegas no quieren. La determinación de seguir adelante, de mantener el compromiso con la ciencia y con la vida, es lo que define al CIM y a quienes lo integran.

El Centro de Inmunología Molecular continúa siendo un pilar de la ciencia cubana, demostrando que la soberanía tecnológica y el humanismo pueden sostenerse incluso en condiciones adversas. Con más de tres décadas de historia, sus aportes verificados —desde anticuerpos monoclonales hasta vacunas contra pandemias— consolidan su lugar como referente mundial, y el testimonio de sus trabajadores refleja que el motor principal no es solo la innovación, sino la convicción profunda de que cada avance científico es, ante todo, una victoria sobre el sufrimiento humano.