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Detrás de las cifras estáticas que la historia oficial suele consignar, late siempre el pulso intangible de la memoria humana.
Tras diez años de paciente orfebrería documental y testimonial, la Doctora en Ciencias Yeniska Martínez Díaz —profesora titular e investigadora del Centro de Estudios Educacionales en la Universidad de Ciego de Ávila— logró reunir las voces dispersas de un suceso que marcó a fuego la conciencia de dos continentes: la masacre de Cassinga, perpetrada el 4 de mayo de 1978 en suelo angolano.
En esta primera entrega, la autora de Cassinga, La verdad de una masacre y Guardianes de Cassinga: La epopeya de los avileños, desentraña las motivaciones éticas y el encargo político que dieron vida a una obra de referencia obligada para la historiografía contemporánea.
—¿Cómo nació el impulso de adentrarse en la penumbra de Cassinga y por qué articular esta indagación en dos entregas bibliográficas?
La motivación surgió de una doble exigencia moral: el deber ineludible de honrar a las víctimas junto al heroísmo de nuestros combatientes, y la responsabilidad científica de desmantelar la falacia que pretendió sepultar una tragedia bajo el manto del olvido o de la distorsión bélica.
Conviene precisar que esta empresa no fue el fruto de un arrebato individual. Nació en las vísperas del trigésimo aniversario de la masacre, cuando el doctor Rodolfo Puente Ferro, al frente del área de África en el Comité Central del Partido, solicitó revisar la información que el colega Dagoberto Massip Puentes y yo veníamos sistematizando desde el territorio avileño.
Poseíamos la nómina de los heridos, la certeza sobre los ocho caídos de nuestra provincia y una primera cartografía de los sobrevivientes diseminados por el archipiélago.
En aquel escenario conmemorativo —ante el cuerpo diplomático africano, la Asociación de Combatientes y los jefes del grupo táctico Número 2 de Tchamutete— se acordó concebir un libro binacional cubano-namibio.
Asumí entonces la condición de mero cauce, el instrumento para trasladar esas voces vivas hacia el futuro como un testimonio de amor, rigor ético e internacionalismo.
—¿Frente a qué paredón ideológico se estrelló la verdad sobre este episodio?
Cassinga fue víctima de una operación de encubrimiento mediático masivo.
Mientras el régimen racista del apartheid intentaba justificar el zarpazo presentándolo como la neutralización de un enclave militar, la realidad —sostenida por los sobrevivientes namibios, angolanos y los propios soldados cubanos— confirmaba que se trató del exterminio premeditado de un campamento de refugiados civiles.
Nuestra investigación respondió a la advertencia profética del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, cuando sentenció que la historia jamás podía permitir el olvido de aquella matanza. Bajo la guía de Jorge Risquet Valdés y del propio Puente Ferro, nos dimos a la tarea de ofrecer el reverso luminoso de la verdad frente a la calumnia.
—¿Qué distingue al texto matriz de la entrega dedicada a los combatientes avileños?
La envergadura de los acontecimientos exigía dos escalas de observación. Guardianes de Cassinga: La epopeya de los avileños es una obra de observación cercana, un tributo a cerca de 60 testigos e integrantes de las baterías antiaéreas que, en absoluta desventaja frente a los pases rasantes de la aviación enemiga, estuvieron dispuestos a entregar su sangre para proteger a la población namibia. Es, en palabras del escritor Rafael de Águila, un “sagrado e inolvidable brío de almas”.
Por su parte, Cassinga. La verdad de una masacre... representa el volumen orgánico, la reconstrucción holística del mapa político, militar y humano del suceso.
Ambas entregas se entrelazan como el tronco y la rama de un mismo árbol: no se duplican, se dotan de sentido mutuo.
Los protagonistas y la defensa de Cassinga
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Aquella mañana del 4 de mayo de 1978, el cielo de Cassinga se encapotó con el estruendo de la aviación Mirage y el descenso helitransportado de las fuerzas élite del apartheid.
Apenas a 16 kilómetros de distancia, un contingente táctico cubano comprendió que la humareda en el horizonte no era un ejercicio de rutina, sino el exterminio de una comunidad de refugiados.
—Dentro del mapa del enfrentamiento, las baterías antiaéreas ocupan una dimensión trágica y luminosa a la vez...
Sin restarle un ápice de gloria a la infantería motorizada, a los tanquistas, a los zapadores o a la plana mayor, la realidad histórica demuestra que la artillería antiaérea pagó el precio más alto en vidas humanas: nueve de las 16 bajas mortales cubanas pertenecían a esas dotaciones, conformadas en su inmensa mayoría por jóvenes avileños.
Como bien ponderó el diplomático Ángel Dalmau Fernández, embajador pionero en Namibia y Sudáfrica y mentor insustituible de nuestra investigación, no podíamos postergar la memoria de aquellos muchachos que marcharon por el terraplén de Tchamutete hacia la muerte.
Avanzaron “a pecho descubierto”, como describiría Fidel, operando sus “cuatro bocas” a la intemperie mientras la metralla enemiga buscaba silenciar la columna. Guardianes de Cassinga nació para devolverle el rostro a esos vecinos sencillos que hoy caminan por cualquier callejón de nuestros pueblos sin reclamar galardones.
—¿Cómo se articuló la respuesta militar frente a un enemigo con aplastante superioridad tecnológica?
Es preciso recordar el escenario: el MPLA había consolidado la independencia angolana con el respaldo de las tropas cubanas, muchas de las cuales, en 1975 llegaron directo de las escalinatas de los aviones al combate.
Sin embargo, la región continuaba convulsa porque el territorio servía de retaguardia segura para los movimientos de liberación, entre ellos la SWAPO (de Namibia). El ataque sudafricano pretendía decapitar esa retaguardia. En pocas horas cercenaron más de 600 vidas.
El desastre no derivó en una aniquilación total porque nuestras unidades, cuyos médicos ya prestaban auxilio sanitario en el campamento civil antes de las bombas, reaccionaron con valentía sobrehumana.
Conscientes de la desproporción de fuerzas, los tanques, la infantería motorizada y la artillería cubana irrumpieron en la zona, forzando la huida precipitada de las tropas racistas. Allí la sangre namibia y la cubana se sellaron en un mismo surco.
—Sostener una afirmación de esa trascendencia exige un soporte documental inexpugnable. ¿Cuál fue el tejido de su investigación?
El libro Cassinga. La verdad de una masacre... constituye el resultado de entrelazar 405 testimonios directos de combatientes cubanos procedentes de 12 provincias y 47 municipios de la isla.
Deviene un mapa vivo del país en armas: desde Pinar del Río hasta Guantánamo, pasando por el centro de la nación.
A esa masa de memoria oral sumamos el testimonio dramático de los sobrevivientes namibios, las vivencias de angolanos y cubanos; así como la revisión crítica de la bibliografía y partes militares sudafricanos.
Fue un ejercicio de orfebrería metodológica para verificar distancias, horas, impactos y posiciones de desembarco y embarque, logrando levantar un expediente irrebatible contra la mentira.
La editorial, el legado y la verdad histórica
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Toda investigación histórica que desafíe las versiones hegemónicas requiere un cobijo editorial capaz de defender la verdad con rigor científico y compromiso ético.
—¿Qué significado entraña que una investigación de esta naturaleza haya sido asumida por el sello de las Fuerzas Armadas Revolucionarias?
Cualquier institución editorial cubana habría acogido con orgullo las páginas de esta epopeya. Sin embargo, la Casa Editorial Verde Olivo posee una significación orgánica con el rescate de la memoria patria.
Debemos recordar que su semilla fue la revista fundada el 10 de abril de 1959 por el Comandante Ernesto “Che” Guevara, concebida como una trinchera del pensamiento.
Una obra que no buscaba la complacencia anecdótica, sino la precisión historiográfica para desmontar la narrativa del apartheid, requería el aval y la exigencia de una editorial con esa tradición. Que actores de tres naciones —cubanos, namibios y angolanos— convergieran en sus páginas constituye la prueba más alta de confianza en el prestigio de esa casa editora.
—Diez años de trabajo suponen un desgaste intelectual y humano severo. ¿A qué escollos hubo de enfrentarse antes de la imprenta?
Fue un decenio de gestación compleja: obtener el testimonio preciso, cruzar la evidencia documental, someter el texto a múltiples arbitrajes académicos y superar vacíos de memoria o cautelas institucionales, algunas justificadas y otras estériles.
La actuación en Cassinga no posee el oropel de una victoria triunfalista sin sombras; fue un acto de contención agónico, doloroso y profundamente desgarrador.
Por ello, la urgencia de reparar el silencio alrededor de los combatientes cubanos nos llevó a publicar primero la síntesis de los avileños con Ediciones Ávila, mientras el gran tomo matriz completaba sus exigentes fases de revisión técnica con Verde Olivo.
—En el contexto del centenario del Comandante en Jefe y ante las constantes campañas por deslegitimar las misiones de solidaridad de Cuba, ¿qué lección ofrece Cassinga al observador contemporáneo?
Asistimos a una embestida feroz contra la colaboración cubana en el exterior, una estrategia de asfixia que no difiere en sus esencias de la que aplicaron contra los soldados en África o contra la alfabetización en 1961.
Frente a la difamación financiada, la historia responde con hechos inapelables: más de 55 000 combatientes en Angola, miles de jóvenes del Tercer Mundo formados en las aulas de la Isla de la Juventud y una red de salud que ha llevado sanadores y maestros a los rincones más olvidados del planeta.
Ahí está también el testimonio del Doctor Ramiro Guedes Díaz en Sierra Leona, recogido en el volumen Ante el Ébola, médico, no héroe.
El legado de Fidel no habita en monumentos inanimados; reside en esa capacidad de un pueblo pequeño para situar la dignidad humana por encima de cualquier coyuntura económica.
Cassinga nos enseña que la verdad histórica es el único antídoto contra el neocolonialismo cultural, que pretende adormecer la conciencia de las nuevas generaciones.
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(Tomado de ACN)