Tras el impacto de los huracanes Flora y Cleo en el territorio cubano, en 1963 y 1964, el Comandante en Jefe Fidel Castro, entonces Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, indicó fortalecer y redimensionar el Servicio Meteorológico Nacional. Entre las medidas adoptadas con ese fin estuvo asignar el financiamiento para adquirir dos radares destinados a la vigilancia meteorológica.
El objetivo principal era elevar la eficacia de las alertas tempranas. Para ello, uno debía cubrir el territorio de occidente, y el otro el oriente del país.
Los radares habrían podido adquirirse en los Estados Unidos, pero las regulaciones del bloqueo establecido por el gobierno norteamericano lo hacían imposible. En vista de ello, se optó por comprar dos radares modelo Decca-42, fabricados en Reino Unido.
A mediados de 1965 se recibió el primero, pagado en efectivo, a fin de eludir las dificultades en la transacción debidas al citado embargo. El primer radar se instaló en la sede de Instituto de Meteorología, en Casa Blanca, mientras el segundo fue proyectado para el pico Turquino. Pero las dificultades del relieve serrano eran muy grandes allí, y se optó por instalarlo en una estación climatológica que ya existía en Gran Piedra, con similares horizontes de exploración radioeléctrica, a 1 214 metros de altura, y con mejores condiciones de accesibilidad.
Los Decca-42 operaban en una longitud de onda de tres centímetros, tenían una potencia nominal de 75 Kilowatts, y un alcance de 400 kilómetros. La antena podía girar aun con vientos de 100 km/h en la localidad, en tanto la estructura fue calculada para resistir 200 km/h. La energía la proporcionaban dos grupos electrógenos, uno de ocho Kilowatts y otro de diez Kilowatts, generando corriente trifásica de 220 Volts. La instalación contaba con radioenlace por microondas, para trasmitir los datos hacia La Habana.
La base de hormigón, el recinto técnico, y la plataforma para la antena se diseñaron y construyeron íntegramente en Cuba, con personal especializado del Ministerio de la Construcción. El local para los operadores guardaba similitud con las instalaciones turísticas en las proximidades, a fin de mantener la unidad de estilo histórico y la armonía ambiental asociada a los antiguos cafetales de la zona. La obra civil y el equipamiento costaron 65 000 dólares, equivalente a más de medio millón, al valor actual.
En la última semana de agosto, Antonio Núñez Jiménez, Presidente de la Comisión Nacional de la Academia de Ciencias de Cuba, y Mario Rodríguez Ramírez, Director del Instituto de Meteorología, llegaron a Gran Piedra para comprobar in situ el funcionamiento de los aparatos. Los ingenieros soviéticos Basili Kuznetsov y Boris Vasiliev, que antes habían asesorado la instalación de un radar soviético ARS-3 situado en el aeropuerto de Camagüey, fueron invitados a presenciar las comprobaciones.
Durante la prueba, la pantalla del radar mostró los ecos generados por cinco tormentas eléctricas sobre el Estrecho de Colón.
La estación de Gran Piedra quedó operativa el 6 de septiembre de 1966, cuando Núñez Jiménez cortó la clásica cinta que franqueó el acceso. En adición, quedaba inaugurada la primera red radárica en la historia de Cuba, formada por tres unidades: un equipo Decca-42, en La Habana; un ARS-3 en Camagüey; y el otro Decca-42, en Gran Piedra.
Cualquier sistema meteorológico quedaría bajo vigilancia veinte horas antes de tocar tierra, ofreciendo cobertura a casi todo el territorio insular.
A sesenta años de aquel acontecimiento, corresponde reconocer la labor de nuestro Instituto de Meteorología, y en especial la de los ingenieros, técnicos y operadores del Centro Nacional de Radares, con sede en el Centro Meteorológico Provincial de Camagüey.
Asimismo, reconocer al Centro Provincial de Santiago de Cuba, garante del equipo actual emplazado en Gran Piedra. Hoy, el Sistema Metrológico Nacional se esfuerza, venciendo grandes limitaciones, en sostener la actual red radárica cubana que cuenta con ocho estaciones.